Junio 13, 2005

La soledad del liberal de fondo

por Ferran Gallego
ABC, lunes, 13 de junio de 2005

En las elecciones presidenciales de la primavera de 1974, parecía que François Mitterrand iba a devolver a la izquierda francesa al espacio de poder perdido desde la desastrosa gestión de la guerra de Argelia. Cuando esgrimía las reivindicaciones del pueblo ante su oponente en un debate televisado, Valéry Giscard d´Estaign, jefe de filas de los Republicanos Independientes, desarticuló la expresión de la esfinge socialista con una sola frase que desplomaba el edificio de apropiaciones morales construido por la izquierda: «Ustedes no tienen el monopolio de la compasión». Mitterrand quedó estupefacto, tratando de orientarse en el espacio espectacular que las cámaras de televisión distribuían por toda Francia, porque el astuto dirigente del liberalismo francés se había hartado de soportarle al candidato de la Unidad de la Izquierda la corrección política en la que atrincheraba sus axiomas.

En efecto, la izquierda no tiene el monopolio de ninguna de las cosas que cree poseer por un enigmático derecho de herencia. Una herencia que nadie ha parecido dispuesto a discutirle por la vía que ella misma utiliza con tanta eficacia con sus adversarios: es decir, no lamentando algunos excesos o errores cometidos a lo largo de una historia limpia, sino indicando que su misma naturaleza le impide hacer suya una serie de inclinaciones destinadas a mejorar la suerte de los humildes, la libertad de los ciudadanos, el respeto a los derechos, la defensa de la igualdad de oportunidades y de la cohesión social. Que ha caminado junto a tradiciones hincadas en inauditos niveles de explotación e injusticia que ninguna conciencia auténticamente liberal consideraría aceptables. No: la izquierda tiene un proyecto que debe definir ante los ciudadanos, no una patente de corso que le permite navegar por los océanos ideológicos mirando con una risueña superioridad a quien no ha alcanzado su estatura moral, la única desde la que se puede comprobar y solucionar el sufrimiento de los seres humanos en sociedades imperfectas.

Esa izquierda ha solemnizado el destierro de la derecha española a las tierras de penumbra de la soledad parlamentaria -una multitudinaria soledad de casi diez millones de votantes, repetido sea hasta la necesaria saciedad. Esa izquierda ha utilizado un tema tan delicado como el del terrorismo para marcar la línea de diferencia entre unos y otros en el Parlamento, como sólo un año atrás lo hizo en la calle, tras el espanto del 11 M. Esa izquierda planteó la distinción entre belicistas y pacifistas para señalar dónde se encontraban el Bien y el Mal absolutos, sometiendo a los españoles al insoportable dilema plebiscitario que eludía cualquier dosis de complejidad en su formación ciudadana. Esa izquierda desvirtuó sus propias convicciones declaradas al dar por acabado el principio de alternancia. Convirtió su legítima apetencia por llegar al Gobierno y durar en él en algo que ha acabado por deslegitimarla: la creación de una caricatura de sus adversarios, condenados -junto con los diez millones de españoles que continuaban confiando en ellos- en simples expresiones de la monstruosidad, de la carencia de escrúpulos sociales, de la indiferencia ante las víctimas de las guerras, de la insolidaridad ante la miseria, de una compasión diezmada en beneficio de la avaricia y de una arrogancia otorgada por el ejercicio impune del poder.

Los riesgos de esa opción han tenido que llegarle a la izquierda española desde los propios aliados que ha escogido para este viaje: desde un Maragall que no se recató en esgrimir el espíritu de 1936 para afirmar sus tesis soberanistas, hasta un Otegui que le recuerda al presidente un eje de vencedores y un eje de vencidos en la guerra civil, como si ese episodio volviera a situar a los españoles a uno o a otro lado de un paisaje que decidimos considerar ya transitado. Un territorio de despojo ético por el que dijimos que nunca volveríamos a pasar, y que no debería ser mencionado como zona de identificación de grupo. Ni siquiera con el elocuente silencio de quien no habla, pero otorga. De quien se mece en esa repugnante desidia moral que hace de la derecha española una simple resonancia del fascismo, mientras ofrece la categoría de «demócratas» a los colaboradores con el terrorismo, a sus matizadores, a los buceadores en sus «causas objetivas», a quienes se refieren al «conflicto vasco». Cuando se escucha a esta gente oír hablar de paz, mientras el cielo de Madrid o de Vizcaya se desfigura con el humo de las bombas, a uno le viene a la cabeza el título que José María Gironella puso a uno de sus volúmenes sobre la historia de una familia en los años de la guerra civil: Ha estallado la paz.

La pregunta es, desde el puro interés en la defensa de una cultura democrática, que impida la permanente radicalización y condene la exclusión de la mitad de España -por no hablar de su desmantelamiento institucional-, si el liberalismo español no debe formular, de una vez, el guantazo dialéctico que Giscard le propinó a Mitterrand con una sola frase. Una frase tan obvia como las arriesgadas afirmaciones que han ido aflojando la calidad democrática de nuestras neuronas sociales, hasta provocar el riesgo de que el liberalismo se convierta, por pura acumulación de frustraciones, en la caricatura que construyen para denigrarlo quienes deberían ser sus adversarios y respetuosos defensores de la alternancia política. El liberalismo español tiene que salir al paso de la falsificación histórica que supone convertir a los compañeros de viaje del actual presidente y al propio PSOE en una ventanilla que distribuye los impresos de credibilidad democrática en este país. Tiene que poner su propio modelo de sociedad para salir al paso de todas las trampas que se le tienden para que lo abandone, para que se instale en el exilio al que se le quiere conducir, arrastrado por la exasperación de sus propios reflejos defensivos. Tiene que plantear qué tipo de políticas sociales son más solidarias y han creado mayores niveles de bienestar en Europa desde el final de la guerra mundial. Tiene que señalar a qué tronco ideológico pertenece la defensa de un modelo de civilización en la que la libertad no es una opción más o menos estimada, sino el fundamento mismo de su carácter. Tiene que considerar si la izquierda siempre lo ha visto de esta forma y si los actuales compañeros de viaje del presidente Zapatero no proceden de tradiciones que han defendido precisamente todo lo contrario en «la otra Europa»: el atropello de los derechos, la miseria y la desigualdad. Tiene que considerar si los aliados nacionalistas del Gobierno no son quienes han defendido arcaicas propuestas que, en su mismo desarrollo lógico, conducen a un populismo totalitario cuyos parientes más obvios son considerados de extrema derecha en toda Europa.

En definitiva, el liberalismo tiene que defender su propio modelo contrastado, no supuesto, no caricaturizado por el adversario, sino edificado en la experiencia de muchos años de historia en Europa y unos cuantos en nuestro propio país. Debe hacerlo desde una serenidad que no le permita despeñarse por los abismos demagógicos a los que la izquierda le convoca todos los días. Lo que caracteriza todo proceso de exclusión es que la víctima del exilio acaba aceptando y adaptándose a las condiciones de su marginación. El liberalismo español puede estar orgulloso de una larga trayectoria que en el siglo XX nada tuvo que ver con dictaduras fascistas ni con la del proletariado, sino con Ortega, con Azaña, con Sánchez Román, con Martínez de Velasco o con los hombres del 98. Y es en esa tradición actualizada -pues si no se actualizase sólo sería nostalgia- donde el liberal español, que cree en una nación de ciudadanos y repudia cualquier mística de esencialismo orgánico en el que se la quiere recluir, debe escapar de un territorio que no es el suyo.

Por ahí debe pasar la constitución de un espacio cultural que no atañe sólo a los intereses de un partido, sino a la vigencia de la cultura democrática en nuestro país, al derecho de los ciudadanos a escoger entre opciones igualmente legítimas, que deben ofrecer proyectos de sociedad a los españoles para que éstos elijan en libertad. Y la libertad poco tiene que ver con el escenario de ficciones que se ha ido configurando por el oficiante de esta liturgia de despropósitos. Algunos creemos que ese derecho de cada uno de nosotros es el derecho de todos. Por esa España plural luchamos en el invierno de nuestro descontento. Por esa España tenemos que pedir, de nuevo, la paz y la palabra.

Archivado en Izquierda / Derecha

Mayo 18, 2005

Carta abierta a Patxi López

por Rosa Díez, Fernando Savater, Mikel Iriondo, Estíbaliz Garmendia, Maite Pagazaurtundua y Nicolás Gutiérrez
El Mundo, martes, 17 de mayo de 2005

«Te escribimos después de haber visto las imágenes de tu reunión con María San Gil. Por una vez, realmente una imagen resulta más evidente que mil palabras. No necesitamos saber cómo transcurrió la reunión, qué te dijo ella o qué le respondiste tú para sentir un punto de desasosiego, un leve acceso de vergüenza ajena que se transformó en perplejidad al saber que el objeto de la reunión era decirle expresamente que no querías sus votos.

No tenías ninguna obligación de hablar con ella. Fuiste tú quien la citaste dentro de tu ronda de contactos para buscar apoyos y presentar, con alguna expectativa de éxito, tu candidatura a lehendakari. Si no querías sus votos, ¿para qué la llamaste? Cuando María respondió a tu llamada y llegó a la sede de los socialistas vascos, acompañada de sus escoltas, lo menos que se merecía era respeto y consideración. Que no le hicieras perder el tiempo y no la humillaras vanamente. ¿Qué te ha hecho María San Gil? ¿Qué nos han hecho a los socialistas los votantes vascos del Partido Popular para que su representante política merezca menos cortesía, en el fondo y en la forma, que la que le brindaste a esas tres mujeres de EHAK, que, según confesión propia, serán la voz de los cómplices de ETA en el Parlamento vasco? Nosotros, ni a María ni a sus votantes podemos reprocharles nada. ¿Acaso te parece que es más de izquierdas atacar la Constitución y al Estado que defenderlos... incluso cuando el Gobierno es socialista?

Dijiste que ibas a hablar con todos los grupos políticos. Lo que no dijiste es que ibas a preferir la complicidad de los correligionarios de Otegi al apoyo que te ofreció María San Gil. Tampoco dijiste que ibas a olvidar de un plumazo de dónde vienen y quiénes son esas tres mujeres que entraron en la sede de los socialistas vascos pasando bajo el arco detector de metales y dejando atrás puertas blindadas que siguen instaladas aún hoy para protegernos de los ataques de la organización terrorista a la que ellas dicen comprender y/o apoyar. Esa sede en la que tanto hemos llorado.Esa sede en cuyas paredes cuelgan los retratos de nuestros compañeros y amigos asesinados por ETA. En tu papel de anfitrión deberías habérselas mostrado. ¡Qué buen momento para exigirles una condena incondicional de los asesinatos antes de fotografiarte sonriente junto a ellas!

Con María San Gil no hubo sonrisas ni gestos de complicidad.Y, por si había alguna duda, le dejaste claro que no querías sus votos... ¡Qué lejos quedan las palabras del actual presidente del Senado, Javier Rojo, cuando él todavía pensaba que a los socialistas y a los populares en el País Vasco nos unen muchas más cosas que las que nos separan, cosas mucho más importantes que nuestras respectivas ideologías!: 'En los campos de exterminio nazis a ningún judío le preguntaban si era de izquierdas o de derechas'. Pero parece que ya no queremos ver esa realidad, que pretendemos olvidarla.

Nosotros no nos olvidamos de con quién hemos compartido manifestaciones y funerales. No nos olvidamos de que el partido que preside María San Gil ha sido golpeado por los terroristas tan ferozmente como el nuestro. Tampoco olvidaremos a quienes han sido siempre los primeros en venir a compartir nuestro dolor y brindarnos su solidaridad cuando los asesinados por ETA eran nuestros compañeros.

No olvidamos que ellos y nosotros seguimos viviendo con escoltas, y que gracias a ellos hay en Andoain un Gobierno municipal democrático.Y un alcalde socialista. No nos olvidamos que en el País Vasco, los votantes del PSE y los del PP tienen tantas cosas en común que en elecciones autonómicas se producen trasvases automáticos de votos entre ambas opciones, concentrándose en aquélla que coyunturalmente consideran más útil para derrotar al nacionalismo obligatorio.

Por todo esto, porque no nos olvidamos, te reprochamos que desde la máxima responsabilidad del PSE-PSOE hayas infligido a María San Gil -y, por extensión, a todos sus votantes- ese desprecio.No nos hemos sentido bien representados, ni en el fondo ni en la forma. Tu actitud nos ha ofendido como demócratas y como militantes y votantes socialistas. No nos ha parecido digna del dirigente de un partido centenario, una de cuyas señas de identidad más notables es el respeto a los demás y la búsqueda permanente de entendimiento entre demócratas.

De un partido orgulloso de su historia y obligado a mantener y honrar nuestra memoria».

Mayo 03, 2005

Se necesita un partido para los ciudadanos de Cataluña

por Ivan Tubau
El Mundo, martes, 3 de mayo de 2005

Acudo de nuevo a la autoridad clara del sentido común, es decir, a Juan Marsé: «En vez de perder el tiempo y el dinero de los contribuyentes buscando las esencias de la patria, la lengua y la puñetera identidad nacional, ¿por qué no se afanan en resolver los auténticos problemas de los ciudadanos?» Y me atrevo a formular una propuesta sencilla, de ciudadano común: la que figura en el título.

Aquellas personas que, creyéndose de izquierdas y no siendo nacionalistas, se consideraron aludidas cuando en 1977 Josep Tarradellas gritó desde el balcón de la Generalitat «¡Ciutadans de Catalunya!», no se sienten representadas por ninguno de los partidos existentes en esta región. Todos ellos, por motivos que si no son innobles constituyen un misterio, se prosternaron ante el nacionalismo.Que, siendo esencialista, no puede ser de izquierdas.

Durante casi un cuarto de siglo, esas personas pudieron considerar que la culpa era del suqueropujolismo, dueño del gobierno en Cataluña desde que -tras la dictadura franquista y el paréntesis unitario de Tarradellas- se celebran elecciones democráticas.La Generalitat podría haber sido de los socialistas, pero Esquerra Republicana (ninguno de los dos términos significa lo que enuncia) inclinó la balanza en favor de Pujol.

Entonces se instauró una dictadura blanca -así llamada por Tarradellas- impecablemente democrática. Pujol siguió ganando elecciones porque esos catalanes de izquierdas, que muy sensatamente se consideraban también españoles, constataron que la Generalitat no les representaba y pasaron de las elecciones autonómicas.Su última esperanza la depositaban en los capitanes charnegos del socialismo, restos del naufragio del PSOE propiciado por los nois de casa bona catalanistas del PSC. O Josep Borrell, que había dicho: «Em sento català però Espanya no em fa nosa».Algunos socialistas del «cinturón rojo» de Barcelona, hartos de espera inútil, votaron a Aleix Vidal-Quadras, que siendo el único que les tenía en cuenta obtuvo aquel año para el PP los mejores resultados de su historia. Aquello terminó. Borrell y Vidal-Quadras disfrutan de un exilio dorado europeo, el capitán de los capitanes ha vendido su primogenitura por un plato de lentejas ministeriales, Maragall y su tripartito son tan nacionalistas como Pujol y entretienen al personal con maniobras peligrosas (cambiar el Estatut o copiar el concierto económico vasco) que frenan la inversión extranjera e inquietan o enconan a los demás españoles: «Quizás hace falta un nuevo partido en Cataluña», escribía el sábado en La Vanguardia Francesc de Carreras. Sin quizás, añado. El PP, sin Aznar y con Piqué, puede representar dignamente a la derecha civilizada. La izquierda civilizada necesita un partido socialdemócrata no nacionalista, que ya no puede salir de una costilla del PSC. Un partido como un día soñó que podía ser el PSOE de Borrell. Un partido que tenga pronto representación parlamentaria y dé voz a quienes ahora no la tienen. Un partido de los ciudadanos, no del pueblo.

Abril 26, 2005

Un gobierno obsceno

por Arcadi Espada
Cuadernos de Pensamiento Político, Enero/Marzo de 2005

Durante más de dos décadas las características esenciales de la política socialista en Cataluña habían sido su absoluta ineficacia como alternativa a Pujol y una exasperante pusilanimidad en el ejercicio de la oposición. Ahora, Maragall es, con toda crudeza, el heredero de Jordi Pujol y lo que ha resultado ser hasta ahora su obra de gobierno avala la tesis de que el nacionalismo gobernante, elaborado y construido por el pujolismo, es un escenario político irrevocable.

Pasqual Maragall i Mira tomó posesión, el 20 de diciembre del 2003, de la presidencia del gobierno catalán. El ciento veintisiete presidente de la Generalitat de Cataluña. La institución se remonta a mediados del siglo XIV, aunque entre el Decreto de Nueva Planta de 1714 y la dictadura del general Franco registra más de dos siglos y medio de abolición. Dicho sea todo esto según las más recientes investigaciones (Solé i Sabaté, 2004), porque durante los últimos veintitrés años los catalanes se acostumbraron a una numeración que designaba a Jordi Pujol i Soley como el presidente ciento quince de la institución. Pero ya se sabe que la historia de las naciones, especialmente de las naciones avant la lettre, es dúctil y está sometida siempre a las últimas investigaciones.

La toma de posesión, aquel día de invierno, del presidente Maragall representó una gran novedad. De esta novedad se ha hablado poco, en Cataluña y fuera de ella, deslumbrados tal vez los analistas por los innumerables y laboriosos trámites de la negociación y por los indeseables azares que marcaron los primeros meses de su alianza con el partido independentista y republicano.

La novedad no estaba sólo en la superficie de las cosas. Es decir, no sólo en la evidencia de que por vez primera la izquierda accedía al gobierno de un lugar que en los primeros momentos de la transición había sido llamado «la isla roja de Europa». Ni siquiera en la interpretación, posible y tal vez justa, de que el cambio suponía el fin del proceso de la transición catalana, del mismo modo que la llegada en 1982 de los socialistas al gobierno de España se había interpretado como la consolidación definitiva del proceso abierto con la muerte, en la cama del poder, de Franco. La novedad profunda era que la izquierda, obstinadamente ausente del poder durante más de dos décadas, iba a confirmar el carácter de la práctica política nacionalista. Es decir, iba a decidir con su acción de gobierno si el nacionalismo era un mero atributo endosable a la política de Convergència i Unió o bien se trataba ya de un rasgo ontológico, independiente de las políticas concretas que cada partido aplicara. Era en este sentido que alguna gente se preguntaba antes de las elecciones, y casi siempre con cierta ironía resignada, si Maragall iba a ser el sustituto de Pujol o su heredero.

Desde luego, y bastaba con una somera mirada a los antecedentes, la pregunta tenía bastante de retórica. Durante más de dos décadas las características esenciales (y vinculadas una a la otra) de la política socialista habían sido su absoluta ineficacia como alternativa a Pujol y una exasperante pusilanimidad en el ejercicio de la oposición. Tan sólo durante algún tiempo, indefinido y breve, en torno a los prolegómenos de los Juegos Olímpicos de 1992, Maragall, entonces alcalde de Barcelona, había hecho concebir la posibilidad de que fraguara un discurso alternativo al pujolismo. Pero el errático carácter de su política y la perenne confusión de sus ideas no permitió que la posibilidad se concretara. Y las siempre discretas esperanzas de los adversarios del pujolismo se sostenían por el extenuante hartazgo de esa política veintitrés años hegemónica antes que por las garantías que la alternativa ofrecía. La campaña electoral de los socialistas no cambió el panorama. Lo más nítido de su oferta fue la reforma del Estatuto. Ni en el resto de las iniciativas que acompañaban el programa, ni en las personas que iban a encargarse, presuntamente, de aplicarlo podían advertirse signos de clara ruptura con el pujolismo.

A pesar de los antecedentes sería absurdo negar que la formación del nuevo gobierno no levantó expectativas. Y hasta esperanzas en buena parte de los que querían que la victoria de Maragall supusiera un cambio profundo. Aunque sólo fuera por oír pronunciar a los locutores de las emisoras públicas el anhelado sintagma «El presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall...» ya valía la pena correr, para muchos, el riesgo de la ingenuidad. Además, Maragall había actuado con inteligencia. Aunque obtuvo menos escaños (no menos votos) que su rival convergente y quedó por debajo de las expectativas, dio un ejemplo de fortaleza y confianza en sus posibilidades desde la misma noche electoral. Cuatro años antes ya había ensayado la misma actitud, cuando se empecinó en la evidencia que tantos pasaban por alto: esto es, que había obtenido más votos que Pujol. Aquel empecinamiento logró restarle a su rival unas micras de legitimidad y puso las bases, aunque fueran infinitesimales, de la complicada operación estratégica que le llevaría finalmente a la presidencia. La noche electoral del 2003 Maragall insistió una y otra vez en que el gobierno de la izquierda era posible y que había que trabajar por él. Muchos de sus más incondicionales partidarios no podían creer lo que estaban viendo y siguieron sin creerlo hasta que el 20 de diciembre fue investido, sobre todo por sí mismo y la confianza fértil que había demostrado en sus posibilidades.

Ha bastado un año, sin embargo. Maragall es, con toda crudeza, el heredero de Jordi Pujol y lo que ha resultado ser hasta ahora su obra de gobierno (y también lo que no ha resultado ser) avala la tesis de que el nacionalismo gobernante, elaborado y construido por el pujolismo, es un escenario político irrevocable. Maragall y la izquierda lo han revalidado nacionalmente, asumiendo con una simpleza política y moral muy meditable, que Cataluña es nacionalista o no es. El cierre completo del modelo nacional que la política de la izquierda garantiza (cierre al que tampoco el Partido Popular de Cataluña de Josep Piqué se opone) es seguramente la condición primera de que la palabra obscenidad resulte muy adecuada para describir la actividad política del gobierno tripartito.

Pujol siempre temió que una victoria electoral de los socialistas catalanes pusiera en evidencia, aunque sólo fuera por contraste, los excesos de su política. Y, desde luego, las frías y hasta desagradables relaciones personales y políticas que mantuvo casi siempre con Maragall no eran las que podía esperarse entre un páter y un disciplinado heredero. Aun en sus épocas más implacables Pujol gobernó con la relativa timidez del que ignora qué van a hacer los que vengan. Eso no quiere decir, por supuesto, que su política no fuera, a mi juicio, desgraciada y sectaria, y que tuviera poco que ver con la visión de estadista que un cierto complejo de inferioridad muy madrileño le atribuyó cíclicamente. Pero Pujol, y es lo único que advierto en él de estadista, trató siempre de evitar una política demasiado exhibida.

Ahora los miramientos parecen haberse acabado. La mayoría de la izquierda se aventura sólida y duradera. Es cierto que la ínfima categoría de Carod y su profunda inexperiencia es un factor continuo de inestabilidad; pero incluso este factor puede jugar a favor del gobierno tripartito. Porque la chocarrería y la demagogia del presidente de Esquerra Republicana le aseguran el clamor de las bases del partido y las mantiene unidas a un proyecto cuya radicalidad podría verse afectada por el realismo imponente de cualquier acción de gobierno. No hay bien que por mal no venga, y la expulsión de Carod de la gestión gubernamental, a causa de sus conversaciones con los terroristas, puede haber contribuido a la consolidación de un dualismo que, en formas diversas, suele caracterizar a los partidos que gobiernan y que contribuye al mantenimiento de su hegemonía. El ejemplo vasco de la época de Arzalluz e Ibarretxe es perfectamente revelador.

Sin embargo, la obscenidad del tripartito no se explica tan sólo por su despejado horizonte. También lo tuvo Pujol. Se explica, sobre todo, porque los que vengan no van a reprocharle sus excesos. No: partirán de sus excesos. Hay que insistir en ello: el acceso al poder de la izquierda ha blindado el statu quo nacionalista y cualquier política posible avanzará desde él.

En un año el gobierno catalán ha aprobado seis leyes. Dos de ellas, las referidas a los presupuestos y a las medidas fiscales, eran obligatorias. De las otras cuatro, sólo dos se han aprobado por su propia iniciativa. El resultado es paupérrimo. Contrasta con las fantasías de Maragall, que al firmarse el acuerdo de gobierno había anunciado poco menos que una revolución legislada. El yermo refleja los considerables problemas políticos que ha atravesado la coalición y la dificultad de aunar sus intereses en la gestión de las cosas. Pero, sobre todo, es una desoladora muestra de la falta de imaginación política de la izquierda catalana, que ha esperado veintitrés años para gobernar y que, impelida ahora a concretar el radio de su ambición y la novedad de sus puntos de vista, se ha quedado dramáticamente muda. El vacío legislativo, además, tiene un correlato más indefinido pero igualmente inesperado en lo que afecta a la gestión pública propiamente dicha. Los usos y modos del anterior gobierno se mantienen, más allá de ligeros maquillajes: baste ver, en este sentido, el ejemplo de los medios de comunicación autonómicos en cuya ética y estética cualquier observador imparcial aprecia cambios insignificantes.

La evidencia obscena de un gobierno que no gobierna y sólo administra (o sólo representa) cabe vincularla, desde luego, al proyecto fundamental de este gobierno, la reforma del Estatuto de Autonomía. No sé si es muy conocido fuera de Cataluña que el gobierno, a propuesta de uno de sus miembros más ornamentales, el dirigente de Iniciativa, Joan Saura, convocó un concurso de ideas para esta reforma. El concurso estaba abierto a todos los ciudadanos. La ocurrencia, en sí misma, sólo puede ser calificada de sensacional y bastará, para calibrarla, con que se piense en la posibilidad de que la reforma de la Constitución española fuera sometida a un concurso de ideas análogo. De lo que se deduce a qué niveles de dejadez y de simplismo ha descendido la política en Cataluña. Como en los tiempos de Pujol, el principal desmentido de que Cataluña sea una nación lo sigue ofreciendo la gestión política de la autonomía. Sin embargo, el concurso de ideas revela simbólicamente algo más profundo que atañe a la inactividad legislativa y al propio sentido del proyecto de reforma estatutaria. En realidad, hay crecientes sospechas de que el gobierno catalán no sabe en qué reformar el Estatuto. Se comprende: la autonomía ha alcanzado niveles competenciales que tienen difícil equiparación en el resto de estados democráticos. Y bien: lo que puede mejorar del funcionamiento autonómico, como la cuantía o distribución del dinero o la atención a los inmigrantes, no necesita de una reforma. Y lo que podría reformarse, como la inclusión del derecho de autodeterminación, no tiene la menor posibilidad de reformarse. La reforma del Estatuto ha quedado, así, limitada ¡al nombre que ha de recibir Cataluña!, pendiente, por otro lado, de lo que se acabe disponiendo en la propia Constitución. No extraña que se pidan ideas para amenizar el inmenso vacío dispuesto. La reforma del Estatuto no es nada y va desnuda.

El nombre de la cosa y la polémica que se generó en torno a éste es, sin embargo, otro rasgo claramente obsceno. Puede decirse que el consenso constitucional de 1978 relativo a la organización autonómica se basó en lo indecible. El texto constitucional establecía que en España había nacionalidades y regiones. No se especificaba cuáles lo eran. Esa ambigüedad era la clave de bóveda, como muchas veces se ha dicho. Una ambigüedad fértil, porque, a pesar de su naturaleza, o quizá gracias a ella, ha ordenado dos décadas de desarrollo autonómico. Ahora se pretende acabar con la ambigüedad. La operación es peligrosa. Uno puede aceptar lo real. Al fin y al cabo lo real es irrevocable. Otra cosa muy distinta es aceptar lo real por escrito, sellado y rubricado. Sólo los espíritus muy sumarios, es decir, los espíritus nacionalistas, tienen dificultades en comprender esta distinción. También está la posibilidad de que la comprendan perfectamente: algunas de las declaraciones y actitudes de los gobernantes catalanes llevan a pensar que lo que en el fondo pretenden es sólo, y precisamente, esto: que conste por escrito la superioridad histórica, es decir moral, de su autonomía. Tal vez como forma de aliviar los siglos de derrotas y de complejos de las que los actuales nacionalistas se sienten inexorablemente herederos.

Cualquiera de las dos hipótesis va a traer inestabilidad y muchos problemas. El conflicto real de las asimetrías, incluidos los federalismos asimétricos, no se da entre Cataluña y España, sino entre Cataluña y Extremadura, Andalucía o Navarra. Es la misma distinción fundamental que hay entre Madrid (cursiva) y Madrid (redonda). El Madrid cursivo ha sido la sinécdoque que muchos catalanes, incluidos algunos catalanes no nacionalistas, han utilizado para aludir a los problemas de entendimiento con el gobierno central. Pero cuando Carod pide el boicoteo a los Juegos Olímpicos de Madrid es evidente que da un paso al frente inédito: el antiguo Madrid ya no es el gobierno del Estado, sino el pueblo de Madrid. Es peligroso. Peligroso no quiere decir la guerra civil. Una de las imposibilidades de la crítica política en España es que la guerra civil aparece o se intuye a los dos palabras de discusión. Peligroso quiere decir algo más peligroso que esa guerra civil invocada, pesadilla ya muy fondona. Peligroso quiere decir subdesarrollo. Económico. Político. Moral. Cultural. Peligroso quiere decir, también, los resultados del Informe Pisa y la indiscutible corrupción intelectual española de la que el nacionalismo es un ejemplo, y no menor. Peligroso es que las energías colectivas de un país estén sometidas a un fatigoso pleito inacabable. Aunque subvencionado. Porque una de las más llamativas características del pleito nacionalista es que para sobrevivir no tiene que apoderarse de ningún mercado. Todos sus protagonistas y la totalidad del intercambio se sucede en un imaginario donde no hay que presentar balances: el nacionalismo es una discusión de las élites gubernamentales, ministros, consejeros, alcaldes, concejales y presidentes de Diputación. Comen, viajan y discuten gratis. Estoy seguro de que buena parte de las razones de su supervivencia se deben a su carácter gratuito. A eso y a su nimio vuelo intelectual: en el nacionalismo, como en las discusiones deportivas, todo el mundo participa. Incluso el presidente extremeño Rodríguez Ibarra y el citado Carod.

Antes he mencionado la guerra civil. Su evocación creciente en la política española y catalana se ha teñido también de obscenidad. Hasta ayer mismo la política de la izquierda respecto a la guerra civil seguía fundamentada en los ya remotos principios de la reconciliación nacional fijados por el Partido Comunista de España en 1956. Es decir, una política basada en el sometimiento a la realidad, en la comprensión dolorosa y fría de que Franco había ganado la guerra civil y en la demanda de pacto y olvido. No es ya la política de la izquierda española y mucho menos de la catalana. Las graves implicaciones de este cambio de actitud no puedo analizarlas ahora en detalle. En metáfora puede decirse que la izquierda española persigue una utopía. Una utopía más: ganar la guerra civil. Lo había visto muy claramente, y muy pronto, uno de los fascistas más completos que yo haya tratado en mi vida, el empresario Francisco Godia, cuando hablando desde el otro lado de su mesa de trabajo, ornada por un crucifijo y la reproducción del testamento de Franco, se mostró dispuesto a olvidar que hubo una guerra civil, dispuesto incluso a olvidar «que la ganamos», pero absoluta y violentamente opuesto a admitir «que la perdimos». En fin, metáforas. Algo mucho más económico y ambiguo que el proyecto en el que trabaja el vicepresidente Saura, ese Memorial Democrático que el gobierno tripartito va a crear. Un lugar de memoria y un centro de estudio dedicado, en exclusiva, a los caídos republicanos de la guerra civil y al conjunto del antifranquismo. No me interesan, por obvios, los déficit morales de la iniciativa. Lo importante son los científicos: esa ilusión pueril de explicar una guerra y sus consecuencias con una de las dos balas. Aunque sea con la bala de plata.

Los ejemplos de obscenidad se acumulan, pero pocos superan, en este sentido, el impacto de la imagen que mostró a la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, leyendo por orden de Carod un papel donde reafirmaba que catalán y valenciano eran la misma lengua. Pasaré rápido por la falsa e irresoluble polémica. Catalán y valenciano son la misma lengua si se entiende, por analogía, que el español de Colombia es el mismo que el de España. El problema es que, a diferencia de lo que pasa entre españoles y colombianos, los valencianos y los catalanes no utilizan el mismo nombre para designarlas. A los catalanes no les parece prestigioso llamarla valenciano. Y a los valencianos tampoco llamarla catalán. Este es el único e irresoluble problema, que fija muy bien, por otro lado, los límites de la permanente ensoñación catalana. No sólo es que el pancatalanismo político no haya resistido la prueba elemental de la democracia. Sólo funcionó, como tantos otros mitos de la izquierda y del nacionalismo, durante el franquismo; y, desde ese punto de vista, nunca Valencia y Cataluña, al menos el establishment político, habían estado tan divorciadas como en este primer año de gobierno tripartito. Pero es que ni siquiera el pancatalanismo lingüístico ha pasado la prueba. Porque cabría recordar, en este sentido, que la aspiración política del catalanismo no fue que las instituciones científicas reconocieran que catalán y valenciano son una misma lengua. Aspiraban que se llamarán igual. A que se llamara catalán. A que se llamara como hoy nadie lo llama en Valencia, con la excepción de algunos restos del naufragio que aseguran, con gran seriedad, que ellos hablan en«català, registre valencià», y pasa la gente y los mira.

La imagen sometida de la vicepresidenta va mucho más allá del texto concreto que debió leer. Es el reflejo de una relación entre gobiernos y entre minorías parlamentarias, a la que no le importa exhibirse como lo que realmente es: un chantaje. El chantaje forma parte de la práctica política española desde el principio de la restauración democrática. Pujol fue un virtuoso de la estrategia. Pero nunca como ahora la manifestación pública del chantaje había formado parte del chantaje mismo. El 20 de noviembre de 2004, poco antes de la primera votación presupuestaria del gobierno Zapatero, el diario El País publicó este titular a cuatro columnas en su sección de España:

«El Gobierno reconoce la unidad del catalán y ERC apoya los Presupuestos».

El primer párrafo de la información decía: «La vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, admitió ayer que catalán y valenciano son una sola lengua, y se amparó para ello en la opinión de la comunidad científica y universitaria. Fernández dela Vega hizo el pronunciamiento tras el Consejo de Ministros, y con él cumplió el acuerdo al que llegaron la pasada semana José LuisRodríguez Zapatero y el líder de ERC, Josep Lluís Carod, en la Moncloa. Poco después del pronunciamiento del Gobierno, Carod anunció el apoyo de ERC a los Presupuestos».

Nada de esa información fue desmentida. Y por supuesto no la desmintieron los hechos. Los hechos tampoco desmentían nada en tiempos de Pujol. Pero sí lo hacían sus protagonistas. En otros tiempos una información semejante habría sido corregida por algún miembro del gobierno pujolista. Algo así:

«Convergencia niega que su apoyo a los presupuestos se deba a la resolución del conflicto lingüístico».

Sin embargo, en esta ocasión, nadie, ni del gobierno catalán ni del gobierno español, ni ninguno de sus representantes parlamentarios se vieron en la necesidad de semejante disimulo. No creo que haga falta insistir en la degradación de la política que supone semejante circunstancia. Que cumple, además, el rasgo más habitual del chantaje: esto es, que el chantajista cobra en una especie (unidad lingüística) en absoluto vinculada con su amenaza (presupuestos). Y donde lo más llamativo, como ya anticipaba, es la indiferencia obscena que chantajeador y chantajista manifiestan ante la publicidad de su común negocio.

Acabo. Hay un último episodio. Vinculado a la fibra íntima de la nacionalidad catalana. La lengua. Durante años, el nacionalismo y Pujol, destacadamente, eludieron cualquier manifestación organicista de la identidad catalana. El hecho diferencial catalán estaba en el idioma. Los excesos de Pujol respecto a la relación entre lengua y cosmovisión no pasaron nunca de alusiones más o menos hueras al romanticismo alemán y al hecho (sic) de que el uso de una lengua determinara la cosmovisión del individuo. A finales del mes de noviembre, y durante su asistencia a la feria del libro de Guadalajara (Méjico), Pasqual Maragall pronunció la frase inmortal: «La lengua es el ADN de Cataluña». Llegó donde nunca se había atrevido a llegar Pujol. En metáfora: a la síntesis definitiva entre naturaleza y cultura como conformadoras del ser catalán. Que las palabras del presidente de la Generalitat no signifiquen nada, que sean sólo producto de su cerebro espongiforme (la formulación es un mero retal arrancado y mal cosido de la moda ontológica del gen y de las curiosas y publicitadas afirmaciones del periodista Álex Grijelmo respecto al gen, al genio y a la eugenesia de las lenguas) y que no vayan a tener ninguna importancia práctica, es lo de menos. Lo importante es que hayan podido ser dichas, que ejemplifiquen a la perfección este estado de barra libre –cuatro barras libres— en que vive la Cataluña nacionalista (pleonasmo). Un lugar donde la obscenidad ha desplazado a su antónimo más genuino. A la política.

Arcadi Espada es periodista. Su último libro: Notas para una biografía de Josep Pla.

- Artículo en .pdf

Abril 25, 2005

¿Qué república?

por Francisco Umbral
El Mundo, lunes, 25 de abril de 2005

En estos días se habla por Madrid del Rey Juan Carlos I como «el rey republicano». He convivido recientemente con nuestro Rey, observándole con mirada nueva, por buscar en él esos síntomas de rey republicano que dice la gente de la calle. En Don Juan Carlos es evidente un populismo exterior, una personalidad transparente que, lejos de recordarnos a un republicano, nos sugiere la imagen de Don Alfonso XIII mejorada por el relente alegre de la vida.¿Hubiera hecho mejor de republicano que de rey?

La cuestión a plantear, después de esto que digo, es la de qué tipo de república hubiera llevado bien este hombre. Porque lo que les pasa a los republicanos históricos (otros quizá no quedan) es que no añoran en general un determinado sistema político sino, muy concretamente, la Segunda República española, la de Azaña, Ortega, Marañón, Pérez de Ayala y por ahí seguido. O sea, añoran su propia juventud perdida.

En cuanto a la circunstancia histórica, no parece la mejor para hacer ensayos republicanos. Estos ensayos ya los están haciendo los catalanes, vascos, valencianos, gallegos, etcétera. El resultado es que todos tienden a levar anclas de su propio ideal particular, pedáneo, con peligro para la totalidad de España, de esta España, que es lo que creen que sobra, pero quienes sobran son ellos.

Cuando los nacionalismos se dramatizan y los soberanismos llegan a adquirir un talante carlista, es cuando menos hay que pensar en la movilidad múltiple y fecunda de un republicanismo en el que ya estamos. Necesitamos más que nunca un referente español para que esto no se vaya a tomar por retambufa. República, sí, ¿pero qué república: la vasca, la catalana, la galaica, la madrileña? Eso no está decidido ni parece el momento de decidirlo. En Vasconia levantan el trapo comunista, en Cataluña imponen doblar todas las películas extranjeras. ¿También las españolas? En Galicia se proponen asesinar patrióticamente a un cadáver exquisito que ya está muerto, don Manuel Fraga. En La Rioja levantan, pacíficos y alegres, una bandera de vino. En Valencia ya tienen platós para hacer el gran cine que no ha sabido hacer Madrid. En Salamanca se reinventa la Guerra Civil por la expoliación de unos papeles políticos con más valor simbólico y sentimental que valor fáctico.En Aragón se niegan a repartir el Ebro entre sus naturales beneficiarios, ese gran caudal de monedas heroicas y fecundas.

Estando así las cosas, es cuando realmente nos hace falta el referente borbónico, unitario, peninsular, total. Dejemos el sueño republicano para un porvenir que de momento no viene. Con motivo de este año cervantino se ha conseguido cierta unanimidad entre erudita y popular. Exactamente, la unanimidad de los libros y no de las pancartas. La república no es una improvisación de cuatro ateneístas sin poder ni representación. A muchos les va bien, decentemente bien, con esta paz que ha tenido España después de 40 años de guerra fría contra sí misma. Un referéndum monarquía/república quizá diese la razón a la monarquía, y más por salvar lo que hemos conseguido que por prolongar aquellos 40 años afásicos. Nuestro país se ha enseriecido de manera que ya ni los Borbones borbonean. Además, los Borbones están muy controlados por Jaime Peñafiel o al menos eso cree él.

Abril 15, 2005

"Reagan fue el mayor intelectual del siglo XX"

Entrevista a Miquel Porta Perales, ensayista
por Víctor-M. Amela
La Vanguardia, viernes, 15 de abril de 2005

Tengo 57 años. Nací en Badalona y vivo en Barcelona. Soy articulista, ensayista, escritor. Estoy casado. No tengo hijos. Soy liberal conservador y extremocentrista. Soy agnóstico. Considero que vivimos en el mejor de los mundos posibles de entre todos los conocidos hasta hoy. ¡El nacionalprogresismo es el pensamiento único en Catalunya!

-¿Qué tiene usted contra Rafael Casanova?

-Es un claro ejemplo de las tergiversaciones que en Catalunya difunde el nacionalprogresismo imperante.

-¿Por qué lo dice?

-Se le homenajea como héroe mártir de la resistencia contra Felipe V en Catalunya, pero lo cierto es que la noche del 10 al 11 de septiembre de 1714 estaba durmiendo, que tuvieron que despertarle y llevarle al frente y que allí fue herido muy levemente...

-O sea, que no murió.

-¡Qué va! Consiguió del médico un certificado de defunción, quemó los archivos, delegó en otro conseller la rendición, huyó disfrazado de fraile y se instaló en Sant Boi.

-¿Para seguir defendiendo Catalunya?

-Ejerció la abogacía felizmente, con el perdón de Felipe V. ¡Vivió como un rey en la corte del Borbón! Y así hasta su plácida muerte. ¿No actuó como un botifler traidor?

-Si eso fue realmente así, ¿por qué los partidos catalanes le ofrendan flores cada año?

-Eso ilustra la manipulación, la invención de una historia de Catalunya en los días de la Renaixença, una fábula absoluta que nuestro nacionalprogresismo sigue perpetuando.

-Pero... ¿qué es el nacionalprogresismo?

-La ideología dominante en Catalunya, compartida por los nacionalistas como Pujol y los izquierdistas como Maragall.

-¿Los mete usted en el mismo saco?

-Sí. ¡Maragall es el genuino heredero del discurso de Pujol...! Aunque diría que el problema del nacionalismo es emocional, y el del izquierdismo es estomacal: tiene muchas dificultades para digerir la realidad, para aceptarla tal como es.

-¿Me daría un ejemplo?

-No digiere que el mayor intelectual crítico del siglo XX fue Ronald Reagan: activista contra el despotismo, él cambió el mundo.

-Le gusta provocar, ¿eh?

-Me gusta pensar, y lo que no me gusta es que me riñan por lo que pienso, que me indiquen el "recto camino" y que me ofrezcan certificado de buena conducta, que es lo que le gusta hacer al nacionalprogresismo.

-Que aún no entiendo muy bien qué es...

-Es una religión laica con su doctrina y sus profetas y profecías. Una doctrina esencialista, populista, negativista y bonista.

-Vaya por partes: ¿esencialista?

-Establece que Catalunya tiene una identidad y sólo una, y que es una nación.

-¿Y no?

-A ver..., ¿qué es una nación? Si la basamos en la lengua, como predican nuestros nacionalistas, Catalunya... ¡es una binación! Porque Catalunya es bilingüe, ¡felizmente!

-Nadie atenta contra el bilingüismo, creo.

-El nacionalprogresismo catalán tiene un sueño monolingüe: "Viure en català". Yo, en cambio, prefiero vivir en libertad. Paradójico: los que se dicen adalides de la diversidad... ¡quieren reducir la que ahora hay! Y con multas, incluso. Pero el monolingüismo es una enfermedad que se cura, por suerte...

-¿Y por qué los tilda de populistas?

-Porque prometen lo que la gente pide, sea posible o no, conveniente o no.

-¿Y por qué negativistas?

-El nacionalista se queja siempre y el izquierdista siempre dice "no": ¡la culpa la tiene siempre el sistema capitalista, claro! El caso es quejarse y protestar..., sin solucionar nada. Barcelona es la ciudad de la protesta.

-¡Porque aspira a un mundo mejor!

-Tampoco hay que quejarse tanto, ya que la pobreza en el mundo ha retrocedido: en 1970 vivía con menos de dos dólares el 45% de la población mundial, y hoy sólo el 19%. ¡No será tan pernicioso el capitalismo...!

-Y, por último, ¿qué es lo de bonistas?

-Se tienen por heraldos del bien: el ecologismo, el pacifismo... Pero ¿acaso es la paz el bien absoluto? No: ¡a veces hay que romperla para preservar el bien superior de la libertad y la vida digna! Y eso es lo que afortunadamente ha hecho Estados Unidos en Iraq.

-Sí, claro: 100.000 iraquíes muertos...

-Saddam -él solito- había ya provocado antes la muerte de un millón de iraquíes...

-¿Estados Unidos es para usted el ejemplo que hay que seguir?

-Pues ojalá que la burócrata, intervencionista, proteccionista y fracasada Europa imitase más a Estados Unidos.

-¿Acaso todo lo hacen bien allí?

-Bush tiene demasiado de socialdemócrata, y allí todavía sobra proteccionismo en el acero y la agricultura... ¡Pero nada comparable con Europa, el reino del proteccionismo!

-¿Propone que no protejamos a nuestros agricultores y ganaderos?

-¡Tienen la jeta de manifestarse contra la pobreza en el Tercer Mundo! Que no nos impidan importar productos del Tercer Mundo ¡y así sí paliaríamos la pobreza de allí!

-Suprimiría las subvenciones, pues...

-Sí, sobre todo la cultura subvencionada, que es como está hoy en Catalunya. Eso es la muerte de toda vitalidad cultural genuina.

-Se queja de los que se quejan, pero ¿qué alternativa al nacionalprogresismo propone?

-Sustituir la noción de nación por la de ciudadanía. No hay naciones, hay derechos de los ciudadanos: menos nación y más gestión.

-¿Dónde ve usted déficit de gestión?

-Mire lo del Carmel, las colas de la seguridad social, el fracaso escolar... ¡Exijamos a nuestros políticos que solucionen eso en vez de perder el tiempo redactando otro Estatut!

-Y al Gobieno español, ¿qué le exigiría?

-Lo mismo: que gestione bien en vez de perder el tiempo retirando estatuas. Franco me repugna, pero también Companys fue un golpista y tenemos estadios con su nombre. Con esas cosas, Zapatero fomenta un frentismo como el de los años 30: ¿es eso progresista

Marzo 24, 2005

Ricos de izquierdas

por Raúl del Pozo
El Mundo, jueves, 24 de marzo de 2005

Me lo explicó un amigo que ha vivido siempre entre millonarios mientras tomábamos un té con limón:

-Los ricos son unos hijos de puta, ni dan dinero ni dicen dónde hay.

Yo no tengo una idea tan desdichada de los ricos; ni dan dinero ni dicen dónde hay, pero algunos de ellos practican esa ideología de Venezuela que consiste en acabar con el hambre en el mundo y que no haya guerras. La derecha ruda del hostiazo se asobina más en la pequeña burguesía y en las clases medias que en los tipos de yate y chateau. Una vez dije yo que la izquierda es una ideación de aristócratas y la derecha una creación de los curas y por poco me echan de España. Fue en el momento en el que el PC chino proclamó que enriquecerse es glorioso, tres décadas después de que Margaret Thatcher comentara que la codicia no es pecado. A pesar de que cité a Marx en La sagrada familia y razoné que la medida del portamomedas es meramente cuantitativa y lo importante es la conciencia, se me echaron encima toda clase de comisarios de derechas y de izquierdas. Estos botarates ignoran que 'El Che' tenía un bajísimo hándicap de golf, que Lenin pertenecía a la alta burguesía de funcionarios, que Picasso era multimillonario en marcos y que son de izquierdas algunos de los primeros clasificados en la revista Forbes. Muchos de los millonarios que viajan en cruceros de seis estrellas, a 30.000 dólares el pasaje, que poseen islas y esposas, se confiesan socialistas y hasta comunistas.Yo lo entiendo porque la peor miseria no es el no poseer riquezas, sino el no poseer conocimientos, vivir en la mierda y resignarte.

Slim, asesorado por Felipe González, el primero de Forbes de toda Latinoamérica, rey Midas, 24 billones de dólares, ha organizado un congreso contra la pobreza al que asistieron todos los más ricos del continente y les ha pagado los billetes y las ostras.Slim apoya al PRD; Polanco, el más rico de España, al PSOE; Bill Gates (46 billones de dólares) se mueve a la izquierda del planeta y no duerme si ve un gamín en la esquina.

La izquierda surge de un pensamiento noble y racionalista. En el comunismo italiano y español mandaron los aristócratas o gentes de la alta burguesía como Berlinguer, Sartorius o Semprún, los grandes escritores de resistencia, Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias, Rafael Alberti, buenos gourmets, finos amantes, con comportamientos burgueses, en privado, procedían de la casta.

Aquí en España la derecha es la última en enterarse de que la policía pasa dinamita, de que Bin Laden era socio de los Bush, de que los espías militan en el PSOE, de que el fascismo crece en los barrios proletas.

Ahora, gracias a Mariano Rajoy, tan inteligente que merecía ser de izquierdas, la derecha ha descubierto que José Luis Rodríguez Zapatero, el iconoclasta, se ocupa mucho de los ricos de izquierdas.

Archivado en Izquierda / Derecha

Febrero 04, 2005

La política de la emigración en la Cataluña actual

por Federico Jiménez Losantos
El País, viernes, 23 de noviembre de 1979

Acaso el peor de los fracasos sea el nacido de un éxito decepcionante. Así, la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña, siendo un triunfo, ha resultado uno de los más estrepitosos fracasos de nuestra ya casi infinita transición democrática. Porque el que Cataluña sea autónoma es un éxito que, en general, todos los demócratas españoles compartimos, pero que lo sea de chiripa es un escándalo histórico. Ahí están los datos: solamente un 52% de los ciudadanos han dicho sí a un estatuto apadrinado por todos los partidos con representación parlamentaria, por la Generalidad y por los aparatos de difusión del Estado, a través de una abrumadora campaña, total y absolutamente dirigida a lograr el voto afirmativo. Y, por cierto, que en la desaforada publicidad no han faltado acicates soberbios. Por de pronto se le aseguró al ciudadano que votar la autonomía de Cataluña era «votar las demás autonomías». Virtudes crediticias del voto catalán: no sólo el pájaro en mano, sino los ciento volando.

Para los enemigos de la fantasía histórica, el final de la campaña acompañó al sí con una oferta nada despreciable: el paro, la carestía de la vida, la inseguridad ciudadana, la sanidad pública, la enseñanza y alguna que otra cosa más eran problemas, como quien dice, resueltos votando el Estatuto, o al menos así lo aseguraba la propaganda oficial de la Generalidad, pagada con el dinero de todos los españoles. El poco o ningún caso que al mágico productor se le hizo lo atribuyen, algunos a la pervivencia del espíritu almogávar, que no admite gollerías; otros, a incredulidad fenicia, viendo que los americanos no invadieron Barcelona para robarnos el remedio de los males de Occidente ni la pérfica Albión nos hizo caso.

Otros, como es nuestro caso, nos limitamos a constatar la evidencia: el fracaso real del Estatuto ante la opinión pública. Pero este fracaso político -en un referéndum cuya ausencia de garantías, reconocida por todos, ha trocado, a la vista del magro resultado, el fantasma del «pucherazo» por el del «pucherito»- no supone, no puede suponer, el fracaso de la autonomía de Cataluña. De su necesidad no admitimos duda alguna. Lo que sí supone es el fracaso de todos y cada uno de los grandes partidos catalanes. Y por la cuenta que nos trae a todos los demócratas que vivimos en Cataluña, cumple que esos partidos y todos los grupos sociales que deliberadamente se han desmarcado de la actual política de unidad (?) catalana se apresten a dar vida a este proyecto de cadáver que nos amaneció el 26 de octubre.

Porque una autonomía desnutrida no es posible y porque, aclarémoslo, el fracaso de los partidos catalanes no es sino el último de una larga cadena de errores, al final previsible de una política de unidad... en el error, es necesario sacar las consecuencias lógicas de este hecho insobornable: la política catalana, en su forma actual, no representa sino a la mitad de la población. Dicho de otro modo: casi la mitad de la población de Cataluña carece de representanción política, lo cual, en un sistema democrático, basado en la representatividad, supone la base más firme para su subversión y posterior descalabro.

Y hay que aclarar un error o una mentira insensatamente repetida: que sean los emigrantes y las izquierdas, con su voto masivo, los que hayan salvado in extremis al referéndum. Precisamente lo que constituye la prueba de que el fracaso lo es del conjunto de la política catalana, y no de una parte de ella, es que la abstención ha sido altísima, tanto en la derecha y en los catalanes como en la izquierda y en la emigración, con el añadido de que toda la propaganda iba dirigida a los no catalanes. No hay sino que observar los resultados por barrios y comarcas para ver que, si bien el emigrante antiguo ha votado sí, aunque no demasiado, es en las más populosas barriadas y comarcas de emigración reciente donde los índices de abstención son más altos, acompañados además por un increíble porcentaje de noes, que no representa una repentina popularidad de Fuerza Nueva, en feudos de Felipe González, sino una negativa visceral y espontánea al Estatuto y a la imagen de la autonomía catalana que las fuerzas políticas nos han adelantado de dos años acá.

Urge, en consecuencia, incorporar o reincorporar al proceso autonómico catalán a una inmensa masa de población, a la derecha y a la izquierda, catalanes y no catalanes. Dejo la derecha para Canyellas, ese legendario perdedor recién fichado por Suárez. En lo que a la izquierda y a la emigración se refiere, la reincorporación sólo puede y debe venir de dos lados: del cambio de orientación de socialistas y comunistas y de la organización de una fuerza política verdaderamente representativa de las opciones y necesidades de grandes capas de población que no comulgan con la política de catalanización a ultranza y asimilismo cultural del PSUC y el PSC-PSOE. Pueden estos partidos persistir en su empeño de que la emigración se siente catalanísima. Ahí está el referéndum para negarlo. Lo que sería ya un error inconmensurable es continuar con la cantilena del lerruxismo y con la política de insultos y amenazas hacia los grupos políticos andaluces o aragoneses que se disponen a participar de inmediato en las elecciones al Parlamento de Cataluña y en el futuro político catalán. Solamente con incorporar a la vida pública a una parte de los ciudadanos que se han apartado de ella por no sentirse fielmente representados, su aportación a la construcción de la Cataluña autónoma tendría un gran valor histórico. Negarlo es fruto sólo de la obcecación y del partidismo miope.

Pero hay mucho más: esa conjura histérica hacia cualquier grupo nuevo en el panorama de la emigración suele hacerse en nombre de la «unidad de la izquierda». Entienden por ello, al parecer, la congelación histórica de las organizaciones de izquierda una vez establecido su monopolio. Y parecen preferir la abstención de cientos de miles de trabajadores a su organización consciente fuera de sus filas. Tarea inútil: si los emigrantes se apartan de la política de la izquierda catalana establecida, lo hacen precisamente para establecer otra política. Insultar y atacar a las organizaciones nuevas es poner puertas al campo. Es dividir, de antemano, a las clases populares con una visión puramente sindicalista o sindicalera, lejos precisamente de esa política de unidad que propugnan.

Si de verdad se busca la unidad de la izquierda, el camino es el de la alianza estratégica con estos sectores de la emigración que buscan organizarse, para defender su identidad histórica y cultural, no para luchar contra el catalán ni los catalanes, menos aún contra sus hermanos de pueblo y de lengua. No hay ninguna dificultad para establecer un pacto sobre todos los aspectos fundamentales de política salarial, viviendas, sanidad, política sindical y demás aspectos sustanciales de una política de clases, respetando, aunque se discrepe, la orientación catalanista, o andalucista, o castellanista de su política cultural. Lo uno pertenece al campo de la política y de los intereses de la clase obrera, lo otro, a las diferentes concepciones de la integridad y dignidad históricas de los pueblos y las personas. Para defender esto pacíficamente, toda política es respetable. Para atacarlo, sencillamente no hay justificación política.

Federico Jiménez Losantos, de la Federación en Cataluña del Partido Socialista de Aragón

Dies Irae

por Eduardo Haro Tecglen
Informaciones, 20 de noviembre de 1944

La voz de bronce de las campanas de San Lorenzo, el laurel de fama de la corona fúnebre, la piedra gris del Monasterio, los crespones de luto en todos los balcones del Escorial, los dos mil cirios ardiendo en el túmulo gigantesco coronado por el águila de Imperio que se eleva en la Basílica, lloran en esta mañana, con esa tremenda expresión que a veces tienen las cosas sin ánimo, la muerte del Capitán de España.

Hasta el sol y el paisaje han cubierto su inmutable indiferencia con el velo gris de la lluvia y la niebla, y cae sobre la ciudad -lacrima coeli - una llovizna fina y gris.

El instituto, el subconsciente, nos ha repetido sus frases, sus profecías, sus oraciones; y no ha sido voz de ultratumba la suya; ha sido voz palpitante de vida, de la vida y el afán de todos estos magníficos camaradas de la Vieja Guardia, del Frente de Juventudes, de la Sección Femenina... La doctrina del Fundador vive en ellos como en aquellos tiempos, y si el cuerpo de José Antonio está muerto bajo la lápida, su espíritu tiene calor de vida en la de todos los camaradas de la Falange.

Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezador de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo.

Y así, en este día de dolor -Dies Irae- a las once -once campanadas densas de todos los relojes han sido heraldos de vuelo de su presencia-, la corona del laurel portada por manos heroicas de viejos camaradas ha llegado a la Basílica, y, entre la doble fila de seminaristas -cirios encendidos en sus manos- ha pasado al Patio de los Reyes y ha entrado en el crucero. Ha sido depositada sobre la lápida de mármol donde grabado está el nombre de José Antonio y la palma de honor y martirio. Había dolor en todos los semblantes. Mientras el coro entonaba el Christus Vinci y los registros del órgano cantaban la elegía del héroe muerto, a nosotros nos parecía oír la clara palabra de José Antonio elevarse de allí donde el mármol vela su cuerpo.

Una alegría tenemos; la de ver que a José Antonio sucede un hombre tan firme y sereno como el que lleva a España por los senderos que él marcó.

Julio 25, 2004

Razones contra la excepción cultural

por Mario Vargas Llosa
El País, domingo, 25 de julio de 2004

Dos son los argumentos principales que utilizan los defensores de la excepción cultural, a saber:

A) Que los bienes y productos culturales son distintos a los otros bienes y productos industriales y comerciales y que por lo mismo no pueden ser librados, como estos últimos, a las fuerzas del mercado -a la ley de la oferta y la demanda-, porque, si lo son, los productos bastardos, inauténticos, chabacanos y vulgares terminan desplazando en la opinión pública (es decir, entre los consumidores) a los más valiosos y originales, a las auténticas creaciones artísticas. El resultado sería el empobrecimiento y degradación de los valores estéticos en la colectividad. Dependiendo sólo del mercado, géneros como la poesía, el teatro, la danza, etc., podrían desaparecer. Por tanto, los productos culturales requieren ser exceptuados del craso comercialismo del mercado y sometidos a un régimen especial.

B) Los productos culturales deben ser objeto de un cuidado especial por parte del Estado porque de ellos depende, de manera primordial, la identidad de un pueblo, es decir, su alma, su espíritu, aquello que lo singulariza entre los otros y constituye el denominador común entre sus ciudadanos: sus patrones estéticos, su identificación con una tradición y una manera de ser, sentir, creer, soñar, en suma el aglutinante moral, intelectual y espiritual de la sociedad. Librada al mercantilismo codicioso y amoral esta identidad cultural de la nación se vería fatalmente mancillada, deteriorada, por la invasión de productos culturales foráneos -seudoculturales, más bien-, impuestos a través de la publicidad y con toda la prepotencia de las transnacionales, que, a la corta o a la larga, perpetrarían una verdadera colonización del país, destruyendo su identidad y reemplazándola por la del colonizador. Si un país quiere conservar su alma, y no convertirse en un zombie, debe defender su identidad preservando sus productos culturales de la competencia y de la aniquiladora globalización.

No pongo en duda las buenas intenciones de los políticos que, con variantes más de forma que de fondo, esgrimen estos argumentos en favor de la excepción cultural, pero afirmo que, si los aceptamos y llevamos a su conclusión natural la lógica implícita en ellos, estamos afirmando que la cultura y la libertad son incompatibles y que la única manera de garantizar a un país una vida cultural rica, auténtica y de la que todos los ciudadanos participen, es resucitando el despotismo ilustrado y practicando la más letal de las doctrinas para la libertad de un pueblo: el nacionalismo cultural.

Adviértase lo profundamente antidemocrático que es el primero de estos argumentos. Si se respeta la libertad del hombre y la mujer comunes y corrientes la cultura está perdida, porque, a la hora de elegir entre los bienes culturales, aquéllos eligen siempre la bazofia: leer El código da Vinci, de Don Brown, en vez Cervantes, e ir a ver SpiderMan en vez de La mala educación. Así, pues, como el público en general es tan poco sutil y riguroso a la hora de elegir los libros, las películas, los espectáculos, y sus gustos en materia de estética son execrables, es preciso orientarlo en la buena dirección, imponiéndole, de una manera discreta y que no parezca abusiva, la buena elección. ¿Cómo? Penalizando a los malos productos artísticos con impuestos y aranceles que los encarezcan, por ejemplo, o fijando cupos, subsidios y rentas que privilegien a las genuinas creaciones y releguen a las mediocres o nulas. ¿Y quiénes serán los encargados de llevar a cabo ese delicadísimo discrimen entre el arte integérrimo y la basura? ¿Los burócratas? ¿Los parlamentos? ¿Comisiones de artistas eximios designadas por los ministerios? El despotismo ilustrado versión siglo veintiuno, pues.

El otro argumento conlleva consecuencias igualmente nefastas. La sola idea de identidad cultural de un país, de una nación, además de ser una ficción confusa, conduce inevitablemente a justificar la censura, el dirigismo cultural y la subordinación de la vida intelectual y artística a una doctrina política: el nacionalismo. La cultura de un país como Francia o como España no puede resumirse en un canon o tabla de valores y de ideas de las que todas las obras artísticas e intelectuales producidas en su seno serían expresión y sustento coherente. Por el contrario, la riqueza cultural de esos dos países está en su diversidad contradictoria, en la existencia, en ellos, de tradiciones, corrientes y creadores y pensadores reñidos entre sí, que representan visiones del mundo y del arte que se repelen la una a la otra, y en el universalismo que esas obras alcanzaron en sus momentos más altos gracias a que fueron concebidas sin el corsé de un horizonte localista o nacional y -como ocurre con el Quijote, con Baudelaire, con el Tirant lo Blanch, con Proust, con el Greco y Goya y Velázquez y La Tour, Toulouse Lautrec, Matisse, Gauguin, y tantos otros- fueron por ello mismo entronizadas como representaciones estéticas donde podían reconocerse los seres humanos de cualquier tiempo o cultura.

Esas obras no hubieran sido posibles dentro de las fronteras nacionales que presupone la noción aberrante de una identidad cultural colectiva. Ni siquiera la lengua puede ser considerada un campo de concentración para la vida cultural, porque, por fortuna -y, gracias a la globalización, este proceso se irá extendiendo cada vez más- casi todas las lenguas desbordan las fronteras o varias lenguas conviven dentro de una nación, y hay entre artistas una movilidad que les permite cada vez más elegir su propia tradición y su propio país espiritual, de modo que querer convertir a una lengua en una seña de identidad cultural de un pueblo es también otro artificio ideológico. Si la misma idea de nación -un concepto decimonónimo que ha perdido estabilidad y aparece cada vez más diluido a medida que las naciones se van integrando en grandes mancomunidades- resulta en nuestros días bastante relativo, la de una cultura que expresaría la esencia, la verdad anímica, metafísica, de un país, es una superchería de índole política que, en ver-dad, tiene muy poco que ver con la verdadera cultura y sí, en cambio, con aquel "espíritu de la tribu" que, según Popper, es el gran lastre para alcanzar la modernidad.

Francia y España han avanzado ya demasiado en lo relativo a la cultura democrática para que sus ciudadanos, que a veces se dejan seducir por la demagogia y el chovinismo escondidos en los espejismos de la excepción cultural, acepten lo que serían las consecuencias prácticas de semejante propuesta: una vida cultural regimentada por burócratas o artistas y escritores instrumentales, en la que todo lo extranjero sería considerado un desvalor, y todo lo nacional, el valor estético supremo. De manera que, en términos prácticos, probablemente toda la alharaca que en estos dos países rodea a la política de la excepción cultural sólo desemboque en que unos cuantos artistas reciban los subsidios que piden y, con el pretexto de proteger los bienes culturales, los burócratas perpetren más derroches que los consabidos. Poca cosa, a fin de cuentas, si toda la excepción cultural no pasa de eso, y en ambos países se respeta la libertad, el Estado no se mete a sustituir a los consumidores a la hora de elegir los productos culturales, y éstos siguen sometidos al juego de la oferta y la demanda con las mínimas interferencias posibles.

Es verdad que los productos culturales son distintos a los otros. Pero lo son porque, a diferencia de una gaseosa o una nevera, en vez de desplazar en el mercado a sus competidores, les abren la puerta, los promueven. Una obra de teatro, un libro, un pintor que tienen éxito son la mejor propaganda para el arte dramático, la literatura y la pintura y crean unas curiosidades y apetitos -unas adiccciones- que benefician a los otros artistas y escritores. El mercado no determina la calidad, sino la popularidad de un producto, y ya sabemos que ambas cosas no siempre coinciden, aunque algunas veces sí. Lo que el mercado muestra es el estado cultural de un país, lo que el hombre y la mujer del común prefieren, y lo que rechazan, en ejercicio de un derecho que ningun gobierno democrático puede objetar ni recortar. Querer acabar con el mercado para los bienes culturales porque el público no sabe elegir es confundir el efecto con la causa, liquidar al mensajero porque trae noticias que nos disgustan.

Desde luego que sería preferible que los consumidores tuvieran a veces mejor gusto a la hora de elegir un libro, un espectáculo, una película, un concierto, y que dieran en sus vidas mayor presencia a la cultura. ¿Puede un gobierno hacer algo al respecto? Muchísimo. Es la educación, no los subsidios, lo que puede crear un público más culto. Pero no sólo los maestros enseñan a leer, a oír buena música, a discriminar entre lo que es arte y lo que es caricatura. También las familias, los medios de comunicación, el entorno social en que cada ciudadano se forma. Y, qué duda cabe, la preservación del patrimonio es una responsabilidad central del Estado. Pero, incluso en este campo, es indispensable que los gobiernos involucren a la sociedad civil, mediante políticas tributarias que estimulen el mecenazgo y la acción cultural. El mayor número, no sólo los funcionarios, debe decidir dónde canalizar los recursos públicos y privados para promover la cultura.

Pero la obligación primordial de un gobierno en este ámbito es crear unas condiciones que estimulen el desarrollo y la creatividad cultural y la primera de ellas es la libertad, en el más ancho sentido de la palabra. No sólo la libertad de opinar y crear sin interferencias ni censuras, sino también abrir las puertas y ventanas para que todos los productos culturales del mundo circulen libremente, porque la cultura de verdad no es nunca nacional sino universal, y las culturas, para serlo, necesitan estar continuamente en cotejo, pugna y mestizaje con las otras culturas del mundo. Ésa es la única manera de que se renueven sin cesar. La idea de "proteger" a la cultura es ya peligrosa. Las culturas se defienden solas, no necesitan para eso a los funcionarios, por más que éstos sean cultos y bienintencionados.

Archivado en Izquierda / Derecha

Julio 21, 2004

La Cataluña de todos

por José Castellano
ABC Cataluña, miércoles, 21 de julio de 2004

El futuro de Catalunya es nacionalista. La frase no es mía sino de Xavier Bru de Sala quien días atrás (Futuro Nacionalista. La Vanguardia, 10 de Julio) afirmaba que «si hoy no se habla de otra cosa que de selecciones, devolución de papeles, falta de inversiones, Estatut y financiación, déficit de infraestructuras y fiscal, es imposible imaginar un mañana en el que estos objetivos no vayan aparejados al liderazgo del nacionalismo». O sea que, en palabras de quien fuera miembro del primer gobierno de Jordi Pujol, viene a afirmarse, con notoria complacencia, la misma realidad que yo he ido lamentando en no pocos de mis escritos.

Mas no acaban aquí las coincidencias en el análisis porque el Sr. Bru de Sala, refiriéndose a Maragall, añadía que... «Si ha llegado donde está no es porque encarne un proyecto de izquierdas para Catalunya, sino como vicario o administrador de las pretensiones puestas en circulación por el nacionalismo catalán», al tiempo que atribuía al actual Presidente de la Generalitat una supuesta función histórica consistente «en irrigar la izquierda con caudales trasvasados desde las cuencas del nacionalismo» lo que no es sino una manera de elevar a la categoría de sublime lo que otros muchos entendemos como pura y simple dejación de los principios socialistas cuando no traición expresa a cientos de miles de electores y militantes.

Pero aunque estos párrafos han venido a confirmar, desde el espacio sociovergente, las tesis que algunos hemos mantenido desde el campo de las izquierdas, lo verdaderamente preocupante del texto que comentamos es cuando X. Bru, luego de definirlo como inagotable, sentenciaba que «se le puede vencer, como tantas veces ha ocurrido, pero nunca ha sido por las urnas» de donde necesariamente se desprendería que si ese «futuro de Cataluña», democráticamente invencible se convirtiera en presente, estaríamos asistiendo definitivamente al final de la propia democracia, atrapados en esa nueva especie de régimen al que me he referido otras veces. Pero como se hace muy duro admitir tan tenebroso escenario, prefiero trivializarlo reproduciendo aquí la anécdota o, como lo denominaba su anónimo autor, el panfleto que hace unos días se nos colaba por el correo electrónico y que rezaba así:

«¿Estás convencido de que los partidos de izquierda catalanes se han olvidado de sus electores?¿Estás harto de oír hablar del Estatut y no de tus problemas? ¿Crees que más autogobierno es sinónimo de más discordia, no de más soluciones? ¿Te fastidia que en nombre de la lengua propia de Cataluña te arrebaten tu propia lengua? ¿Quieres una Cataluña leal y solidaria con el resto de España? ¿Quieres que las Instituciones catalanas respeten la pluralidad lingüística, social y cultural de los ciudadanos? ¿Quieres un partido y un gobierno que se olviden del victimismo y la identidad y se preocupen por el bienestar y el progreso social de los ciudadanos?

Vota PINN (Partido de la Izquierda No Nacionalista)»

Evidentemente, las bromas sobre el -por ahora- supuesto partido no nos ocultan las más que razonadas y razonables dudas que plantean cada una de las preguntas anteriores como tampoco podemos olvidar la absoluta hegemonía actual del nacionalismo y nuestra justificadísima preocupación e indignación por la impunidad con la que desde sus propias filas se declaran electoralmente invencibles, admitiendo sin complejos que se han instalado en un nuevo movimiento nacional en el que se revuelcan alborozados todos los partidos políticos con excepción del escasamente significativo PP catalán.Y mientras tanto, ¿Qué hace o dice la sociedad civil al margen de los partidos políticos? Casi nada porque casi nada escapa a la influencia de los partidos o de las administraciones ni a las poderosas razones de los fondos o empleos que tan sectariamente administran en este mal llamado oasis catalán bajo cuya sombra y cobijo dormitan el otrora combativo movimiento vecinal, los sindicatos de clase convertidos en esta clase de sindicatos, la nutrida vanguardia cultural de aquellos tiempos, las antiguas casas y federaciones regionales y otros tantos colectivos sin que nadie, salvo contadas y honrosas excepciones, se atreva a exigir la restitución de la normalidad democrática a riesgo de verse también en la inmensa lista de los que nos tememos exiliados en este país del que algunos se sienten los amos ignorando que esta es la Cataluña de todos porque entre todos la hemos hecho posible.