Junio 27, 2005

Nuestros verdaderos demonios familiares

por Enrique Gomariz Moraga
El Mundo, lunes, 27 de junio de 2005

En este viaje a Madrid encuentro la imagen de un país ideológicamente dividido. Llego la víspera en que una enorme manifestación rechaza la previsible aprobación de la normativa que permite el matrimonio de los homosexuales. Percibo que algunos medios tratan de descalificar esa marcha porque a ella se suman varios obispos y líderes del Partido Popular. Pero resulta fácil darse cuenta de que la manifestación incluye mucha gente que simplemente está preocupada o molesta por cómo se está encarando este asunto. Y mi preocupación aumenta cuando capto que esa misma molestia se extiende también en el Partido Socialista: algunos la hacen pública, pero una buena cantidad la expresa sólo en círculos próximos o privados.

Había seguido a distancia los términos del debate y ahora mis temores se confirman: seguimos teniendo a gala el etiquetaje, la exageración de los argumentos, la descalificación, el sectarismo, la unilateralidad. Ignacio Sotelo tiene razón: todavía no hemos dejado de ser diferentes. Y es una lástima que esos demonios familiares nos acompañen a la hora de debatir sobre la familia.

La portavoz del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, afirmaba ante la gran cantidad de manifestantes que «ellos deben entender que se trata de una normativa que no obliga a nadie a hacer algo que no quiera hacer». La idea, que no deja de tener un cierto tonillo defensivo, puede ser discutible para el mundo adulto, pero desde luego es absolutamente incorrecta para los menores de edad. Los niños y niñas, biológicos o adoptados, suelen ir bastante a pie forzado si su madre o su padre deciden establecer una pareja conviviente del mismo sexo; especialmente si son de corta edad. Las encuestas muestran que la ciudadanía es bastante más reticente sobre las consecuencias para los menores (adopciones, etcétera) que respecto de las uniones homosexuales mismas. Pero cabe preguntarse cuál es el derecho sustantivo que tienen los niños y las niñas en este contexto.

En relación con este punto, un editorial del diario El País del 22 de junio de 2005 sostiene que no hay que citar a la ciencia en vano. Para contestar a un psiquiatra desactualizado se colocan en el extremo opuesto: la ciencia no tiene nada que decir al respecto. Nada menos cierto. Es un hecho científico comprobado que la especie humana pertenece al mundo natural y en concreto al orden de los mamíferos, como lo es que un elemento definidor de nuestra especie es el dimorfismo sexual. La antropología ideológica, idealista en el peor de los sentidos, quiere hacernos creer que la especie humana se ha desprendido por completo de su anclaje biológico y se encuentra libre para volar por el éter cultural.Sólo de esta forma podremos librarnos del dimorfismo sexual propio de nuestra especie. Esta perspectiva no sólo supone una peligrosa pérdida de realidad, sino también una ofensa al mundo natural y al enfoque ecológico. Es decir, supone la flagrante contradicción de ser defensores del equilibrio biológico y, al mismo tiempo, sacar limpiamente a la especie humana del medio natural. Todo un ejemplo de soberbia antropocéntrica, cuando parecía que habíamos aprendido algo de la crítica a los modelos de desarrollo depredadores del ambiente. Ahora los seres humanos ya no tenemos entidad física perteneciente al mundo natural: somos una entelequia cultural o simplemente almas libres de nuestro cuerpo biológico. El viejo idealismo religioso y celtibérico regresa por caminos inescrutables.

Hay otra versión menos grosera pero no menos extraviada: se acepta que pertenecemos al mundo natural y que, por tanto, no podemos desprendernos de nuestro dimorfismo sexual, pero, dado que progresivamente las diferencias entre mujeres y hombres están desapareciendo, el hecho tangible de la diferencia biológica sexual es cada vez menos relevante. Alguien podría sorprenderse de que esto pueda argumentarse después de 20 años de descubrimientos científicos acerca de cómo el anclaje biológico cuenta en el comportamiento y las sensibilidades específicas de mujeres y hombres, o después de una cantidad semejante de años de feminismo de la diferencia, estudios de género y definición de la equidad: igual dignidad de seres humanos diferentes. Ahora, cuando los estudios de género más actualizados nos dicen que hay que abandonar las posiciones culturalistas extremas para adoptar un enfoque más equilibrado sexo-género, resulta que los intereses del colectivo homosexual nos deben obligar a retroceder.

En suma, el dimorfismo sexual de la especie humana cuenta de manera central en psicología, antropología, medicina y un largo etcétera científico. En realidad, sin este hecho fundamental, también el reto de la equidad de género carece de sentido. Las almas libres de todo contagio biológico, o mujeres y hombres exactamente iguales, no tienen necesidad alguna de un nuevo contrato social y personal en materia de género. Como suele suceder con los enfoques idealistas, su ropaje progre oculta, voluntaria o involuntariamente, una orientación inmovilista o retardataria.

Pero entonces, si el dimorfismo sexual de la especie humana cuenta, todo parece indicar que debería contar especialmente en los espacios de socialización y simbolización iniciales de la Humanidad, que hasta ahora se procesan principalmente a través de las familias.Es decir, no parece haber mucha duda de que niñas y niños tienen un derecho sustantivo a contar con las figuras materna y paterna en ese contexto. Al menos hay que reconocer que toda la información científica que poseemos hasta el momento aconseja mucha prudencia.Otra cosa es si ese derecho es el único existente en un espacio vacío o, por el contrario, existen otros derechos que es necesario tomar en consideración, tanto respecto de los otros miembros de las familias como de los propios niños y niñas. Pero negar el derecho humano a ser educados por ambas figuras, masculina y femenina, por definición ideológica, cálculos políticos o cualquier tipo de intereses adultocráticos, es algo que ningún Gobierno que busca el bien común debería promover.

Un enfoque realista y progresista tiene como punto de partida tomar distancia de esta guerra de idealismos: las familias compuestas de figura paterna y materna no son el mejor de los mundos por definición, como sostiene el familismo de derechas, pero el dimorfismo sexual de la especie humana cuenta, especialmente respecto de niños y niñas. Desde esta perspectiva, es necesario conciliar el derecho humano de las personas adultas a elegir su preferencia sexual y vivir de acuerdo a ella, y la relación de estos derechos con los propios de la niñez.

La cuestión consiste en saber si, a partir del derecho a elegir preferencia sexual, es posible organizar grupos familiares de convivencia sostenida. No hace falta una larga argumentación para deducir que si existe el primer derecho debe existir el segundo: las relaciones sexuales estables conforman grupos familiares de hecho y deben reconocerse de derecho. El segundo paso consiste en saber si esos grupos familiares parten o no del matrimonio.Desde luego, es sabido que hay familias que no tienen como base la existencia de un matrimonio: las familias monoparentales, la convivencia entre hermanos, etcétera. Así, la cuestión en disputa se circunscribe: hay que saber si el término matrimonio puede identificar indistintamente una unión entre una mujer y un hombre o entre dos personas del mismo sexo.

Hay dos soluciones al respecto. Por un lado, la que prefieren los homosexuales, que consiste en que la misma figura identifique la unión tanto de heterosexuales como de homosexuales. La desventaja de esta opción es que desconoce el valor del dimorfismo sexual.La ventaja es que asegura que no haya discriminaciones entre las uniones por opción sexual. En todo caso, para lograr una forma adecuada de esta opción ha de tenerse cuidado con que se formule sin que dé lugar a confusiones, por ejemplo abriendo tanto el contrato nupcial que dé lugar a la posibilidad de matrimonios entre dos personas cualesquiera, padre e hija, hermanos, etcétera.

La otra fórmula es la que se ha elegido en gran parte de Europa: establecer una figura específica para las uniones del mismo sexo, que tiene semejantes derechos a la unión heterosexual, pero dejando la figura del matrimonio para la unión entre un hombre y una mujer. La ventaja de esta fórmula es que valora y diferencia el dimorfismo sexual de la especie humana y la desventaja reside en que hay que tener permanente cuidado de que los derechos semejantes no introduzcan detalles que sean en realidad diferencias producto de discriminaciones objetivas. Es importante consignar que esta fórmula es la preferida por una gran cantidad de las personas que han optado y optan por una figura jurídica, el matrimonio, que significa la unión entre un hombre y una mujer. Y es cierto que esa gran mayoría tiene el derecho a que su unión tenga una identidad propia y no se confunda con la de las personas de un mismo sexo. Al igual que muchas minorías, reclaman muchas veces que se reconozca la particularidad que les identifica y se supone que ese derecho no se pierde por el hecho de constituir una gran mayoría.

En cuanto a la relación de los derechos de las personas adultas con los propios de la infancia, parece que el derecho de los homosexuales a no sufrir discriminaciones en cuanto a la procreación o a la adopción es algo que no debe referir sólo a la comparación entre adultos heterosexuales y homosexuales, sino que, sobre todo, tiene que tomar en consideración irremisiblemente los derechos de niños y niñas.

Ahora bien, como apuntamos, los derechos no suelen existir en solitario. Además de este derecho a gozar de la riqueza que supone el dimorfismo sexual de nuestra especie, hay muchos otros más que la infancia posee, que pueden asociarse o colisionar con el anterior. Es decir, impedir la adopción de un niño por una pareja homosexual en cualquier circunstancia puede ir contra los intereses autónomos del niño. La normativa sobre adopciones, que ya establece múltiples condiciones para realizar ese acto, debe ponderar como un factor entre otros, el derecho de los niños y niñas a tener una madre y un padre. Sin mediar ideologías idealistas de uno u otro tipo.

La elección entre las opciones mencionadas debe hacerse con honradez intelectual. Una gran parte de las molestias existentes es que parece que el Gobierno sólo escucha los legítimos argumentos del colectivo homosexual. Es urgente abrir el debate a otras perspectivas y que muchos progresistas pierdan el miedo a mostrar sus dudas. Una precipitación política en este tema puede ser pan para hoy y hambre para mañana.

Enrique Gomáriz Moraga es sociólogo y ex miembro de la Ejecutiva del PSOE en Madrid.

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Abril 22, 2005

Preguntas

por Juan José Millás
El País, viernes, 22 de abril de 2005

Ningún premio Cervantes había concitado el entusiasmo del otorgado a Ferlosio. Todos estamos de acuerdo. Enhorabuena. ¿Significa eso que Ferlosio es el paradigma de lo que la crítica llama el "gusto dominante"? ¿Encarnan autores populares como Vargas Llosa o Pérez Reverte el gusto dominante o un gusto dominante cada uno de ellos? ¿Cuántos gustos dominantes hay? ¿Son todos los gustos no dominantes, tal como se predica desde algunos púlpitos, canonizables ipso facto? ¿Se convierte un gusto no dominante en dominante al recibir el certificado de singularidad? ¿Qué atributos deberíamos exigir al expedidor de esos certificados? ¿Currículo? ¿Obra escrita? ¿Titulación académica? ¿Es preferible un producto bueno, aunque hecho para el gusto dominante, que malo, aunque pensado para satisfacer el gusto no dominante? ¿Es más sumiso el lector de Patricia Highsmith que el de Cela?

Si una revolución aboliera el gusto dominante, ¿reeducaríamos a los lectores por decreto? ¿Es el fútbol una expresión deportiva del gusto dominante? ¿Debería prohibirse el Marca después de que se hubieran confiscado las obras artísticas destinadas al gusto dominante? ¿Son los métodos de la crítica literaria rigurosa aplicables a la crítica gastronómica? En tal caso, ¿qué rayos significa que el ser humano sea el único mamífero que continúa tomando leche tras el destete? Una vez suprimido el gusto dominante, ¿se perseguirían los productos lácteos y sus derivados? ¿Puede haber gustos dominantes subversivos y gustos singulares reaccionarios?

¿El hecho de que alguien se manifieste en contra del gusto dominante lo convierte en un individuo moralmente más fiable? ¿Será más difícil de corromper, de sobornar? ¿Prevaricará o traicionará con más dificultades un lector de Octavio Paz que uno de John Le Carré? ¿Ha habido obras de arte que, perteneciendo en su época al gusto dominante, han pasado a la historia como modelos del gusto no dominante? Si una de las funciones del crítico fuera la de convertir el gusto no dominante en dominante, ¿debería dimitir en la toma de posesión? ¿Se puede aspirar a degustar obras de vanguardia en un salón de clase media? Todo son preguntas.

Marzo 23, 2005

El síndrome de Pangloss

por Antonio Elorza
El País, miércoles, 23 de marzo de 2005

En la reciente cumbre organizada por el Foro de Madrid para conmemorar el 11-M se han registrado indudablemente resultados muy positivos en cuanto al respaldo simbólico de la democracia en su enfrentamiento con el terrorismo, en la dura crítica contra el "método Guantánamo" de ejercicio de la acción antiterrorista con desprecio de los derechos humanos, y en la exigencia de una cooperación efectiva supranacional, hoy eficaz en el marco de acuerdos bilaterales, pero muy débil en otras instancias, tales como la propia Unión Europea. Del balance en los planos del análisis del fenómeno terrorista y de las políticas necesarias resulta difícil hablar todavía, sin tener a la vista los materiales presentados por los cientos de expertos y políticos reunidos en el Palacio de Congresos de Madrid. El seguimiento como simple observador de las conclusiones ofrecidas en varios paneles permite detectar la madurez en los trabajos relativos a los planos político, cultural y económico, así como la curiosa manera de ver las cosas en otros especialistas. Así, el coordinador de Psicología Social afirmó lisa y llanamente que sólo un Estado terrorista puede eliminar el terrorismo, y en mi propio panel hube de escuchar las apreciaciones más peregrinas, apuntando incluso a que el encarcelamiento de los terroristas resultaba negativo porque entonces se harían más contumaces en su propensión a la violencia. Por supuesto, y en la misma línea de pensamiento, el recurso a medidas "violentas" era colocado bajo sospecha, ya que su efecto consistiría en "endurecer la resolución" de los terroristas. No hubo manera de hacerles aceptar el término "necesidad" para calificar las medidas policiales, puntualizando que las mismas habían de ejercerse dentro del Estado de derecho y con estricto respeto de los derechos humanos.

En la cascada de discursos de gobernantes, el que suscita mayor perplejidad, y preocupación por lo que tiene de significativo, es, a mi entender, el pronunciado por el presidente Zapatero, quien parece encerrado en los últimos tiempos dentro de un círculo cuyas paredes invisibles le impiden pasar de declaraciones muy positivas en el plano de las buenas intenciones políticas a un reconocimiento mínimamente preciso de la realidad. Renuncia una y otra vez a encarar ésta, eliminando la confrontación en nombre de un discurso de apariencia progresista que aspira a atender las demandas de todos, o del viento que sopla con más fuerza. Es como uno cualquiera de los personajes de El ángel exterminador de Buñuel, incapaces de abandonar una sala sin puertas, sólo que feliz y contento de que sus afirmaciones cargadas de wishful thinking no tengan que ser puestas a prueba con el mundo exterior. También pudiera considerarse tal actitud como una variante del síndrome de Pangloss, expuesto por Voltaire en su Cándido: las buenas palabras tendrán el efecto mágico de lograr que todo vaya hacia lo mejor en el mejor de los mundos.

Así, en el problema de las reivindicaciones nacionalistas sobre las lenguas a utilizar en el Congreso, al reabrir un tema que ya parecía resuelto con la división de espacios entre un Senado plurilingüe y un Congreso en que prevaleciera el concepto del idioma común en tanto que instrumento de comunicación. Pues bien, Zapatero parece inclinarse por auspiciar el deslizamiento hacia el modelo austrohúngaro, que tan óptimos resultados produjo en 1918. Los nacionalistas saben lo que quieren y para qué lo quieren: en la estela de ERC, cada logro es una plataforma para una exigencia sucesiva. Resulta, pues, ingenuo confiar en que con un Reglamento del Congreso reformado y abierto al babelismo va a contenerse la deriva hacia una fragmentación simbólica del Estado que nada tiene que ver con la articulación de las diferencias dentro de un Estado plurinacional.

En un tema complejo como el de la acción antiterrorista internacional, los efectos de esa toma de posición son aún más demoledores, especialmente porque invalidan la aportación indudable que representa el punto de partida. Un gran acierto de Zapatero consiste en plantear que la clave de una resolución definitiva del problema que ahora afrontamos es conseguir una "alianza de civilizaciones", lo cual entraña el reconocimiento implícito de que la oleada terrorista es signo de un riesgo nada imaginario de guerra de civilizaciones, en los términos de Huntington. De hecho, Bin Laden ya la ha declarado, y en un primer momento, al utilizar el término "cruzada", Bush lo aceptó expresamente. Para prevenir la consolidación de semejante catástrofe es preciso insistir en que ningún obstáculo de fondo impide la integración del mundo islámico en la modernidad ni la colaboración con Occidente, y que la inversión de la tendencia requiere tanto políticas económicas orientadas hacia la cooperación, lo cual es válido también para el Tercer Mundo no musulmán, y con el mismo contenido, como una intensificación de las relaciones culturales, con el norte de la eliminación del concepto hoy dominante de "enemigo". A pesar de su carácter restrictivo, y del defecto de asumir algo tan cuestionable como la etiqueta de "civilización", el mensaje resulta comprensible para todo aquel que lo recibe y puede ser presentado como objetivo válido a medio y a largo plazo, así como en calidad de antídoto contra la tentación de responder a la yihad con una nueva forma de cruzada.

Ahora bien, la fijación de un buen objetivo no exime de la exigencia de analizar el fenómeno, huyendo de las simplificaciones, y en este terreno Zapatero las encadena, casi sin solución de continuidad. Las grandes palabras no faltan, pero ya apuntan a la desviación en el razonamiento. Es cierto que nos encontramos "en un mar de injusticias" a escala universal, o si se quiere ser más concreto, en un mundo regido por una enorme desigualdad que en las últimas décadas no ha hecho sino aumentar, pero la relación inmediata de causalidad entre esa situación y los objetivos de paz y de seguridad ya no están tan claros, y sobre todo, pensando en el terrorismo, el disparate está al caer. Para empezar, Zapatero proclama "alto y claro" que no hay nada detrás del terrorismo. Es, a su juicio, pura barbarie. "En el terror no hay política, en el terror no hay ideología", afirma. La verdad es que en ese caso no se entiende por qué son reunidas cientos de personas para analizarlo. Con la respuesta policial y la atención al contexto económico sería suficiente. Por mucho que restemos importancia a este tipo de discursos en grandes ocasiones, la impresión ante tal juicio ha de ser inevitablemente desoladora. ¿No hay ideología detrás de las proclamas de Al Qaeda, ni en los manifiestos de ETA, por mencionar las formas de terrorismo que Zapatero, por su responsabilidad, está obligado a entender? En sentido estricto, nos encontramos ante lo que Tierno Galván llamaba una ceguera voluntaria, y lo más grave es que la misma constituye la premisa para el tipo de aproximación política que a continuación va a definir.

El terrorismo es, consecuentemente, cabría deducir, una forma de violencia brutal cuyo único origen posible reside en la pobrezade millones y millones de hombres, en esa injusticia provocada por la desigualdad. Lo que sucede es que tal pensamiento es plenamente equivocado y hará luego inevitable la confusión en la línea política a adoptar. ¿Qué situación de pobreza está detrás de ETA?, ¿son Bin Laden y Al Zauahiri prototipos de jornaleros desamparados?, ¿es la revuelta palestina, y en su seno el terror, producto de la explotación económica, o más bien del sentimiento de encontrarse políticamente aplastados por Israel? Hay excepciones que confirman la regla, caso de Sendero Luminoso en Perú, pero incluso entonces el motor del desencadenamiento del terrorismo reside en la adaptación de la ideología maoísta. En una palabra, los movimientos terroristas no son la expresión de la injusticia económica, aunque eso suene muy bien y nos exima a continuación de pensar, sino formas de violencia vinculadas a una concepción radical de la lucha política y a unos fundamentos doctrinales que legitiman su estrategia. Otra cosa es el apoyo social que luego recaben. No entender esto y refugiarse en el populismo fácil es tanto como errar de medio a medio el camino a seguir.

Conclusión lógica de lo anterior: el terrorismo nada tiene que ver con religión o cultura alguna. Consecuencia terrible de contemplar las cosas de otro modo: "La incomprensión entre culturas". Sigue un razonamiento formalmente confuciano y que nos lleva a un círculo vicioso, pues de la errónea causa de un fenómeno, el terrorismo ya existente, hacemos origen de la aparición del mismo: "La incomprensión es la antesala de la separación, la separación abre la tentación del odio, y el odio es la puerta de la violencia". Es decir, que si de manera absurda creemos que existe un terrorismo y que ése hunde sus raíces en el integrismo islámico o en la religión política nacionalista de Sabino Arana, estaremos produciendo a fin de cuentas ese terrorismo. Por tener la funesta manía de "pensar de otro modo", como en el grabado de Goya, el analista se convierte en sembrador y en artífice de odio y de terror.

Podemos respirar tranquilos: el terrorismo islamista es un invento de los enemigos del islam, y no debemos hablar de él porque entonces lo suscitamos. Por lo mismo carece de sentido elaborar políticas que tiendan a conjugar la integración de los cientos de miles de inmigrantes de religión musulmana con la construcción de una barrera contra la infiltración y la difusión de las doctrinas yihadistas. Con políticas de asistencia económica, que por lo demás bienvenidas sean, y actuación policial frente a un terrorismo "internacional", ya hay bastante. Más sencillo, imposible. Signo de la confusión sembrada: en estas mismas páginas el racismo antiárabe es etiquetado de "islamofobia" que avanza. Pregunta: ¿qué tenían de "islamófobos" los sucesos de El Ejido?

Una sucesión de falsas interpretaciones no puede determinar una política razonable, pero sí una gestión cómoda a corto plazo, cediendo en cuanto se tropieza con un problema complejo en favor de la línea de mínima resistencia, y siempre al amparo de una coartada de apariencia progresista. La causa saharaui resulta abandonada en aras de las buenas relaciones con Marruecos, objetivo por otra parte deseable. Los graves problemas que suscitan el plan Ibarretxe y las reformas estatutarias son sorteados desde un vacío político por ahora total, con buenas palabras, como si el futuro no encerrase riesgo alguno. La difícil tarea de apoyar a los demócratas frente a la represión de la dictadura cubana cede paso a una "normalización" al estilo checoslovaco de 1969, dejando a los disidentes en la cárcel, sin que el ministro Moratinos tenga siquiera el gesto de dignidad de replicar a las afirmaciones de Pérez Roque de que los presos políticos están ahí en aplicación de la justicia. El Rey recibe al ministro cubano que hace poco insultaba a toda Europa y el Gobierno español parece dispuesto a convertirse en abogado defensor de la causa castrista, pronto en el tema de los derechos humanos, como antes en la UE. Eso sí, empresarios hoteleros e izquierda del mojito rebosan de satisfacción. Y, por lo que concierne al terrorismo islamista, es decretada su inexistencia, con lo cual, por la misma regla de tres que en los casos anteriores, puede esperarse que la gestión cultural del tema sea confiada a quienes suscriben entre nosotros un islamismo de fachada progre. Para cerrar el círculo, el presidente proclama su "respeto" (sic) ante la política de destrucción llevada a cabo por Putin en Chechenia, al mismo tiempo que en la acera opuesta los líderes del PP se rasgan las vestiduras ante la retirada de una estatua de Franco. ¿Qué hemos hecho para merecer tantos despropósitos?

Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense de Madrid.

Enero 25, 2005

El mito del 50 por ciento más uno

por Ricardo Medina Macías
Libertad Digital, martes, 25 de enero de 2005

Y si el 50 por ciento más uno de un pueblo decide arrojar al mar al otro 50 por ciento menos uno, ¿es eso democracia? Cuando Jorge Luis Borges definió la democracia como un abuso de la estadística sabía que esa provocación, típica en él, causaría el escándalo de la intelectualidad políticamente correcta. "Así que este viejo ciego –dirían– se descara y apoya las dictaduras; por supuesto, las dictaduras de la odiada derecha. ¿Hay otra clase de dictaduras?". Pero Borges hizo algo más que formular una provocación para espantar a los "bien pensantes"; describió con precisión en qué degenera la democracia sin otra ley que la del número: en demagogia y populismo.

Cada cual, en las versiones populistas de la democracia, léase demagogia, usa su 50 por ciento más uno para lo que le conviene: legitimarse, cultivar obsesiones por el poder ("a mi gallo no le han tocado ni una pluma"), escabullirse al terreno de la impunidad o matar a golpes y con fuego a elementos incómodos durante una turbamulta.

Un lector, seguramente catalán, defiende los afanes secesionistas de algunos de sus paisanos, así como de algunos vascos particularmente violentos, diciendo que les legitima el 50 por ciento más uno –la presunta democracia– en sus respectivas regiones. Más allá de que es un cálculo tramposo –¿cuántos se animan a poner en riesgo su vida en el País Vasco contrariando públicamente a Batasuna?–, es la expresión acabada de esa falsa democracia, abuso de la estadística, que pretende justificar cualquier aberración en la sacrosanta idolatría del número.

Alguien más, en otras latitudes, juega a esa democracia de pastiche convocando referendos o consultas telefónicas amañadas para al día siguiente desafiar a propios y extraños: "No me voy, soy el mejor, soy el más popular". No importa que su 50 por ciento más uno ni siquiera sea el cinco por ciento del total que debería ser consultado.

En otro frente, pero en el mismo lugar, alguien hace también juegos malabares con los números para justificar aberraciones. Digamos que 280 diputados hablan a nombre de 500 para insultar a la restante minoría de 220. O digamos que el liderazgo –50 por ciento más uno– de la Cámara se erige en juez de los jueces y les amaga con someterlos a juicio sumario, al juicio sumario de la idolatría del número. ¿Qué sigue: decretar por mayoría que el planeta tiene forma de trapecio?, ¿votar "democráticamente" que la esclavitud es sólo otra forma legítima de recuperar la productividad perdida?

El olor a multitud que beatifica al demagogo emana también de las encuestas de popularidad y de los números mágicos del "rating".

Por supuesto, en esta versión pervertida de la democracia no caben los derechos de las minorías ni la sabia división de poderes; división, no se olvide, que evita no sólo los abusos del autócrata solitario sino las aberraciones de la turbamulta manipulada o prostituida.

Ricardo Medina Macías, analista político mexicano.

Julio 14, 2004

Vejadores y vejados

por Antonio Escohotado
El Mundo, miércoles, 14 de julio de 2004

El Informe sobre Derechos Fundamentales en la UE, un documento elaborado anualmente por expertos de cada país, nos cuenta este año que la Europa de los 25 tiene «un perfil más racista y xenófobo», debido al trato discriminatorio aplicado a gitanos y extranjeros.Es un llamamiento a ser más humanitarios, que como toda iniciativa pareja merece ser atendido, pues carece de dignidad quien omite reconocérsela a su prójimo. «No juzguéis», decía el manso Jesús corrigiendo al criticón Sócrates, y quizá el respeto genérico hacia otros -especialmente si están desvalidos- sea la única virtud sin exceso posible.

Pero estar en la sesentena, y haber hecho viajes de duración considerable a cuatro de los cinco continentes, me lleva a pensar que -por fortuna- Europa es hoy uno de los lugares menos racistas y xenófobos del planeta. En efecto, cuando hablamos de discriminación no podemos evitar hacerlo en términos relativos, atendiendo a cómo son tratados los europeos en otros países, cuáles son sus respectivas leyes de extranjería y qué grado de igualdad reina allí entre locales y foráneos. Nos parecería una iniquidad cargar al inmigrante o al turista con dobles precios por el hecho de no ser un nacional, o tener la piel de otro color; y no menos inicuo prohibirle comprar propiedades y abrir negocios, o exigir que lo hiciese con un socio nativo agraciado por el 51% de la casa o empresa en cuestión. Nos parecería monstruoso exigirle que adoptara cierto credo religioso, vistiera de cierto modo o siguiera nuestras costumbres en dieta alimenticia, matrimonio, preferencias sexuales o ideario político.

En rechazar canallerías de esta índole se cifra nuestro progreso.El rechazo no es mutuo, evidentemente, y prospera en una mayoría de países. Si queremos casarnos con una campesina en la India habremos de comprarla a su familia, y hacer lo propio en Pakistán sumará al pago en metálico una conversión a la fe mahometana.En China, donde los matrimonios mixtos han estado milenariamente prohibidos y siguen sujetos a autorización gubernativa, parece un gracioso obsequio permitir que el extranjero compre en Shanghai inmuebles por un plazo de 70 años, aunque grandes y muy numerosas colonias chinas en todo el planeta compran inmuebles como es debido, a perpetuidad. En Birmania es obligatorio cambiar hasta la última divisa en el control de pasaportes, cosa molesta cuando su moneda (el kyat) vale oficialmente 4 por dólar, mientras en la calle nos darán más de 600 si tuvimos la precaución de sobornar al aduanero. Lo mismo sucedía, y quizá sucede, en Haití. En toda Africa no sólo es temerario confiar en los contratos, sino ir por la calle sin protección de algún nativo o abundante armamento.En partes de Iberoamérica y el Sureste asiático los dobles precios pueden coexistir con abierta hostilidad.

Con su pan se lo coman quienes acusan de racismo y xenofobia practicando ambas cosas. Ni con esa provocación lograrán que les imitemos, aunque haya miserables racistas entre nosotros, pues lo que aquí es excepción allí constituye regla. Para la cofradía de la santa pobreza esto es consecuencia del colonialismo -discriminación por discriminación-, cuando en realidad siguen ignorando lo que ya veía el conde de Saint-Simon: «Producir cosas útiles es la única meta razonable para una sociedad política, siendo lo más favorable para la industria lo más favorable para la comunidad». Están en todo su derecho de ignorarlo, desde luego, mientras ignoren también de buen grado el desahogo material del industrioso. Viendo que Saint-Simon escribió lo previo en 1816, es dificil pasar por alto el retraso vigente en algunas partes de la Tierra. Procede hablar de retraso, mejor que de idiosincrasia personal o cultural, porque casi todos los humildes allí no lo son por convicciones ascéticas, como el monje o el faquir. Su pobreza es directamente proporcional al grado de tiranía política que consienten.

Más llamativo aún es que la infundada acusación de xenofobia y racismo se vincule con los gitanos, una etnia cuyo arte admiramos y sufragamos con largueza hace mucho, aunque como grupo no esté especialmente comprometido con el principio de la fraternidad universal. Sus tradiciones dicen que trabajar es de siervos, y todavía hoy el absentismo escolar de sus hijas en España supera el 90%. Hace días un excelente cantaor fue multado por decirle a una azafata poco diligente con su chaqueta: «Me cago en tí y en los de tu raza». Hace meses un notable bailaor atropelló en un paso de cebra a un peatón, que murió desangrado por falta de socorro, un incidente que habría ingresado en la lista cotidiana de infortunios si no hubiese puesto de relieve que el carné de conducir y el seguro son cosa de payos exclusivamente.

Rebautizar las cosas con otros nombres, como de color al negro, equivale a pedir que no nos llamen blancos sino pálidos, y sólo funcionará como gentileza en situaciones no deformadas. Siempre honra practicar la filantropía, por ejemplo, aunque no nos la enseñará una tribu hostil al mestizaje. La corrección política recomienda evitar el tema, por cómo podrían interpretarlo otros y por no molestar a nadie, razones legítimas mientras no nos suman en fantasías. Pero la rectitud política va de la mano aquí con un criterio en buena medida nuevo, centrado sobre cierta idea de la vejación. Vexare significa originariamente maltratar, oprimir, y vejamen es sinónimo de infamia o reprimenda severa en nuestros clásicos. Hoy vejación significa más bien hacer de menos, y es el arma más esgrimida por colectivos particulares para aparecer en sociedad.

Aparte de lo convenido ¿qué le debemos a cualquier otro ser humano? Los cosmopolitas filantrópicos -con Hume y Saint-Simon a la cabeza- proponen que todos nos debemos un trato de hermanos, presidido por la buena fe. Fuera de ese perímetro empieza lo asocial, cuyos confines constituyen ya delito y generan castigo público. Entre el delito y la impecabilidad hay zonas menos definidas, y este terreno se reivindica para la vejación personal, cultural, profesional, racial, sectorial, grupal, política. Antes de abandonar nuestro Código Penal, la injuria figuraba allí junto a la calumnia y el falso testimonio. Luego se pensó que insultar a otro era de pésima educación, pero no lesionaba su integridad física o patrimonial, linde entre el delito y la grosería ridícula. Sugiero que institucionalizar la vejación equivale a reponer la injuria como crimen punible, pero sin necesidad de que medie insulto, pues basta decir algo inconveniente por irrespetuoso, a juicio de tales y cuales grupos.Se trata por eso de una injuria muchas veces involuntaria, aunque concita la reprimenda prevista en aquellos tiempos donde vejación equivalía a maltrato, opresión.

Hay artículos dedicados al maltrato y la opresión, no sólo en el Código Penal sino en la Constitución, y cabe preguntarse qué ganamos con lo políticamente correcto en casos semejantes, donde una violencia ejercida sobre cosas y personas se equipara a disentir en materia de conceptos y expresiones. Gana sin duda la policía del pensamiento, unida aquí a cierta noción mediocre de la normalidad, como cuando la Academia imparte reglas ortográficas y los medios impresos se encargan de imponerlas a rajatabla, aunque la lengua no sea propiedad de nadie. Pierde por fuerza una justicia lúcida, que protege personas y cosas sin avenirse a patrocinar ideologías.

Por ejemplo, que la pobreza de grupos y naciones derive de consentirse déspotas, o que racismo y xenofobia sean magnitudes siempre relativas (dependientes de comparación), se dirían una burla a los explotados del planeta, que sólo mejorarán dictando medidas expropiatorias para el próspero en cada sitio. Apuntar que la prestación de servicios útiles el prójimo asegura opulencia es ya directamente vejatorio, pues cambiando las multinacionales por cooperativas sin ánimo de lucro todo mejoraría espectacularmente.

Los vejadores todavía no se han dado cuenta de que hay memoria histórica, gracias a lo cual una viuda española puede cobrar más pensión por haber sido su esposo un teniente en el bando republicano dos años que por 30 ulteriores de trabajar como veterinario del pueblo. Tampoco se han dado cuenta de que la censura renace como autocensura, difundiendo mensajes como el creciente racismo y xenofobia de los europeos. Para ponérselo ante los ojos hay delegaciones formales e informales del vejado, que exigen el fin de cualquier discriminación. Con todo, si las discriminaciones cesasen no cesaría el vejamen en sí, que ni es delito ni deja de parecerlo. Verbigracia, el jugador de fútbol español más destacado comenta su ineptitud en la Eurocopa diciendo que deja el torneo con la cabeza bien alta; agacharla sería una vejación, por más que alinearlo equivalga desde hace un año largo a jugar con diez contra once.

Los brasileños llaman amigo del jaguar (amigo da onça) a quien adopta por regla la defensa de lo indefendible, y en particular una crítica incesante de lo que hacemos o somos. Este abogado del diablo no obra por profesión sino por vocación, declarándose entretanto un amigo muy sincero, pues preferir el jaguar a nosotros es su manera de tener entendimiento y emplearlo. Los portavoces del vejado -en este caso inmigrantes y gitanos- se conducen a menudo así, queriendo imponer su victimismo como fiel reflejo de lo real. Otra perspectiva sólo puede ser neoliberalismo fascista.Insatisfecho con las incoherencias de este esquema, imagino no ser el único en profesar lo siguiente: véjenme todo cuanto quieran, pero no me quiten libertad ni me hagan comulgar con ruedas de molino.

Antonio Escohotado es profesor de Filosofía en la UNED. Su último libro es Sesenta semanas en el trópico.

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