por Francisco Umbral
El Mundo, lunes, 25 de abril de 2005
En estos días se habla por Madrid del Rey Juan Carlos I como «el rey republicano». He convivido recientemente con nuestro Rey, observándole con mirada nueva, por buscar en él esos síntomas de rey republicano que dice la gente de la calle. En Don Juan Carlos es evidente un populismo exterior, una personalidad transparente que, lejos de recordarnos a un republicano, nos sugiere la imagen de Don Alfonso XIII mejorada por el relente alegre de la vida.¿Hubiera hecho mejor de republicano que de rey?
La cuestión a plantear, después de esto que digo, es la de qué tipo de república hubiera llevado bien este hombre. Porque lo que les pasa a los republicanos históricos (otros quizá no quedan) es que no añoran en general un determinado sistema político sino, muy concretamente, la Segunda República española, la de Azaña, Ortega, Marañón, Pérez de Ayala y por ahí seguido. O sea, añoran su propia juventud perdida.
En cuanto a la circunstancia histórica, no parece la mejor para hacer ensayos republicanos. Estos ensayos ya los están haciendo los catalanes, vascos, valencianos, gallegos, etcétera. El resultado es que todos tienden a levar anclas de su propio ideal particular, pedáneo, con peligro para la totalidad de España, de esta España, que es lo que creen que sobra, pero quienes sobran son ellos.
Cuando los nacionalismos se dramatizan y los soberanismos llegan a adquirir un talante carlista, es cuando menos hay que pensar en la movilidad múltiple y fecunda de un republicanismo en el que ya estamos. Necesitamos más que nunca un referente español para que esto no se vaya a tomar por retambufa. República, sí, ¿pero qué república: la vasca, la catalana, la galaica, la madrileña? Eso no está decidido ni parece el momento de decidirlo. En Vasconia levantan el trapo comunista, en Cataluña imponen doblar todas las películas extranjeras. ¿También las españolas? En Galicia se proponen asesinar patrióticamente a un cadáver exquisito que ya está muerto, don Manuel Fraga. En La Rioja levantan, pacíficos y alegres, una bandera de vino. En Valencia ya tienen platós para hacer el gran cine que no ha sabido hacer Madrid. En Salamanca se reinventa la Guerra Civil por la expoliación de unos papeles políticos con más valor simbólico y sentimental que valor fáctico.En Aragón se niegan a repartir el Ebro entre sus naturales beneficiarios, ese gran caudal de monedas heroicas y fecundas.
Estando así las cosas, es cuando realmente nos hace falta el referente borbónico, unitario, peninsular, total. Dejemos el sueño republicano para un porvenir que de momento no viene. Con motivo de este año cervantino se ha conseguido cierta unanimidad entre erudita y popular. Exactamente, la unanimidad de los libros y no de las pancartas. La república no es una improvisación de cuatro ateneístas sin poder ni representación. A muchos les va bien, decentemente bien, con esta paz que ha tenido España después de 40 años de guerra fría contra sí misma. Un referéndum monarquía/república quizá diese la razón a la monarquía, y más por salvar lo que hemos conseguido que por prolongar aquellos 40 años afásicos. Nuestro país se ha enseriecido de manera que ya ni los Borbones borbonean. Además, los Borbones están muy controlados por Jaime Peñafiel o al menos eso cree él.
por Juan José Millás
El País, viernes, 22 de abril de 2005
Ningún premio Cervantes había concitado el entusiasmo del otorgado a Ferlosio. Todos estamos de acuerdo. Enhorabuena. ¿Significa eso que Ferlosio es el paradigma de lo que la crítica llama el "gusto dominante"? ¿Encarnan autores populares como Vargas Llosa o Pérez Reverte el gusto dominante o un gusto dominante cada uno de ellos? ¿Cuántos gustos dominantes hay? ¿Son todos los gustos no dominantes, tal como se predica desde algunos púlpitos, canonizables ipso facto? ¿Se convierte un gusto no dominante en dominante al recibir el certificado de singularidad? ¿Qué atributos deberíamos exigir al expedidor de esos certificados? ¿Currículo? ¿Obra escrita? ¿Titulación académica? ¿Es preferible un producto bueno, aunque hecho para el gusto dominante, que malo, aunque pensado para satisfacer el gusto no dominante? ¿Es más sumiso el lector de Patricia Highsmith que el de Cela?
Si una revolución aboliera el gusto dominante, ¿reeducaríamos a los lectores por decreto? ¿Es el fútbol una expresión deportiva del gusto dominante? ¿Debería prohibirse el Marca después de que se hubieran confiscado las obras artísticas destinadas al gusto dominante? ¿Son los métodos de la crítica literaria rigurosa aplicables a la crítica gastronómica? En tal caso, ¿qué rayos significa que el ser humano sea el único mamífero que continúa tomando leche tras el destete? Una vez suprimido el gusto dominante, ¿se perseguirían los productos lácteos y sus derivados? ¿Puede haber gustos dominantes subversivos y gustos singulares reaccionarios?
¿El hecho de que alguien se manifieste en contra del gusto dominante lo convierte en un individuo moralmente más fiable? ¿Será más difícil de corromper, de sobornar? ¿Prevaricará o traicionará con más dificultades un lector de Octavio Paz que uno de John Le Carré? ¿Ha habido obras de arte que, perteneciendo en su época al gusto dominante, han pasado a la historia como modelos del gusto no dominante? Si una de las funciones del crítico fuera la de convertir el gusto no dominante en dominante, ¿debería dimitir en la toma de posesión? ¿Se puede aspirar a degustar obras de vanguardia en un salón de clase media? Todo son preguntas.
por Antonio Elorza
El País, miércoles, 23 de marzo de 2005
En la reciente cumbre organizada por el Foro de Madrid para conmemorar el 11-M se han registrado indudablemente resultados muy positivos en cuanto al respaldo simbólico de la democracia en su enfrentamiento con el terrorismo, en la dura crítica contra el "método Guantánamo" de ejercicio de la acción antiterrorista con desprecio de los derechos humanos, y en la exigencia de una cooperación efectiva supranacional, hoy eficaz en el marco de acuerdos bilaterales, pero muy débil en otras instancias, tales como la propia Unión Europea. Del balance en los planos del análisis del fenómeno terrorista y de las políticas necesarias resulta difícil hablar todavía, sin tener a la vista los materiales presentados por los cientos de expertos y políticos reunidos en el Palacio de Congresos de Madrid. El seguimiento como simple observador de las conclusiones ofrecidas en varios paneles permite detectar la madurez en los trabajos relativos a los planos político, cultural y económico, así como la curiosa manera de ver las cosas en otros especialistas. Así, el coordinador de Psicología Social afirmó lisa y llanamente que sólo un Estado terrorista puede eliminar el terrorismo, y en mi propio panel hube de escuchar las apreciaciones más peregrinas, apuntando incluso a que el encarcelamiento de los terroristas resultaba negativo porque entonces se harían más contumaces en su propensión a la violencia. Por supuesto, y en la misma línea de pensamiento, el recurso a medidas "violentas" era colocado bajo sospecha, ya que su efecto consistiría en "endurecer la resolución" de los terroristas. No hubo manera de hacerles aceptar el término "necesidad" para calificar las medidas policiales, puntualizando que las mismas habían de ejercerse dentro del Estado de derecho y con estricto respeto de los derechos humanos.
En la cascada de discursos de gobernantes, el que suscita mayor perplejidad, y preocupación por lo que tiene de significativo, es, a mi entender, el pronunciado por el presidente Zapatero, quien parece encerrado en los últimos tiempos dentro de un círculo cuyas paredes invisibles le impiden pasar de declaraciones muy positivas en el plano de las buenas intenciones políticas a un reconocimiento mínimamente preciso de la realidad. Renuncia una y otra vez a encarar ésta, eliminando la confrontación en nombre de un discurso de apariencia progresista que aspira a atender las demandas de todos, o del viento que sopla con más fuerza. Es como uno cualquiera de los personajes de El ángel exterminador de Buñuel, incapaces de abandonar una sala sin puertas, sólo que feliz y contento de que sus afirmaciones cargadas de wishful thinking no tengan que ser puestas a prueba con el mundo exterior. También pudiera considerarse tal actitud como una variante del síndrome de Pangloss, expuesto por Voltaire en su Cándido: las buenas palabras tendrán el efecto mágico de lograr que todo vaya hacia lo mejor en el mejor de los mundos.
Así, en el problema de las reivindicaciones nacionalistas sobre las lenguas a utilizar en el Congreso, al reabrir un tema que ya parecía resuelto con la división de espacios entre un Senado plurilingüe y un Congreso en que prevaleciera el concepto del idioma común en tanto que instrumento de comunicación. Pues bien, Zapatero parece inclinarse por auspiciar el deslizamiento hacia el modelo austrohúngaro, que tan óptimos resultados produjo en 1918. Los nacionalistas saben lo que quieren y para qué lo quieren: en la estela de ERC, cada logro es una plataforma para una exigencia sucesiva. Resulta, pues, ingenuo confiar en que con un Reglamento del Congreso reformado y abierto al babelismo va a contenerse la deriva hacia una fragmentación simbólica del Estado que nada tiene que ver con la articulación de las diferencias dentro de un Estado plurinacional.
En un tema complejo como el de la acción antiterrorista internacional, los efectos de esa toma de posición son aún más demoledores, especialmente porque invalidan la aportación indudable que representa el punto de partida. Un gran acierto de Zapatero consiste en plantear que la clave de una resolución definitiva del problema que ahora afrontamos es conseguir una "alianza de civilizaciones", lo cual entraña el reconocimiento implícito de que la oleada terrorista es signo de un riesgo nada imaginario de guerra de civilizaciones, en los términos de Huntington. De hecho, Bin Laden ya la ha declarado, y en un primer momento, al utilizar el término "cruzada", Bush lo aceptó expresamente. Para prevenir la consolidación de semejante catástrofe es preciso insistir en que ningún obstáculo de fondo impide la integración del mundo islámico en la modernidad ni la colaboración con Occidente, y que la inversión de la tendencia requiere tanto políticas económicas orientadas hacia la cooperación, lo cual es válido también para el Tercer Mundo no musulmán, y con el mismo contenido, como una intensificación de las relaciones culturales, con el norte de la eliminación del concepto hoy dominante de "enemigo". A pesar de su carácter restrictivo, y del defecto de asumir algo tan cuestionable como la etiqueta de "civilización", el mensaje resulta comprensible para todo aquel que lo recibe y puede ser presentado como objetivo válido a medio y a largo plazo, así como en calidad de antídoto contra la tentación de responder a la yihad con una nueva forma de cruzada.
Ahora bien, la fijación de un buen objetivo no exime de la exigencia de analizar el fenómeno, huyendo de las simplificaciones, y en este terreno Zapatero las encadena, casi sin solución de continuidad. Las grandes palabras no faltan, pero ya apuntan a la desviación en el razonamiento. Es cierto que nos encontramos "en un mar de injusticias" a escala universal, o si se quiere ser más concreto, en un mundo regido por una enorme desigualdad que en las últimas décadas no ha hecho sino aumentar, pero la relación inmediata de causalidad entre esa situación y los objetivos de paz y de seguridad ya no están tan claros, y sobre todo, pensando en el terrorismo, el disparate está al caer. Para empezar, Zapatero proclama "alto y claro" que no hay nada detrás del terrorismo. Es, a su juicio, pura barbarie. "En el terror no hay política, en el terror no hay ideología", afirma. La verdad es que en ese caso no se entiende por qué son reunidas cientos de personas para analizarlo. Con la respuesta policial y la atención al contexto económico sería suficiente. Por mucho que restemos importancia a este tipo de discursos en grandes ocasiones, la impresión ante tal juicio ha de ser inevitablemente desoladora. ¿No hay ideología detrás de las proclamas de Al Qaeda, ni en los manifiestos de ETA, por mencionar las formas de terrorismo que Zapatero, por su responsabilidad, está obligado a entender? En sentido estricto, nos encontramos ante lo que Tierno Galván llamaba una ceguera voluntaria, y lo más grave es que la misma constituye la premisa para el tipo de aproximación política que a continuación va a definir.
El terrorismo es, consecuentemente, cabría deducir, una forma de violencia brutal cuyo único origen posible reside en la pobrezade millones y millones de hombres, en esa injusticia provocada por la desigualdad. Lo que sucede es que tal pensamiento es plenamente equivocado y hará luego inevitable la confusión en la línea política a adoptar. ¿Qué situación de pobreza está detrás de ETA?, ¿son Bin Laden y Al Zauahiri prototipos de jornaleros desamparados?, ¿es la revuelta palestina, y en su seno el terror, producto de la explotación económica, o más bien del sentimiento de encontrarse políticamente aplastados por Israel? Hay excepciones que confirman la regla, caso de Sendero Luminoso en Perú, pero incluso entonces el motor del desencadenamiento del terrorismo reside en la adaptación de la ideología maoísta. En una palabra, los movimientos terroristas no son la expresión de la injusticia económica, aunque eso suene muy bien y nos exima a continuación de pensar, sino formas de violencia vinculadas a una concepción radical de la lucha política y a unos fundamentos doctrinales que legitiman su estrategia. Otra cosa es el apoyo social que luego recaben. No entender esto y refugiarse en el populismo fácil es tanto como errar de medio a medio el camino a seguir.
Conclusión lógica de lo anterior: el terrorismo nada tiene que ver con religión o cultura alguna. Consecuencia terrible de contemplar las cosas de otro modo: "La incomprensión entre culturas". Sigue un razonamiento formalmente confuciano y que nos lleva a un círculo vicioso, pues de la errónea causa de un fenómeno, el terrorismo ya existente, hacemos origen de la aparición del mismo: "La incomprensión es la antesala de la separación, la separación abre la tentación del odio, y el odio es la puerta de la violencia". Es decir, que si de manera absurda creemos que existe un terrorismo y que ése hunde sus raíces en el integrismo islámico o en la religión política nacionalista de Sabino Arana, estaremos produciendo a fin de cuentas ese terrorismo. Por tener la funesta manía de "pensar de otro modo", como en el grabado de Goya, el analista se convierte en sembrador y en artífice de odio y de terror.
Podemos respirar tranquilos: el terrorismo islamista es un invento de los enemigos del islam, y no debemos hablar de él porque entonces lo suscitamos. Por lo mismo carece de sentido elaborar políticas que tiendan a conjugar la integración de los cientos de miles de inmigrantes de religión musulmana con la construcción de una barrera contra la infiltración y la difusión de las doctrinas yihadistas. Con políticas de asistencia económica, que por lo demás bienvenidas sean, y actuación policial frente a un terrorismo "internacional", ya hay bastante. Más sencillo, imposible. Signo de la confusión sembrada: en estas mismas páginas el racismo antiárabe es etiquetado de "islamofobia" que avanza. Pregunta: ¿qué tenían de "islamófobos" los sucesos de El Ejido?
Una sucesión de falsas interpretaciones no puede determinar una política razonable, pero sí una gestión cómoda a corto plazo, cediendo en cuanto se tropieza con un problema complejo en favor de la línea de mínima resistencia, y siempre al amparo de una coartada de apariencia progresista. La causa saharaui resulta abandonada en aras de las buenas relaciones con Marruecos, objetivo por otra parte deseable. Los graves problemas que suscitan el plan Ibarretxe y las reformas estatutarias son sorteados desde un vacío político por ahora total, con buenas palabras, como si el futuro no encerrase riesgo alguno. La difícil tarea de apoyar a los demócratas frente a la represión de la dictadura cubana cede paso a una "normalización" al estilo checoslovaco de 1969, dejando a los disidentes en la cárcel, sin que el ministro Moratinos tenga siquiera el gesto de dignidad de replicar a las afirmaciones de Pérez Roque de que los presos políticos están ahí en aplicación de la justicia. El Rey recibe al ministro cubano que hace poco insultaba a toda Europa y el Gobierno español parece dispuesto a convertirse en abogado defensor de la causa castrista, pronto en el tema de los derechos humanos, como antes en la UE. Eso sí, empresarios hoteleros e izquierda del mojito rebosan de satisfacción. Y, por lo que concierne al terrorismo islamista, es decretada su inexistencia, con lo cual, por la misma regla de tres que en los casos anteriores, puede esperarse que la gestión cultural del tema sea confiada a quienes suscriben entre nosotros un islamismo de fachada progre. Para cerrar el círculo, el presidente proclama su "respeto" (sic) ante la política de destrucción llevada a cabo por Putin en Chechenia, al mismo tiempo que en la acera opuesta los líderes del PP se rasgan las vestiduras ante la retirada de una estatua de Franco. ¿Qué hemos hecho para merecer tantos despropósitos?
Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense de Madrid.
El País, domingo, 5 de julio de 1981
Los abajo firmantes, intelectuales y profesionales que viven y trabajan en Cataluña, conscientes de nuestra responsabilidad social, queremos hacer saber a la opinión pública las razones de nuestra preocupación por la actual situación cultural y lingüística. Llamamos a todos los ciudadanos para que suscriban y apoyen este manifiesto, que no busca otro fin que el de restaurar un ambiente de libertad, tolerancia y respeto entre todos los ciudadanos de Cataluña, contrarrestando la actual tendencia hacia la intransigencia y el enfrentamiento entre comunidades, lo que, de no corregirse, puede originar un proceso en el que la democracia y la paz social se vean amenazadas. No nace nuestra preocupación de posiciones de prejuicios anticatalanes, sino del conocimiento de hechos que vienen sucediéndose desde hace tiempo, en que derechos tales como los referentes al uso público y oficial del catalán y el castellano, a recibir la enseñanza en la lengua materna o a no ser discriminado por razones lingüisticas -derechos reconocidos por el espíritu y la letra de la Constitución y el Estatuto de autonomía, leyes básicas que nosotros estaremos siempre dispuestos a defender- están siendo despreciados, no sólo por personas o grupos particulares, sino por responsables de poderes públicos, sin que el Gobierno central, hasta ahora, ni los partidos políticos, parezcan dar importancia a este hecho gravísimamente antidemocrático, por provenir precisamente de instituciones que no tienen otra finalidad que la de salvaguardar los derechos de todos los ciudadanos.
No hay, en efecto, ninguna razón democrática que justifique el propósito de convertir el catalán en la única lengua oficial de Cataluña, tal y como lo muestran, por ejemplo, los siguientes hechos: presentación de comunicados y documentos del actual Gobierno de la Generalidad y de parte de los organismos oficiales redactados exclusivamente en catalán; uso casi exclusivo del catalán en reuniones oficiales; nuevas rotulaciones públicas exclusivamente en catalán; declaraciones de organismos oficiales y de responsables de cargos públicos que producen malestar entre la población, como las recientes del Colegio de Doctores y Licenciados de Cataluña y de responsables de cargos del actual Gobierno de la Generalidad; proyecto de leyes, como el de «normalización del uso del catalán», que no tienen en cuenta la realidad social y lingüística de Cataluña, etcétera.
Partiendo de una lectura abusiva y parcial del artículo 3 del Estatuto, que habla del catalán como «lengua propia de Cataluña» -afirmación de carácter histórico y no jurídico-, se quiere invalidar el principio jurídico que el mismo articulado define a renglón seguido al afirmar que el castellano, lo mismo que el catalán, es lengua oficial de Cataluña. Si el castellano es también lengua oficial de Cataluña, su desaparición de la vida pública sería un motivo de discriminación para la mitad de la población de Cataluña que tiene como lengua propia el castellano. El principio de cooficialidad, pensamos, es muy claro y no supone ninguna lesión del derecho a la oficialidad del catalán, derecho que todos defendemos hoy igual que hemos defendido en otro tiempo, y acaso con más voluntad que algunos de los personajes públicos que ahora alardean de catalanismo.
No nos preocupa menos contemplar la situación cultural de Cataluña, abocada cada día más al empobrecimiento de continuarse aplicando la política actual tendente a proteger casi exclusivamente las manifestaciones culturales hechas en catalán, como lo mostraría una relación de las ayudas económicas otorgadas a instituciones oficiales o particulares, grupos de teatro, revistas, organización de actos públicos, jornadas, conferencias, etcétera. La creación cultural en castellano, que es también un enriquecimiento para Cataluña, empieza a carecer de medios económicos e institucionales no ya para desarrollarse, sino para sobrevivir. Esta marginación cultural se agrava si pensamos que la mayoría de la población castellanohablante está concentrada en zonas urbanísticamente degradadas, donde no existen las mínimas condiciones sociales y materiales que posibiliten el desarrollo de su cultura.
Resulta en este sentido sorprendente el argumento con que altos cargos del actual Gobierno de la Generalidad tratan de justificar la sustitución del castellano por el catalán como lengua escolar de los hijos de los inmigrantes. Se dice sin reparo que esto no supone ningún atropello, porque los inmigrantes «no tienen cultura» y que, por tanto, ganan mucho sus hijos pudiendo acceder a alguna. Sólo una malévola ignorancia puede desconocer que todos los grupos inmigrantes proceden de solares históricos cuya tradición cultural en nada, ciertamente, tiene que envidiar a la tradición cultural catalana, si más no, porque durante muchos siglos han caminado juntas construyendo un patrimonio cultural e histórico común que hoy debiéramos, más que nunca, afianzar. Que una desgraciada situación económica, creada por el franquismo, haya obligado a miles de familias a dejar su tierra es ya lo bastante penoso como para que, además, se acentúe su despojo con la pérdida de su identidad lingüística. Cuando esta situación se da, cumple a la sociedad remediar en los hijos la injusticia cometida con sus padres. Nadie, sea cual sea su origen, nace culto, pero todos nacen con el inalienable derecho a heredar y acrecentar la lengua y cultura de sus padres. Nadie nace con una lengua, pero todos tienen derecho a acceder al conocimiento de ese vehículo intelectual y afectivo que une al niño con sus padres y que, además, comporta toda una visión del mundo. Resulta, por tanto, insostenible pretender que esa inmensa mayoría de inmigrantes, que comparte la lengua española, no forma una comunidad lingüística y cultural, sino que sólo posee retazos de culturas diversas reducibles a folklore. Que digan esto los mismos y razonables defensores de la unidad idiomática de Cataluña, Baleares y Valencia -unidad, si acaso, menor que la de las diversas hablas de la lengua española- resultaría intrascendente si el resultado no fuera el de disgregar esa conciencia cultural, común y solidaria, que hoy tanto necesitamos. ¿Habrá que recordar que la lengua de Cervantes, en la actualidad, no es ya el viejo romance castellano, sino el fruto de aportaciones de todos los pueblos hispánicos y que sirve para unirnos cultural y solidariamente con otros pueblos del mundo?
Se comprenderá que no estamos, evidentemente, en contra del conocimiento del catalán ni de su uso por parte de quien lo desee, sino de la pretensión de sustituir, por principio y mayoritariamente, la lengua de los castellanohablantes por el catalán, sustitución que ha de realizarse de grado o por fuerza, como algunos llegan a decir, mediante la persuasión, la coacción o la imposición, según los casos.
Se dice que la coexistencia de dos lenguas en un mismo territorio es imposible y que, por tanto, una debe imponerse a la otra; principio éste no sólo contrario a la experiencia cotidiana de la mayoría de los ciudadanos de Cataluña -que aceptan de forma espontánea la coexistencia de las dos lenguas- sino que, de ser cierto, «legitimaría» el genocidio cultural de cerca de tres millones de personas.
Se suele presentar en contra de las preocupaciones aquí manifestadas acerca del futuro de la lengua castellana en Cataluña el hecho -conocido de que gran parte de los medios de comunicación (cine, TV, Prensa, radio) siguen expresandose en castellano. No creemos que pueda ser negativo el que existan medios de comunicación que se expresen en castellano, porque responden a una necesidad social. Lo negativo será que no se creen otros tantos medios, o más, de expresión en catalán. No creemos honesto el argumento que trata de hacer responsables a los castellanohablantes de esta falta de medios de comunicación en catalán. Afróntese la situación en sentido positivo, construyendo y desarrollando la lengua y cultura catalanas y analizando las verdaderas causas lingüísticas y culturales que puedan impedir su desarrollo y no intentando empobrecer, culpabilizar o desprestigiar a la lengua española.
No podemos pasar por alto en este análisis la situación de la enseñanza y los enseñantes. El ambiente de malestar creado por los decretos de traspasos de funcionarios ha puesto de manifiesto una problemática a la que ni el Gobierno central ni el de la Generalidad han dado hasta ahora una respuesta seria y responsable. Se parte de no reconocer la existencia de dos lenguas en igualdad de derechos y que, por tanto, la enseñanza ha de originarse respetando esta realidad social bilingüe, mediante la aplicación del derecho a recibir la enseñanza en la propia lengua materna a todos los niveles. Este derecho está siendo hoy públicamente contestado y empieza a no ser respetado con relación al castellano, como sí no fuera el mismo que se ha esgrimido durante años para pedir, con toda justicia, una enseñanza en catalán.
De llevarse adelante el proyecto de implantar progresivamente la enseñanza sólo en catalán -no del catalán, lo que indiscutiblemente sí defendemos-, los hijos de los inmigrantes se verán gravemente discriminados y en desigualdad de oportunidades con relación a los catalanohablantes. Esto supondrá, además, y como siempre se ha dicho, un trauma cuya consecuencia más inmediata es la pérdida de la fluidez verbal y una menor capacidad de abstracción, comprensión y adaptación.
Se intenta defender la enseñanza en catalán para todos con el argumento falaz de que, en caso contrario, se fomentaría la existencia de dos comunidades enfrentadas. Falaz es el argumento porque el proyecto de una enseñanza sólo en catalán puede ser acusado -y con mayor razón- de provocar esos enfrentamientos que se dice querer evitar. Se quiere ignorar, por otra parte, que actualmente ya existe esa doble enseñanza en catalán y castellano sin que ello sea causa de enfrentamientos. Sí lo será, indudablemente, el ver cómo se respetan los derechos lingüísticos de unos y no de los otros.
Tampoco podrá achacarse a la coexistencia de las dos lenguas los posibles conflictos nacidos de diferencias sociales -agudizadas ahora por la crisis económica y el paro-, diferencias que coinciden en este caso, en gran medida, con las diferencias lingüísticas. No cabe duda de que la lengua se está convirtiendo en un excelente instrumento para desviar legítimas reivindicaciones sociales que la burguesía catalana no quiere o no puede satisfacer, aunque la deuda que la sociedad catalana tiene para con la emigración sea inmensa y en justicia merezca mejor trato (bastaría recordar las condiciones laborales o las estadísticas de muertos en accidente de trabajo ocurridos durante el franquismo). En este momento de crisis, el conocimiento del catalán puede ser utilizado -y ya lo está siendo- como arma discriminatoria y como forma de orientar el paro hacia otras zonas de España. El ambiente de presiones y el malestar creado ha originado ya una fuga considerable no sólo de enseñantes e intelectuales, sino también de trabajadores.
No es menos criticable el acoso propagandístico creado en torno a la necesidad de hablar catalán si se quiere ser catalán o simplemente vivir en Cataluña. Se ha querido de este modo identificar a la clase obrera con la causa nacionalista y, aunque se ha fracasado en este empeño en gran medida, la mayoría de los trabajadores han acabado aceptando que las expectativas, no ya de su propia promoción social, sino simplemente de que sus hijos puedan encontrar trabajo, pasa porque éstos «se hagan catalanes», ya que ellos no pueden llegar a serlo. Esta degradante situación les lleva incluso a avergonzarse de su origen o su lengua, o catalanizar el nombre de sus hijos, etcétera. Situación humillante que constituye una afrenta a la dignidad humana y a la que sólo una injusta presión social les ha podido llevar.
Mientras no se reconozca políticamente la realidad social cultural y lingüísticamente plural de Cataluña y no se legisle pensando en respetar escrupulosamente esta diversidad, difícilmente se podrá intentar la construcción de ninguna identidad colectiva. Cataluña, como España, ha de reconocer su diversidad si quiere organizar democráticamente la convivencia. Es preciso defender una concepción pluralista y democrática, no totalitaria, de la sociedad catalana, sobre la base de la libertad y el respeto mutuo y en la que se pueda ser catalán, vivir enraizado y amar a Cataluña, hablando tanto en catalán como en castellano. Sólo así se podrá empezar a pensar en una Cataluña nueva, una Cataluña que no se vuelque egoísta e insolidariamente hacia sí misma, sino que una su esfuerzo al del resto de los pueblos de España para construir un nuevo Estado democrático que respete todas las diferencias. No queremos otra cosa, en definitiva, para Cataluña y para España que un proyecto social democrático común y solidario.
Amando de Miguel (catedrático de la U. de Barcelona), Carlos Sahagún (poeta, premio nacional de P.), Federico Jiménez Losantos (escritor), Santiago Trancón (escritor, PSC-PSOE), J. Luis Reinoso (profesor, secretario del Colectivo de Funcionarios del Estado), Jesús Vicente (diputado provincial del PSC-PSOE, por Barcelona), José María Vizcay (profesor de FETE-UGT), Leandro Sánebez Moreno (profesor, secretario de ASPE-CESPE), E. Pinilla de las Heras (sociólogo), Pedro Peñalva (profesor de Derecho Romano), José Moliner (catedrático Univ. Politécnica), Manuela Citoler (catedrática de Literatura), J. Sánchez Carralero (catedrático Facultad Bellas Artes), Amelia Romero (editora), J. María Fernández (profesor Universidad de Tarragona), Benjamín Oltra (catedrático), Alberto Cardín (traductor), Baudilia Berbel (FETE-UGT), J. Ramiro Gallegos (Concejo Comuneros) y Benjamín López (abogado).
El País, domingo, 5 de julio de 1981
En 1924 la pléyade de los intelectuales castellanos redactaron un manifiesto dirigido a Primo de Rivera en defensa de la lengua y la cultura catalanas. Más de cincuenta años después, el alegato de aquellos españoles ilustres encuentra su dúplica en otro manifiesto que viene a estimar la discriminación de los castellano-hablantes en Cataluña. El buen criterio del lector puede extraer sus conclusiones sobre ambos textos.
Excelentísimo señor presidente del Directorio Militar:
Los abajo firmantes, escritores en lengua castellana, que sienten profundamente los merecimientos históricos de su idioma y que lo aprecian en todo su valor como indispensable vehículo para la difusión del pensamiento a través del mundo civilizado, se dirigen respetuosamente a vuestra excelencia para expresarle su sentir con ocasión de las medidas de Gobierno que por razones políticas se han tomado acerca del uso de la lengua catalana.
Es el idioma la expresión más íntima y característica de la espiritualidad de un pueblo, y nosotros, ante el temor de que esas disposiciones puedan haber herido la sensibilidad del pueblo catalán, siendo en lo futuro un motivo de rencores imposibles de salvar, queremos con un gesto afirmar a los escritores de Cataluña la seguridad de nuestra admiración y de nuestro respeto por el idioma hermano.
El simple hecho biológico de la existencia de una lengua, obra admirable de la naturaleza y de la cultura humana, es algo siempre acreedor al respeto y a la simpatía de todos los espíritus cultivados.
Debemos además pensar que las glorias de Cataluña son glorias españolas y el título histórico más alto que España puede presentar para ser considerada como potencia mediterránea se debe en gran parte al pueblo catalán, que hizo de la Barcelona medieval un emporio de riqueza, capaz de competir con las repúblicas italianas; que creó una cultura admirable; que lanzó sus leves de mar y cuya lengua inmortal resonó entre el fragor de la batalla ante los muros sagrados del Partenón, y que sirvió para que con ella hablara por primera vez la filosofía nacional por boca de Raimundo Lulio y fuese cantada la efusión humana en los versos imperecederos de Ausías March.
El reconocimiento de las literaturas regionales como una consecuencia ideológica y romántica hizo de la lengua de Cataluña una literatura a la que pertenecen autores como Verdaguer y Maragall, que cuentan entre las primeras figuras de la literatura española del siglo XIX.
Nosotros no podemos tampoco olvidar que de Cataluña hemos recibido altísimas pruebas de comprensión y cariño, hasta el punto de que un insigne patriota catalán, amante fervoroso de las glorias españolas, Milá y Fontanals, abrió con llave de oro el oscuro arcano de las manifestaciones artísticas del pueblo castellano.
Queremos cumplir con un verdadero deber de patriotismo diciendo a Cataluña que las glorias de su idioma viven perennes en la admiración de todos nosotros y serán eternas mientras imperen en España el culto y el amor desinteresado a la belleza.
Firmas: Pedro Sainz, Eduardo Gómez de Baquero, A. Bonilla San Martín, Gregorio Marañón, Angel Ossorio y Gallardo, Pedro Mata, Antonio Jaén, Tomás Borrás, Angel Herrera, Jaime Torrubiano Ripoll, Ramón Menéndez Pidal, Alvaro de Albornoz, Concha Espina, Augusto Barcia, V. García Martí, conde de Vallellano, José Ortega y Gasset, Miquel Herrero, Luis de Zulueta, Domingo Barnés, Francisco Vighi, Pedro de Répide, León de las Casas, Joaquim Belda, José G. Alvarez Ude, Luis Giménez de Asúa, Luis Ruiz Contreras, Félix Lorenzo, Fablán Vidal, Gabriel Maura, Vicente Machimbarrena, Gregorio Martínez Sierra, Lorenzo Barrio y Morayte, Andrés González Blanco, José Toral, Luis Araújo Costa, Mercedes Galbrois de Ballesteros, Fernando de los Ríos, Azorín, Manuel Pedioso, Luis Bello, José María Sacristán, Cristóbal de Castro, José Giral, Melchor Fernández Almagro, Ramón Gómez de la Serna, Manuel Bueno, Antonio Espina, Antonio Zozava, F. García Lorca, F. Rivera Pastor, Alberto Insúa, Honorato Castro, Luis de Tapia, Luis Araquistáin, Gustavo Pittalunga, E. Paúl Almarza, Juan de la Encina, José García Mercadal, Angel Lázaro, Bernardo Acha, Artemio Precioso, F. Escrivá, José Gutiérrez Solana, Jacinto Grau, Juan Pujol, José Ruiz Castillo, P. de Ciria Escalente, José Albiñana, doctor García del Real, Gabriel Franco, Salvador Pascual, Eduardo Ortega Gasset, Carlos Pereira, Jan Guixé, Leopoldo Bejarano, José Canalejas, Guillermo de la Torre, M. García Cortés, Adolfo A. Buylla, P. A. Balbontín, Isaac del Vando-Villar, Cayetano Alcázar, Mauricio Paraíso, Rafael Urbano, Julio Cañada, Antonio Guisasola, Antonio Dubois, José Sánchez Rojas, José Antón, F. Madariaga, Luis de Hoyos Saiz, Hipólito Jimeno, Luis G. Bilbao, Andrés Ovejero, Manuel Azaña, Claudio Sánchez Albornoz, conde de las Navas, Luis Palomo, F. Arévale, Salfo, Luis G. Urbina, Luis G. Andrade, F. de Bustamante, A. Pérez Serrano, Tomás Elorrieta, Manuel Hilario Ayuso, Eduardo Barriobero, Manuel Antón, J. Jordán de Urries, Juan Hurtado, Ramón Pérez de Ayala, J. Villalba, Alvaro Calvo, Marqués de Lozoya, Angel Torres de Alamo, Francisco de Viu, Luis Fernández Adravin y Alberto Marín Alcalde.
por Gregorio Salvador
ABC, miércoles, 19 de enero de 2005
A mi regreso de la Argentina, después de asistir al Congreso de Rosario, me llamaron no pocos amigos: «¿Pero qué has dicho?», «¿A qué escándalo has dado lugar?», «¿Cómo te las arreglas para encrespar a la multitud?». Les cuento lo que dije, les digo que sólo se escandalizaron, cómo no, los beatos de lo politically correct, les hago relación, en cambio, de los que piensan por su cuenta y me felicitaron, y muchos estaban presentes, esa mañana, en el Teatro El Círculo de Rosario, y en cuanto a la multitud que lo atiborraba, no se encrespó, más bien aplaudió con ardor. «Pues la prensa, la radio, la televisión dijeron que la habías armado».
Repaso la prensa española de esos días, obtengo de internet testimonios de la americana y advierto el origen del error. Yo me había referido a «lenguas minúsculas» y alguien lo transformó en «lenguas minoritarias». Alguien que desdeñaba o desconocía la notable diferencia de significado entre un adjetivo y el otro, y digo alguien porque se me hace muy duro creer que todos los corresponsales españoles, que firmaron o enviaron sus crónicas, compartiesen idéntica ignorancia. Alguno tal vez se lo contó a los otros, que estarían a aquella hora en distinto lugar, acaso en el contracongreso sobre las demás lenguas que había armado Pérez Esquivel, inevitable perejil de todas las salsas contestatarias, que no tuvo, por lo demás, demasiado relieve. Algunos diarios de aquel continente interpretaron lo de «lenguas minúsculas» como «lenguas tribales», lo que no altera sustancialmente la significación. Pero alguien dijo lo de minoritarias y esa noticia, de segunda mano, fue la que se trasmitió a España.
¿Cómo iba a desear yo la extinción de las lenguas minoritarias, si el español también lo es? Minoritaria con respecto al inglés o al chino mandarín, a escala mundial, minoritaria en países concretos, Filipinas o los Estados Unidos, minoritaria en Europa con respecto al alemán, al francés, al italiano y al ruso. No he perdido la cabeza hasta ese extremo. Yo dije lenguas minúsculas; pero habrá que contar, por su orden, lo que allí pasó.
Para la mañana del jueves 18 de noviembre estaba programada una sesión plenaria sobre identidad y lengua en la creación literaria, con una ponencia del escritor chileno Jorge Edwards, seguida de una mesa redonda de escritores, el nicaragüense Ernesto Cardenal, el mexicano Gonzalo Celorio, el español José María Merino y el argentino Juan José Sebreli, que yo habría de moderar. A continuación estaba prevista la presentación del Diccionario Panhispánico de Dudas, en el que hemos estado trabajando un buen puñado de años todas las Academias de la Lengua. Se empezó con retraso la sesión, resultó magnífica y convincente la exposición de Edwards, tras la que hubo un receso que añadió retraso, y comenzamos, ya muy ajustado el tiempo, la mesa redonda. Yo fui presentando a los participantes, que leyeron sus intervenciones, excediendo todos los diez minutos que se les habían pedido para dejar tiempo a la posible discusión. De brillante factura literaria la de Celorio; sólida, sobria y acertada la de Merino; lúcida, inteligente y perfectamente adecuada a la finalidad de la sesión la de Sebreli, y utilizo aquí los adjetivos que había ido yo anotando en mi cuaderno para cerrar la ronda de intervenciones y abrir el posible coloquio, aunque ya me iban llegando notas conminatorias de los organizadores, que me avisaban del tiempo agotado, de la inminencia del acto programado a continuación y de la necesidad de que prescindiera de discusiones y cerrara el acto, sin más, cuando acabara el último. Pero, bien mirado, el último era yo, y a la agobiante apretura de tiempo quien más había colaborado, desde la mesa, era Ernesto Cardenal, que había leído durante dieciocho minutos una comunicación seguramente confundida, pues por su contenido debía ser la que traía para el contracongreso de Esquivel, en el que él, como algún que otro ilustre invitado, se pasó más tiempo que en el nuestro. Porque del español habló poco, pero sí de las otras lenguas, de las que están en trance de desaparición. Se dolió de la cantidad de lenguas que desaparecen y de que, con cada una de ellas, se pierda una visión del mundo, y nos contó, orgulloso, que, cuando fue ministro de Cultura en su país, supo de una lengua que ya sólo hablaban cuatro ancianos y decidió establecer su enseñanza obligatoria para los niños de esa etnia. Todo eso lo tenía yo apuntado también para incluirlo en mi turno final de síntesis y comentario. Pero las avisos apremiantes me seguían llegando, con la orden de que no abriera debate, puesto que el tiempo se había consumido, y que redujera al máximo mi intervención de cierre.
Prescindí, pues, de valoraciones elogiosas, pero como dialectólogo que he sido, como investigador de campo que fui, como lingüista de vocación y de profesión que soy y como persona con algo de sentido común, no podía pasar por alto las miméticas e irreflexivas aseveraciones del poeta Cardenal, que no sólo él recita y reitera: hace no muchos años le oí decir a un entonces gerifalte de la Unesco, compungido, en una entrevista veraniega, que en lo que quedaba de año iban a morir setenta u ochenta lenguas y que eso era una desgracia para la Humanidad, que habría que poner todos los medios para que siguieran vivas todas esas lenguas. Como idéntica copla la repiten, ya se ve, personajes ilustres, supuestamente sabios y conscientes, y la oyen o la leen millares de personas que ni son tan prestigiosas ni tienen por qué saber el funcionamiento histórico del lenguaje, me vi en el deber de moderar lo oído y recordar en cuatro minutos unas cuantas obviedades que los devotos del multiculturalismo olvidan casi siempre. Dije que allí, en aquel teatro repleto, estábamos unas mil seiscientas personas, que representábamos a los cuatrocientos millones de hablantes del idioma que nos reunía, el español, que las lenguas son, ante todo, instrumentos de comunicación y vehículos de cultura en su dimensión escrita y que los grandes idiomas no suelen servir de seña de identidad para nadie, porque el nuestro, sin ir más lejos, es una lengua plurinacional y multiétnica y se habla en más de veinte naciones. Que si no hubieran ido desapareciendo lenguas en el transcurso de la historia, porque en sus hablantes triunfó la fuerza de intercambio sobre el espíritu de campanario, no habríamos alcanzado el nivel de civilización en que nos hallamos y sólo existirían lenguas mínimas, lenguas de tribu o incluso simplemente familiares. Recordé que, a pesar de todo, existían aún hoy en el mundo cuatro o cinco mil lenguas, pero que la mitad de ellas, al menos, las hablaba menos gente de la que estaba presente en el teatro, y la mitad de esa mitad eran lenguas tan minúsculas que no contaban con más hablantes de los que pudieran caber sobradamente en un palco. Que muchas de esas lenguas minúsculas se van extinguiendo es evidente, pero no hay que lamentarse, porque eso quiere decir que sus posibles hablantes, los que las han ido abandonando, se han integrado en una lengua de intercambio, en una lengua más extensa y más poblada que les ha permitido ensanchar su mundo y sus perspectivas de futuro. Añado ahora que una lengua desaparece cuando muere la última persona que la hablaba y lo único triste de ese suceso es la muerte de esa persona.
Los romanistas sabemos que el último hablante del dálmata, la décima lengua románica, fue Tuore Udaina Burbur, que murió en 1898, a los 77 años, y los vasquistas saben que la última hablante del roncalés, la novena lengua eusquérica, fue doña Antonia Anaut, una anciana completamente sorda de Isaba, que falleció a los 88 años, en abril de 1976, tras pasar los postreros años de su vida hablando roncalés sin que nadie la entendiera. Siempre es dolorosa la muerte de un ser humano, pero nadie se va a librar, igual si se lleva su lengua a la tumba que si la deja en el uso y empleo de los sobrevivientes. Lo triste, en el primer caso, es pensar en la final soledad de estas personas, aisladas en su lengua y sin poderse comunicar. En América y en África quedan bastantes de esas lenguas minúsculas y todo esfuerzo por mantenerlas no es más que una aberración reaccionaria, todo hay que decirlo. Esas pobres gentes tuvieron que padecer, históricamente, a conquistadores, encomenderos, exploradores y colonos. Y, por si no hubieran tenido bastante, hay quien pretende mantenerlas, desvalidas, en su exigua prisión lingüística, ajenas e ignorantes del mundo que con nosotros habitan, con todo lo bueno o lo malo que este les pueda ofrecer, para regalo acaso de obstinados antropólogos, entretenimiento de gramáticos imaginativos y orgullosa satisfacción de políticos desnortados y pusilánimes. Y para más inri, en nombre del progreso y la revolución. Naturalmente que deseo la extinción de esas lenguas minúsculas, la incorporación de sus hablantes a un mundo intercomunicado. Si las cinco mil lenguas que se cuentan en el planeta quedaran reducidas tan siquiera a dos mil, algunas cosas mejorarían en el panorama mundial que hoy se nos muestra, y, sobre todo, la suerte y la condición de tantos seres humanos en ellas aprisionados.
Gregorio Salvador. Vicedirector de la Real Academia Española.
por Umberto Eco
El Mundo, viernes, 10 de diciembre de 2004
Desde hace algún tiempo, periodistas siempre al tanto, amigos y conocidos se congratulan conmigo por haber afirmado que «todos somos Velinas». Y me explican que esta frase (con mi firma) aparece siempre al cierre del programa de Antonio Ricci, en el que se exhiben las aspirantes a Velinas.
Alguna vez, de zapping en zapping, vi algún trozo de este programa, que, aparte de la belleza de las chicas, que siempre alegra la vista, me procuraba una gran satisfacción porque oía a esas mujeres bellísimas haberse licenciado casi todas en materias dificilísimas.Y la idea de que hubiesen optado por el camino del velinazgo, en vez de acudir en masa a los concursos universitarios para investigadores (ahorrándome a mí y a mis colegas horas y horas de trabajo de más), sólo podía provocar mi aplauso, al menos desde el punto de vista sindical.
Sin embargo, nunca había llegado al final del programa porque lo veía siempre un rato y, enseguida, tenía que cambiar de canal para no perderme el comienzo del capítulo de las series sobre capitanes de policías. Y es que, en casi todos los capítulos de las series policíacas, desde Colombo en adelante, te dicen quién es el asesino al comienzo y, si pierdes los primeros compases del capítulo, ya no te enteras de nada.
Me pregunté si mis informadores no mentirían porque era imposible que yo hubiese escrito o pronunciado una tontería de tal calibre.¿Qué quiere decir eso de que todos somos Velinas? ¿Que yo tengo la gracia de esas adolescentes? ¿Qué también es Velina Juan Pablo II?
Decir que todos somos Velinas es como decir que todos somos fox terrier o de Bérgamo. No tiene sentido. Es verdad que Heidegger afirmó que «la nada anula» (que todavía tiene menos sentido).Y que, sobre ese apotegma, se escriben decenas de tesis de licenciatura.Pero a mí me parecía que nunca había escrito ni que la nada anula ni que todos seamos Velinas. Como máximo, en el colmo del delirio filosófico, habría podido escribir que las Velinas abundan o que la nada somos todos nosotros.
Pensé que se puede coger cualquier escrito mío y encontrar en la línea 10 la palabra «somos», en la línea 20 la palabra «todos» y, unas líneas más allá, la palabra «Velinas». Y cortando y pegando, la cosa está hecha. Pero con la misma técnica se puede hacer afirmar a un teólogo de la Gregoriana que «Dios no existe».
Al final, me decidí y pedí explicaciones a Antonio Ricci, que me contestó con una amable carta, en la que precisa que la frase no aparece firmada por Umberto Eco, sino por U. Eco. Y que se trata de Ugo Eco, «un ermitaño que vive en Cosio D'Arroscia...Su verdadero nombre es Ugo Cagna, pero en el valle le llaman Eco, por su costumbre de gritar sus pensamientos al viento, disfrutando del eco de su voz». En fin, una historia surrealista.
Sin embargo, todos los que me han interrogado sobre esa frase nunca me preguntaron por qué había dicho una imbecilidad de ese calibre. Al contrario, se congratulaban o me preguntaban cuál era el sentido profundo de mi afirmación. Si la frase aparecía en la tele, había que tomársela en serio.
Pertenezco a una generación que fue educada en no dar crédito a lo que se leía en los periódicos, salvo las esquelas. Es verdad que entonces se vivía en una dictadura, pero incluso después creo haber mantenido una relación con ciertas reservas respecto a todo lo que leía. En cambio, el pueblo televisivo no. Si la televisión dice una cosa, es verdad o, por lo menos, es algo sensato.
Todo esto me recuerda una historia que me contaba el difunto Bonvi, el de la Sturmtruppen, que, para conseguir el dinero que se le iba en cigarrillos, trabajaba también en publicidad. Un día, buscando un bello eslogan para un insecticida, descubrió que uno de sus ingredientes era el pelitre (que, para clarificar las ideas a los indoctos, es simplemente el chrysantemum cinerariifolium).
Y se le ocurrió colocar en los spots y en los encartes publicitarios, en medio de una bella panorámica, la flor del pelitre. No mentía, pero está claro que la evocación de una flor casi exótica contribuía a proporcionar al insecticida frescura, fragancia y seducción.
Un día va a casa de su madre y se da cuenta de que huele demasiado a insecticida. Y su madre le responde que echa en abundancia porque es una mezcla deliciosa a la flor del pelitre. Bonvi, entonces, se enfada y dice: «Pero mamá, eso es una estupidez que me inventé yo». Y su madre le replica: «No, hijo, no. Lo dijo la televisión».
por Juan Ramón Lodares
El País, martes, 7 de diciembre de 2004
Todos los españoles podemos entendernos con suma facilidad en una sola lengua... si queremos hacerlo. Esto no lo pueden hacer los suizos o los belgas. Ni Suiza ni Bélgica tienen lengua común. España sí la tiene.
Por supuesto, en España se hablan varias lenguas; más de las que parece: quienes siendo de Madrid quieran practicar chino o árabe no tendrán que ir muy lejos, bastará con que frecuenten el barrio de Lavapiés o el metro. Sin embargo, y aunque coexistan en nuestro país lenguas con reconocimiento oficial o sin él, el simple hecho de que haya una que prácticamente todos los habitantes conocen, y que es desproporcionadamente grande entre las demás, anula en España la condición esencial de los países genuinamente plurilingües: que no haya lengua común. Vivimos en un país de comunidad lingüística basada en el español, lengua general que contacta con otras en determinadas zonas. No sólo eso: en dichas áreas de contacto el español es, en muchas ocasiones, la lengua más corriente.
Según el informe Conocimiento y uso de las lenguas (CIS / 1999), el 75,8% de quienes viven en la Comunidad Autónoma Vasca "sólo o principalmente habla español" (dicho de otra manera: el vasco es minoritario incluso en la propia CAV). En Cataluña, y aunque ambas lenguas se mezclan en la misma calle, en la misma casa y en la misma habitación, hay más personas que "se expresan principalmente" en español de las que "se expresan principalmente" en catalán: 43% frente a 41%. En el área metropolitana de Barcelona: el 61,7% se expresa en español, y el 37,5%, en catalán. En Baleares, el 50% prefiere el catalán, y el 45%, el español; el 65% de los valencianos "sólo habla español" y el 44% de la población gallega hace lo mismo. En términos generales, el español está cómodamente instalado en las áreas de contacto lingüístico. Esto no tiene nada de anormal. La verdadera anormalidad es no reconocerlo y tratar de explicarlo maltratando la historia.
Vamos a Europa: Francia, Alemania, Italia o Gran Bretaña, entre otros países, están en una situación similar a la nuestra. Son países de comunidad lingüística, pero en cada uno de ellos coexisten varias lenguas (según se cuenten, unas diez en Francia y siete en Alemania).
Las comunidades lingüísticas han ido ganando terreno en Europa de una manera arrolladora desde principios del siglo XIX -el fenómeno es anterior en España- y han reducido a lenguas particulares o redundantes a otras con las que han entrado en contacto. Como explica Florian Coulmas en su libro Language and Economy: "Las grandes comunidades lingüísticas europeas se han creado al adaptarse a la carrera de la industrialización y el desarrollo económico modernos, y al satisfacer unas necesidades de comunicación nuevas exigidas por la industria, el comercio y la economía".
Vuelvo a España. Frente a este proceso de internacionalización lingüística nosotros persistimos desde hace 25 años en otro de signo inverso: un proceso de regionalización. El proceso está inspirado, en particular, por ideólogos afines al nacionalismo o independentistas, aunque han encontrado favorable eco más allá y -lo más paradójico de todo- entre una izquierda que, por su tendencia internacionalista, ha sido tradicionalmente defensora de la "ideología de las lenguas grandes" (lean, si no, a Engels, Lenin, Kautsky o Lomtiev). Hoy día, los ideólogos "normalizadores" o ignoran nuestra situación de comunidad de idioma o la consideran "anormal". Por eso mismo, intentan rebajar la conciencia de lo que más visiblemente caracteriza a los españoles, incluso desde el punto de vista antropológico: que comparten una lengua, su rasgo más evidente de comunidad, como señalaba Julio Caro Baroja. En España, el porcentaje de hablantes-natos de español (en los cálculos menos generosos, el 82% de la población) supera en las estadísticas al de quienes se confiesan católicos, juegan a la lotería o siguen la liga de fútbol, que ya es decir. En realidad, los planes "normalizadores" buscan, en aquellas autonomías donde se ejercen, reducir la presencia del español antes que promover la lengua particular en sí. Como reconoce el profesor Jordi Solé en el informe L'ús del catalá entre els joves (1999), la estrategia consiste en "canviar les normes d'ús establertes (establecidas)" puesto que "normalitzar una llengua implica sempre reduir la presencia de l'altra llengua", o sea, se trata de que la gente no hable tanto español como regularmente habla. Esto no es cosa fácil.
Tales ideas, aunque se materialicen en algunos ámbitos -señaladamente en la escuela y en el mundo oficial-, tropiezan con la realidad popular del español, con su espontaneidad y sobre todo con su peso económico. Peso económico: aquí radica el "quid" de la cuestión.
Lo que estorba el desarrollo e implantación de las otras lenguas de España, el desplazamiento de la lengua común por la particular en las autonomías bilingües y el camino abierto hacia la España plurilingüe (al estilo belga, suizo o canadiense), no es una cuestión ideológica, ni política, ni es el centralismo cerril, ni el franquismo residual: la raíz del caso está en el peso demográfico, económico y comercial del español. Miguel Siguan -autor comprometido con el fomento del plurilingüismo- reconocía que: "La expansión [del catalán, gallego...] encuentra límites por la amplitud del mercado económico al que el español sirve como medio de expresión".
Mi paradigma en este terreno es muy sencillo: España no es plurilingüe, sino que es un país de comunidad lingüística (no es como Suiza o Bélgica, sino como Alemania o Francia mutatis mutandis), y el plurilingüismo no podrá avanzar sin desanudar el entramado de movilidad humana, relaciones económicas, comerciales, de comunicación y transporte de bienes que ya se ha anudado en torno a lo que llamamos español.
Con la palabra español denominados un idioma, claro está, pero español es asimismo una materia de índole económica que, gracias a su carácter de común, genera un porcentaje de nuestro PIB parecido al que produce el turismo, según el estudio de la Fundación Santander Central Hispano / 2003, que coordinó Ángel Martín Municio.
Cuando don Josep Laporte, presidente del Instituto de Estudios Catalanes, nos advierte sobre "la reducida presencia del catalán en el mundo socioeconómico" (La Vanguardia, 28-10-2004) nos advierte sobre una obviedad: hay lenguas que por su peso o condición internacional producen más dinero que otras en la libre empresa, ¿qué lengua, si no, es la más rentable para la industria editorial catalana? La enseñanza del español como lengua extranjera deja en Cataluña unos treinta millones de euros anuales y atrae turismo culto, joven e internacional, ¿se lograría esto con la enseñanza del catalán para extranjeros? ¿Qué lengua ha de usar un empresario valenciano, gallego o vasco que quiera hacer negocios en México, en Chile, en Miami, o viceversa, un chileno que quiera hacerlos en Valencia?
Hay dos hechos que a nacionalistas e independentistas les resulta difícil de asimilar: primero, sus comunidades no son monolíticas, son variadas también en el terreno lingüístico y lo son desde hace siglos; segundo, pretender que una de las lenguas que contribuye a esa variedad, el español, es una rémora impuesta por el centralismo, una lengua "impropia" de su nación virtual, y no una generadora de beneficios humanos y económicos es lanzar cantos contra el propio tejado.
España no podrá ser monolingüe, ni nadie pretende que lo sea; se hablan y cultivan en ella distintas lenguas, ni cuatro ni cinco, sino varias más; es un hecho. Ahora bien, invertir en fragmentación lingüística con el fin de erosionar una comunidad de idioma ya constituida -lo que más o menos se hace en España- es algo ciertamente peculiar en la moderna historia europea, donde la tendencia ha sido la contraria: se ha invertido en comunidad porque son muy pocos los países cuyos habitantes desean pagar dinero para entenderse mal. Incluso un importante ideólogo de la apuesta plurilingüe, el profesor Albert Branchadell, después de razonar con firmeza sobre por qué deberíamos disminuir nuestras atribuciones como comunidad lingüística y transitar hacia el plurilingüismo (Reyes, sexos, lenguas, EL PAÍS, 27-11-2004), concluye reconociendo que la propuesta plurilingüe podría estar planteada "acaso contra la historia".
Personalmente, creo que el proyecto España-plurilingüe se fundamenta en una idea política arriesgada, en el desconocimiento de la relación que liga la economía con las lenguas y en la pretensión de que no somos lo que sí somos: una comunidad lingüística. Y éstas no son objeciones que se desvíen del asunto, como opina el profesor Branchadell, sino que son ¡la médula del asunto! para España y para la Unión Europea porque, en su día, la propia Comisión de Educación de la UE manifestó que "las dificultades de comunicación afectan al desarrollo de las redes de negocio y comercio dentro de la Comunidad" (Boletín, 18-5-1988).
No digo que España no pueda ser plurilingüe mañana, lo que digo es que estará más cerca de serlo cuando a las fuerzas productivas de la economía española no les interese entenderse en la misma lengua, o sea, cuantos más escollos se pongan a la libre circulación de nuestra gente, mercado, comercio y economía más probable será que el plurilingüismo genuino aflore. Pero a las horas que corren en Europa no sé si esto será posible. Ni tampoco sé, si tal meta se lograra alguna vez, qué beneficio obtendrá de ello la inmensa mayoría de españoles.
Juan R. Lodares es autor de Lengua y patria. Sobre el nacionalismo lingüístico en España (Ed. Taurus, 2002).
por Juan Ramón Lodares
El País, lunes, 19 de julio de 2004
No se sorprenderán si les digo que el turismo es una de nuestras primeras industrias. Pero ¿adivinan qué sector hay cuyos servicios producen en España un porcentaje de riqueza similar al turístico? Pues nuestro idioma común. Sí, eso mismo, la lengua española. No es difícil entender el porqué: el idioma es un recurso aparentemente inmaterial, sin embargo, no hay actividad económica o mercantil donde no promedie. Dado que las comunicaciones se han desarrollado vertiginosamente en los últimos años, esos medios elementales de comunicación que son las lenguas se han instalado en el centro mismo de la actividad productiva y comercial. Es más, a menudo la agilizan porque actúan como una marca, una etiqueta, una imagen que representa un ámbito libre de las fronteras políticas y de los aranceles que trazan los Estados: spanish, espagnol, espanhol, spagnolo, spanisch, spanska... define a un ámbito multinacional de 12.207.000 Km2 (sólo superado por los ámbitos inglés, francés y ruso; unidos al nuestro, los cuatro abarcan lingüísticamente el 67% de la superficie terrestre), es asimismo un ámbito con cerca de 400 millones de hablantes natos, más 60 millones de personas que lo hablan o estudian como segunda lengua, un código de comunicación que es oficial en numerosos organismos internacionales y cuya actividad negociadora en EE UU, Europa e Hispanoamérica (por orden de rentabilidad) produce unos 500.000 millones de dólares anuales. Un interesante producto, en fin, asociado a esa precisa marca y a esa precisa imagen: español.
Una gran comunidad lingüística se constituye porque previamente se ha tejido una red de intereses económicos que fluyen mejor a través de un código común. Pero una vez establecida la lengua común, ésta se transforma en valor estratégico de primer orden al facilitar la circulación del trato comercial. Hay una simbiosis entre economía y lengua. Éste es el caso de las grandes lenguas comunes occidentales como el francés, el inglés, el alemán, el portugués y, por supuesto, el español: si nuestra lengua ha experimentado un desarrollo multinacional muy considerable desde mediados del siglo XVIII hasta hoy, ha sido porque los hispanoamericanos lo consideraron como la única lingua franca posible para el desarrollo humano y económico de sus nacientes repúblicas en un momento en que sólo uno de cada tres americanos hablaba español. Digamos que sin la favorable intervención de los independentistas la historia del español en América habría sido, más o menos, la del inglés en la India: una lengua que, finalizada la colonización británica, se ha conservado entre el 15% de la población, el núcleo colonial por decirlo así.
En España, la lengua común creció en la época moderna, fundamentalmente, porque el avance de las comunicaciones, la industria, la liquidación de aduanas interiores y la liberalización del comercio entre las regiones y con América, la hicieron imprescindible. Mediado el siglo XIX, un ministro catalán, Laureano de Figuerola, a la par que uniformaba el patrón monetario con la peseta, uniformaba el plan de estudios de la escuela pública con la lengua española para "dar unidad a ese conjunto de pueblos a que se llama España, y que en vez de ser un Estado, presentan opuestos intereses y hasta hostiles miras por el espíritu de provincialismo que los domina", según manifiesta en el prólogo de su Manual completo de enseñanza simultánea (1841). Pero no en vano la industria y el comercio catalanes estaban interesadísimos en la unidad de mercado que garantizaba el español. Esto explica que en la Cataluña decimonónica abunden los ideólogos de la comunidad lingüística fundada en el español (al estilo del mismo Figuerola) para alguno de los cuales aparte de abarcar toda España y las repúblicas americanas, el español debería extenderse ¡por todo Portugal!
Historias curiosas aparte, hoy el español está situado en el centro de nuestras actividades económicas. Aporta el 15% del PIB español, calculando por lo bajo, y si nos sumamos a las cifras que la lengua produce en Hispanomérica más las que da en EE UU, advertiremos que en torno al español gira el 9% del PIB mundial.
España es parte de un condominio lingüístico, es decir, sólo uno de cada diez hablantes de español vive en ella, pero es precisamente el hecho de pertenecer a ese condominio lo que hace relevante el valor económico del español en nuestro país. Por España en sí misma, el español sería una lengua de mediana a pequeña en el contexto mundial y su relevancia económica sería escasa. Posiblemente no nos visitarían al año 200.000 estudiantes de español-como-lengua-extranjera (E/LE), que son el motor de una industria de enseñanza de idiomas que mueve aproximadamente 500 millones de euros anuales (el 20% de los cuales queda en Cataluña, Valencia y País Vasco). No es ésta la actividad idiomática más próspera: el negocio editorial -que es, por cierto, la joya de la corona exportadora española- multiplica por doce las cifras del turismo idiomático. Y la actividad asociada a las nuevas tecnologías de la información y telecomunicación iguala al negocio editorial.
España es sólo la porción europea del idioma. Una porción que, en términos demográficos, territoriales y comerciales, pesará cada vez menos frente a América en general y frente a la región México-EE UU en particular. Aun así, el mundo hispanohablante sigue reconociéndola como la "decana" del idioma y nada de lo que pasa en la porción europea es ajeno a ninguna parcela del condominio hispánico. Esta circunstancia hace que recaigan sobre ella importantes tareas en la gestión del "espíritu" de la lengua, de su buena imagen y, por supuesto, de los negocios que abarca. Se me ocurren, sin la pretensión de ser exhaustivo, las siguientes: fomentar uno de los canales por donde discurrirá la economía del siglo XXI, como va a ser la transmisión de información y conocimientos, donde la lengua será una materia prima; superar el estadio "vender español" por otro más influyente que consiste en "vender educación y cultura en español", este estadio resulta imprescindible si se quiere internacionalizar la oferta educativa y cultural española, y no se dará tal paso con éxito sin asociarla a nuestra lengua común y a su circunstancia internacional, ya que, en el exterior, la marca Lengua española interesa más que la marca España.
Hay que crear contenidos culturales de prestigio que ofrezcan una imagen sólida y digna de respeto internacional del mundo hispanohablante, en EE UU precisamente la batalla del español es la batalla del prestigio y no la del número de hablantes. Finalmente, convendría aprovechar nuestra circunstancia de parcela europea del idioma para obrar como nexo entre la Unión Europea e Hispanoamérica, lo que, aparte de otros beneficios, nos reportará una posición de fuerza en el mercado del aprendizaje de segundas lenguas que, previsiblemente, se incrementará en los próximos años en Europa; un territorio éste, el europeo, muy competitivo pues a nadie se le escapó que en el futuro la influencia cultural y lingüística será también influencia política y económica. Un territorio, asimismo, donde la diplomacia española no tiene mucho que ganar presentándonos como abanderados de la diferenciación cultural europea, con propuestas de multiplicación de lenguas oficiales que los grandes países de la UE consideran impertinentes para las comunidades lingüísticas ya constituidas en su seno y la unidad de mercado que éstas facilitan (si la propia España no avanza hacia su transformación en país plurilingüe y hacia la fragmentación de su comunidad lingüística con la velocidad y entusiasmo que algunos desean, no es por otra cosa sino por el volumen económico que desplaza el español). El terreno americano está mucho más despejado: en lo referente a EE UU, ningún idioma puede competir con el español en el mercado de segundas lenguas; en Brasil, descontado el inglés, tampoco hay gran competencia al respecto. Si España sabe potenciar su imagen de comunidad lingüística sólida y de proyección internacional, tendrá mucho terreno ganado para consolidar estrategias diplomáticas, económicas y mercantiles favorables en el exterior.
El economista y estratega empresarial Kenichi Ohmae ha entendido todo esto perfectamente: "Las empresas europeas son más atractivas por el hecho de que hay una comunidad que habla español; España es el puente con Iberoamérica por el que se transita entre dos continentes. Esto da acceso a una enorme capacidad de comunicación". Tenemos, en fin, la responsabilidad de plantearnos estrategias inteligentes para aprovechar el peso económico de nuestro idioma común, así como las enormes ventajas que para nuestra imagen exterior puede reportarnos la gestión de esa empresa que he llamado "Español, SA". No lo olviden: una de las empresas más internacionales que poseemos, cuya materia prima es abundante, limpia, barata, atractiva para nuestros vecinos y, previsiblemente, tardará mucho tiempo en agotarse.
(Juan R. Lodares es profesor de Lengua Española en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de Lengua y patria. Sobre el nacionalismo lingüístico en España. Taurus, 2002.)