por Umberto Eco
El Mundo, viernes, 10 de diciembre de 2004
Desde hace algún tiempo, periodistas siempre al tanto, amigos y conocidos se congratulan conmigo por haber afirmado que «todos somos Velinas». Y me explican que esta frase (con mi firma) aparece siempre al cierre del programa de Antonio Ricci, en el que se exhiben las aspirantes a Velinas.
Alguna vez, de zapping en zapping, vi algún trozo de este programa, que, aparte de la belleza de las chicas, que siempre alegra la vista, me procuraba una gran satisfacción porque oía a esas mujeres bellísimas haberse licenciado casi todas en materias dificilísimas.Y la idea de que hubiesen optado por el camino del velinazgo, en vez de acudir en masa a los concursos universitarios para investigadores (ahorrándome a mí y a mis colegas horas y horas de trabajo de más), sólo podía provocar mi aplauso, al menos desde el punto de vista sindical.
Sin embargo, nunca había llegado al final del programa porque lo veía siempre un rato y, enseguida, tenía que cambiar de canal para no perderme el comienzo del capítulo de las series sobre capitanes de policías. Y es que, en casi todos los capítulos de las series policíacas, desde Colombo en adelante, te dicen quién es el asesino al comienzo y, si pierdes los primeros compases del capítulo, ya no te enteras de nada.
Me pregunté si mis informadores no mentirían porque era imposible que yo hubiese escrito o pronunciado una tontería de tal calibre.¿Qué quiere decir eso de que todos somos Velinas? ¿Que yo tengo la gracia de esas adolescentes? ¿Qué también es Velina Juan Pablo II?
Decir que todos somos Velinas es como decir que todos somos fox terrier o de Bérgamo. No tiene sentido. Es verdad que Heidegger afirmó que «la nada anula» (que todavía tiene menos sentido).Y que, sobre ese apotegma, se escriben decenas de tesis de licenciatura.Pero a mí me parecía que nunca había escrito ni que la nada anula ni que todos seamos Velinas. Como máximo, en el colmo del delirio filosófico, habría podido escribir que las Velinas abundan o que la nada somos todos nosotros.
Pensé que se puede coger cualquier escrito mío y encontrar en la línea 10 la palabra «somos», en la línea 20 la palabra «todos» y, unas líneas más allá, la palabra «Velinas». Y cortando y pegando, la cosa está hecha. Pero con la misma técnica se puede hacer afirmar a un teólogo de la Gregoriana que «Dios no existe».
Al final, me decidí y pedí explicaciones a Antonio Ricci, que me contestó con una amable carta, en la que precisa que la frase no aparece firmada por Umberto Eco, sino por U. Eco. Y que se trata de Ugo Eco, «un ermitaño que vive en Cosio D'Arroscia...Su verdadero nombre es Ugo Cagna, pero en el valle le llaman Eco, por su costumbre de gritar sus pensamientos al viento, disfrutando del eco de su voz». En fin, una historia surrealista.
Sin embargo, todos los que me han interrogado sobre esa frase nunca me preguntaron por qué había dicho una imbecilidad de ese calibre. Al contrario, se congratulaban o me preguntaban cuál era el sentido profundo de mi afirmación. Si la frase aparecía en la tele, había que tomársela en serio.
Pertenezco a una generación que fue educada en no dar crédito a lo que se leía en los periódicos, salvo las esquelas. Es verdad que entonces se vivía en una dictadura, pero incluso después creo haber mantenido una relación con ciertas reservas respecto a todo lo que leía. En cambio, el pueblo televisivo no. Si la televisión dice una cosa, es verdad o, por lo menos, es algo sensato.
Todo esto me recuerda una historia que me contaba el difunto Bonvi, el de la Sturmtruppen, que, para conseguir el dinero que se le iba en cigarrillos, trabajaba también en publicidad. Un día, buscando un bello eslogan para un insecticida, descubrió que uno de sus ingredientes era el pelitre (que, para clarificar las ideas a los indoctos, es simplemente el chrysantemum cinerariifolium).
Y se le ocurrió colocar en los spots y en los encartes publicitarios, en medio de una bella panorámica, la flor del pelitre. No mentía, pero está claro que la evocación de una flor casi exótica contribuía a proporcionar al insecticida frescura, fragancia y seducción.
Un día va a casa de su madre y se da cuenta de que huele demasiado a insecticida. Y su madre le responde que echa en abundancia porque es una mezcla deliciosa a la flor del pelitre. Bonvi, entonces, se enfada y dice: «Pero mamá, eso es una estupidez que me inventé yo». Y su madre le replica: «No, hijo, no. Lo dijo la televisión».
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