por Martin Prieto
El Mundo, sábado 17 de julio de 2004
Hace pocos años la policía entró a saco en una librería nazi de Barcelona y un juez incautó centenares de Mi lucha, la biblia de Adolf Hitler, como si estuviéramos en la estricta y culposa Alemania. Hitler dictó este puré de garbanzos a Rudolf Hess cuando ambos cumplían en la cárcel, y el texto es indigerible entre loas a la raza aria y demonización a la judía. Entiendo que algún joven se haga nazi por la parafernalia del partido o la violencia nietzschiana, pero no hay nada como leer Mein Kampf para abrazar el liberalismo, porque la prosa del nacional-socialismo es para mendigos mentales. Debajo de la piel de la guerra mundial sólo los aliados escribieron ensayos y novelas mientras los alemanes desescombraban y esperaban a que llegara Günter Grass. (Al enemigo hay que conocerle, y hasta tenerle cerca) y no se debe decomisar el Corán sino hacerlo leer para que los multiculturalistas abreven odio, sangre, venganzas inauditas y misoginia en estado puro, pero no en los colegios públicos ni con fondos estatales, que ya vendrá en socorro la mala conciencia de la familia Saud, esos talibán rebozados en lujo y dispendios, a cuenta del petróleo, la Medina y la Meca.
Hay que llevar a los colegios las ciencias religiosas porque no se puede comprender a la Humanidad sin esa búsqueda infructuosa por re-ligarse con algún dios que desvele sus grandes incógnitas; y luego que cada familia se costee la catequesis que les plazca a su conciencia. Cuando los obispos fueron a negociar con Alfonso Guerra no les llegaba la sotana al cuerpo, creyéndole un comecuras y dándose con un señor sensato y afable. La Iglesia católica se sufraga como puede y por la decisión fiscal de los contribuyentes y, lo que resta para el cupo que tenía, lo pone el Estado. Llegará un día en que la Iglesia será autosuficiente; que milagros más complicados se han visto. Pero enseñar el Corán en la escuela pública denota que los dirigentes socialistas no lo han leído nunca, tal como la gansada de pedir a los imames que prediquen en español a emigrantes árabes y analfabetos funcionales. El Corán es algo más que una reli-gación con Alá: es un código penal, otro civil, y la Constitución, en suma, de los creyentes.Teniendo nuestra Constitución del 78 en la olla a presión, sólo nos faltaba difundir la suya entre los morabitos. Lo más insólito es el silencio de las ministras de cuota (el Gobierno cremallera huele demasiado a bragueta) ante una prédica que las trata como acémilas y reproductoras multiuso, que son un grado menos que el hombre y cuyo testimonio es la mitad del de un varón (les gustará el serrallo). Ni siquiera tienen acomodo en el Paraíso, compendio de lujurias para satisfacer la masculinidad. ¿Por qué no subvencionamos el panfleto de Hitler en el Colegio Alemán?
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