HAY 8.000 HOGARES ruinosos, 6.600 no cuentan con agua corriente, 16.000 desconocen el lavabo
BANALIDAD, oropeles de la capital que pierde peso en lo sustancial: industria, investigación, arte
Extraño país, Catalunya, oscilando entre avanzar y verse constreñido por poderes externos que deciden sobre infraestructuras, que fagocitan empresas multinacionales, que imponen su cultura con la hegemonía multimedia. Es fácil, y razonable, atribuir la insuficiencia de inversiones en educación, sanidad o vivienda a la incompleta, injusta, financiación estatal. Certeza bajo cuyo paraguas también resulta propicio ocultar las propias debilidades. Inundada por el turismo, admirada internacionalmente por sus obras arquitectónicas o pictóricas, por su excelencia en medicina, Catalunya traquetea entre una economía estancada, una ciencia que trabaja a despecho de las dificultades y una permisividad en cuanto a civismo que la coloca a la cola de Europa. Vayamos por partes y observemos al respecto tres parámetros.
Aludo a la tesis doctoral de Jordi Bosch, leída en febrero del 2007, para exponer una sucinta radiografía del envejecimiento de la población. En Catalunya vive un millón de personas mayores de 65 años, una tercera parte de las cuales sufre disminución de movilidad. Factor que redunda en que un 60% de la gente mayor viva en edificios sin ascensor, mientras que un 75% habita en pisos con puertas que no permiten el paso de sillas de ruedas, donde el acceso, y la salida, están condicionados por escaleras sin rampas. Reformar todo esto requiere dinero, del cual muchos particulares, en especial los de edades provectas, no disponen; dinero que las administraciones públicas no invierten, porque no tienen suficiente o porque lo destinan a partidas más grandilocuentes.
Desentrañando más la cuestión, descubrimos que existen 8.000 domicilios ruinosos, que 6.600 no cuentan con agua corriente, que 16.000 desconocen el lavabo. Eso en pleno siglo XXI y en el área occidental. ¿Debemos imputar semejantes desventuras a la injusta financiación por parte del Estado? Si por un lado hay que exigir lo que es equitativo, por otro hay, y habrá, que gestionar ateniéndose a las prioridades. Sin olvidar que en ciudades como Barcelona los viejos menesterosos padecen además otro tormento: el acoso inmobiliario que les echa a la calle sin compasión, a menudo ante la vista gorda del Ayuntamiento.
El siguiente parámetro por desmenuzar atañe a los usos y costumbres de Barcelona en concreto. Comencemos por este desbarajuste de los pisos alquilados por días a extranjeros, novedad que saca de quicio a los vecinos afectados. No es que no se quejen y reclamen, sino que el Consistorio hace oídos sordos. ¿Con qué finalidad? ¿La de sumar números de turistas en las estadísticas que se hacen públicas? Banalidad, oropeles de la capital de un país que está perdiendo peso en lo sustancial - industria, investigación, arte- y que es incapaz de dictaminar sobre fondas, hoteles y realquilados nómadas.
Otro capítulo concierne a esta locura de permitir que los locales de noche cierren a las seis de la mañana, esgrimiendo asimismo la mentira de que el objetivo es permitir que, a la salida, los jóvenes tengan acceso al transporte público. Eso justo cuando el metro ha comenzado a funcionar durante toda la noche y cuando los autobuses nocturnos pasan cada 20 minutos. ¡Nos toman por idiotas!... A partir de aquí, que los que mandan no pretendan presumir de ciudad europea, sabiendo que en las urbes civilizadas la hora de cierre no sobrepasa las 3 de la madrugada. Así nos va en rendimiento académico, y en lo que hace de una sociedad una comunidad floreciente.