Anteayer me incitaban a decidir, reflexionando, cuál de las cinco opciones sensatas (abstención, voto en blanco, voto nulo, antitaurinos, esperanza) era preferible. Usted, que me lee, bien sabe que tenía decidida la última, Esperanza García. Es decir: Ciutadans. ¿Reflexionar? Qué aburrido. Preferí pensar, cosa distinta y más estimulante.
Decidí escribir mi rinconcillo inferior derecho de la segunda página izquierda sin saber los resultados. Pasara lo que pasara, entrara o no la esperanza en el de Barcelona y otros ayuntamientos catalanes, lo mejor que había ocurrido aquí y en España entera en los últimos tiempos era la eclosión de un partido de la ciudadanía.Las elecciones y sus rebomborios 'políticos' pasan -lujosos como el Cirque du Soleil y decadentistas como la alegría 'poética' de Santiago Rusiñol- pero las cuestiones que de verdad afectan a la vida de la gente, de los ciudadanos, permanecen. Aunque, por fortuna, evolucionan.
Ciudadanos, como el amor en primavera, está en el aire. Encuadernado ya y más vivo que nunca: proliferante. Dos libros, que aún no he leído, se dedican por entero al fenómeno. En el primero, Ciudadanos.Sed realistas: decid lo indecible, participan mis compañeros de aventura y sin embargo amigos Azúa, Boadella, Carreras, Espada, Ovejero, Pericay y Savater. Lo ha publicado una editorial -Triacastela- para mí desconocida, que me pide por mail mi dirección para mandármelo.El segundo, El enigma Ciutadans (La Esfera de los Libros) es de Alex Sàlmon y, dado que su autor me invitó a comer para que le hablase del asunto cuando estaba escribiéndolo, supongo que también lo recibiré. Los otros dos, que se ocupan de la cuestión parcialmente pero desde el protagonismo testimonial, los tengo sobre mi mesa. Uno, Filologia catalana. Memòries d'un dissident, de Xavier Pericay, pude conocerlo antes de su publicación. El otro, Del fraude histórico del PSC al síndrome de Catalunya, de Antonio Robles, secretario general de Ciutadans y diputado en el Parlament, tuve el honor de presentarlo la semana pasada junto a Jesús Royo, autor de Una llengua és un mercat y Arguments per al bilingüisme.
Tal amasijo de nombres y títulos ilustra la primera línea del título de este artículín. Considero impropio citar mis propios libros sobre la prehistoria de esta movida ciudadana, pero pienso que dos de las personas citadas simbolizan con rara perfección ese largo camino, un cuarto de siglo: sin Antonio Robles (y Félix Pérez Romera, injustamente ausente en el tramo final) Ciutadans no existiría; sin Arcadi Espada, el resistencialismo no habría acabado irrumpiendo en el Parlament.
¿Cómo justifico la segunda línea del título? Con un nombre que también ha salido: Fernando Savater, autor de Contra las patrias.Ya podemos decir que no somos nacionalistas catalanes. Ojalá pronto podamos proclamar en toda España: No somos patriotas españoles.¡Ni vascos! Y no digo «Dios nos libre» porque los más de este asunto somos, como Savater o Dawkins, ateos.