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lunes, 16 de abril de 2007
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Esopo y las lenguas
ANTONI PUIGVERD  - 16/04/2007

EL ERROR DEL catalanismo es confraternizar con los que, por interés o resentimiento, regalan argumentos a los fiscales

Érase una vez, según cuenta Esopo, un tejón que atrapó entre sus garras un pequeño gallo. Buscando una razón justa para zampárselo, le acusó de molestar a los hombres. "No les dejas descansar". Se defendió el gallo: "Los despierto. Gracias a mí, se aplican a sus tareas". Buscó entonces el tejón un nuevo argumento: "Profanas la naturaleza manteniendo relaciones con tus hermanas y con tu madre". Y el gallo replicó que también esto beneficia a los amos, al poner las gallinas más huevos. "Encuentras siempre escapatoria a mis acusaciones - dijo el tejón-, ¿pero crees que por eso dejaré de devorarte?".

Esta fábula me recuerda los cambiantes argumentos que a lo largo de mi vida he escuchado en contra del catalán. El Estado franquista, retomando las implacables normativas del siglo XVIII, eclipsó el catalán. Primero mediante enérgicas prohibiciones. Pasados unos años, con mano más displicente. El catalán era un despreciable dialecto. "Un hablar de perros", te decían en la mili. El catalán era un sospechoso signo de separatismo y una peculiaridad regional: unos amigos de adolescencia acabaron en el cuartelillo por pedir Català a l´escola.En los últimos años del franquismo, experimenté una curiosa paradoja: mientras el catalán seguía ausente de escuelas e institutos, los estudiantes de Filología Hispánica podíamos acceder al estudio de la lengua y la literatura catalanas. En la Autónoma de los años setenta, de la mano de algunos maestros inolvidables como los doctores Molas y Blecua, estudié a Cervantes, pero también a Foix.

Contaba 17 años cuando hablé por primera vez en una asamblea de estudiantes universitarios. Inicié mi intervención en catalán, pero, de repente, diversos compañeros gritaron: "¡En castellano! ¡El catalán es burgués!". No era fácil hablar en catalán en aquellas asambleas izquierdistas. Llegó la democracia, la autonomía y la larga hegemonía democrática del pujolismo. Y la política lingüística consensuada con las izquierdas, en la que destaca un modelo escolar que pretende evitar (aunque no acaba de conseguirlo) la existencia de dos comunidades separadas por razón de lengua. A partir de este momento, la crítica a la socialización del catalán encuentra una nueva mina argumental: el liberalismo.

Siguen vigentes las viejas razones: la unidad de España como sinónimo de uniformidad, que fundamenta el argumento de la preeminencia de los derechos del funcionariado español por encima de cualquier otro factor sociocultural. Yel prejuicio del origen socialmente espurio del catalán: si para el izquierdismo universitario era una lengua burguesa y, por lo tanto, despreciable, ahora es para importantes sectores periodísticos y culturales una lengua pequeñoburguesa, de vuelo gallináceo, subvencionada y, por lo tanto, inútil, prescindible, un engorro tontísimo.

Pero la novedad argumental se funda, como he apuntado, en la apología de la libertad individual y en el desprecio de los derechos colectivos. El tronco principal de la cultura española (incluida una importancia corriente catalana) ha defendido la visión liberal con el mismo fundamentalismo con que antaño se defendían argumentos autoritarios. No es extraño leer artículos de personas comprometidas con el franquismo que sospechaban del catalán entonces en nombre de la sacrosanta unidad de la patria y ahora lo hacen en nombre de la sacrosanta preeminencia del individuo. Este pastel argumental se corona con acusaciones de nazismo: la normativa autonómica del uso público y escolar de la lengua catalana estaría fomentando un exterminio.

Naturalmente, en Catalunya han sido muchos los que, por estupidez, por resentimiento o por pura hispanofobia, han dado argumentos a los fiscales del catalán. Con normas estúpidas e inútiles, usando la lengua para fines nacionalistas o instrumentalizándola como ariete de batalla política. La primera obligación del débil es ser inteligente. Es de sordos o ignorantes considerar el castellano como algo extraño a Catalunya. El castellano es una lengua estupenda para hacer negocios en el mundo entero y cuenta con una formidable tradición cultural (también en Catalunya). Pero la gran razón para considerar la lengua castellana como propia es ésta: muchísimos catalanes la llevan en el alma: es su lengua materna. Sobre esta piedra debería alzarse una política lingüística inteligente, efectiva y afectuosa. Es estúpido e inútil, a la par que opuesto a la democracia, pretender imponer o eliminar determinados usos lingüísticos. Es posible (aunque no fácil) salvar el catalán. Nunca lo será, si la pretensión de fondo es desplazar el castellano. El error del catalanismo ha sido y sigue siendo confraternizar con cierto radicalismo hispanófobo.

Pero si en Catalunya algunas formas hispanófobas han tenido injustificada relevancia, no es menos cierto que también ha abundado la autocrítica. Llevo muchos años escribiendo sobre estos temas. Nunca me había permitido un artículo como este. Considero fundamental ponerse en la piel del otro. Y criticar los errores de la propia sociedad. Pero nunca tengo oportunidad de leer artículos escritos en Madrid, Sevilla o Salamanca que se pongan en la piel de los catalanohablantes. Nunca. Cuando las lenguas están sobre la mesa, el coro mediático español, severísimo, canta al unísono. ¿Tendrá razón la fábula de Esopo? ¿Los argumentos no importan? ¿De lo que se trata es de eliminar el engorro?

 
 
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