A Zapatero se le está poniendo la cara de náufrago. Aislado internacionalmente y desconectado en el interior de los problemas que realmente preocupan a la "ciudadanía", parece haber perdido definitivamente el norte, en manos de las minorías nacionalistas radicales que se jactan ostentosamente de no ser ni sentirse españolas, pero que no renuncian a intervenir de forma decisiva en los asuntos de la nación a la cual dicen no pertenecer.
¿Se puede dar mayor incongruencia que la que supone que una formación política extraña -"extranjera"- se arrogue el derecho a dictar la política económica, social o cultural de la nación que le resulta ajena? ¿Es de recibo que un partido político de ámbito nacional e implantación masiva y con responsabilidades de gobierno acepte el chantaje de semejantes grupúsculos a cambio de mantenerse en el poder? ¿Resulta aceptable que en un país democrático occidental -al menos formalmente- puedan vivirse situaciones de falta de libertad cívica y de violación de derechos fundamentales que incluye la proscripción de la lengua nacional, como las que se están padeciendo en el País Vasco y Cataluña?
Y por si todo esto no fuera suficiente, ahora las reformas de los Estatutos de Autonomía, empezando por el de Cataluña, cuando todavía no está resuelto el del País Vasco.
Los comentaristas insisten en que hoy por hoy Cataluña es la pesadilla de ZP. Ahora los nacionalistas reivindican incorporar al texto estatutario el concepto de "nación" para la comunidad -parece que ya casi lo tienen apalabrado con Zapatero- y se van preparando para conseguir que en el mismo se contemple también el "derecho de autodeterminación". Una vez logrados estos dos objetivos, todos los esfuerzos se concentrarán en conseguir el reconocimiento de "estado". ¡Y pensar que hubo quienes creyeron cándidamente que con el reconocimiento del catalán o el euskera como lenguas cooficiales se daría satisfacción a las aspiraciones de los nacionalistas, ignorando que éstos, por definición, son insaciables?
El tema es inagotable.