Ahora se habla mucho del Rey de España. Que si se está escorando demasiado a la izquierda; que si corre el riesgo de quedarse en el paro; que si está mal aconsejado; que si hoy le apoyan más los republicanos que los propiamente monárquicos; que si...; que si...
Son muchos los que, bajo la apariencia de ser sus defensores, lanzan frecuentemente potentes cargas explosivas a la línea de flotación de la frágil nave de la Monarquía.
En la galaxia periodística hay muchas pirañas voraces esperando, agazapadas, el momento de actuar. A este siniestro sindicato pertenecen todos aquellos -políticos, periodistas y particulares de singular ralea- que proclaman como la principal virtud del Rey su condición de "bastante republicano", logrando resolver así, con una simple frase, el insoluble problema de la cuadratura del círculo.
El Rey, ¿no debería ser, simplemente, Rey; y de todos los españoles?
No sé por qué motivo se han despertado en mí estas reflexiones al leer ayer en El Periódico de Cataluña el artículo "Querrían un Rey meapilas", firmado por Enric Sopena, distinguido republicano -por confesión de parte-, en el que felicita, con entusiasmo de monárquico cortesano, a don Juan Carlos por su decisión de no negarse a firmar la ley del matrimonio entre homosexuales.
Ver para creer. ¡Un republicano -uno más, y van...- rindiendo honores al Rey! Mientras, los monárquicos de toda la vida...