He de confesar públicamente mi debilidad por la columna diaria de Eduardo Haro Tecglen en El País. La vengo leyendo cotidianamente casi desde los inicios de las colaboraciones del periodista en el diario, que es tanto como decir desde el comienzo del periódico, cuando éste era realmente un medio independiente y de carácter abierto y liberal, donde todas las opiniones tenían cabida.
Casi nunca estoy de acuerdo con las opiniones de Haro, y, sin embargo, como digo, le leo. Por más que me pregunto por las razones de mi extraña afición –y la verdad es que en numerosas ocasiones he buscado las raíces de la misma- no he encontrado respuesta satisfactoria. Seguiré indagando.
Pese a que creo que a este hombre de existencia dramática –tanto en lo personal como en lo profesional- se le paró el reloj a mediados del siglo pasado, hay que rendirse ante la evidencia de que, además de una prosa limpia y vigorosa, como muchos de los periodistas que se formaron en la prensa franquista, tiene una fe inquebrantable en sus trasnochadas ideas, totalitarias siempre, antes fascistas y ahora estalinistas.
Por otra parte, sus escritos son profundamente contradictorios, ya que cae frecuentemente en los defectos que critica: se manifiesta contrario a toda norma, como, por ejemplo la que deriva de las leyes democráticamente establecidas, pero él se comporta como el más severo predicador y fustigador de los pecadores que contravienen las reglas de la particular ética que él arbitrariamente establece, empleando un tono apocalíptico y tonante.
A este respecto el artículo del periodista en el número de hoy de su diario es paradigmático. Pero también lo fue el de ayer y lo será, sin dudarlo, el de mañana. El que lo dude puede juzgar. Lean.
Parece mentira
Por Eduardo Haro Tecglen
El País, (“Visto y oído”), 06/04/2005
“Es el título del nuevo libro de nuestro Fernando Delgado. Tiene un protagonista del género humano, que se llama Aznar López; pero la chica de la película es la mentira. Yo lo veo como la historia de las relaciones de esos dos, sin llegar al sexo pero produciendo hijos: el bulo, la sospecha, la trama, la conjura, la complicidad. La verdad ayudada, podría decirse: la verdad sospechosa, que decía Ruiz de Alarcón: mézclense unas briznas de verdad con otras de fantasía, insulto, ambición de dominio, máquina cerebral, odio, vocación de poder: fúmese, y se produce una paraverdad, si es que puede decirse; o verdad paralela, si es que vale mejor en tiempos de corrección política, en tiempos de "Fin de la historia", como decía una de las primeras grandes mentiras de esta historia, que, como tantas películas, tiene su origen en Estados Unidos, y yo cierro los ojos y veo al bello secretario de Estado, Colin Powell, agitando un tubo de ensayo ante el mundo para mostrarnos lo que se nos venía encima: los microbios de la Fuerza del Mal.
La mentira es vieja amiga del español, que o la profería y adoptaba, o iba a la hoguera del Santo Oficio -que hoy dirige como prefecto el cardenal Ratzinger, posible Papa-; pero estábamos acostumbrados a aceptarla conociéndola, como en el tiempo de Franco: la mentira de entonces se conocía, la sabía el propio Franco, la manejábamos los periodistas, se la sabían los lectores y se les enseñaba a los niños en las escuelas con una sonrisa cómplice del maestro. Cuando todo es mentira, todo es verdad, porque se aplica el espejo de la simetría. Lo malo es lo de ahora, cuando se la hace circular sinuosamente, avalada por caras serias, por personas que militan en el Bien, y que va rodando, rodando. Es la bola, que decíamos en el colegio; y la trola. Troll es el mentiroso que se introduce en los blogs, que monta periódicos digitales con un pasquín, que destroza honras y famas: como el bulo -que viene de bola- va de boca a oreja y cada uno lo aumenta con piezas de su invención".