El Colegio Oficial de Geólogos de Cataluña se reunió ayer en junta extraordinaria para analizar la situación creada tras los derrumbamientos de varios pisos en el barrio del Carmelo de Barcelona.
Terminada la reunión hizo pública una nota en la que se informaba de que para hacer la obra del metro de la línea 5 se pidió al Colegio un estudio de las características geológicas del subsuelo que se entregó a mediados de 2001, y de que desde aquella fecha “no se le encargó ninguna verificación, ampliación ni visita de obra en proceso de ejecución”.
La decisión de construir la galería de servicio al lado de la estación del Carmelo, según los geólogos, fue posterior a esta fecha, por lo que denuncian que no se les encargó ningún nuevo estudio cuando se hizo “la modificación del proyecto original”.
El departamento de Política Territorial y Obras Públicas de la Generalidad, por su parte, contradice las afirmaciones de los técnicos y asegura que el cambio de ubicación del túnel de maniobras incluye estudios geológicos realizados por la empresas encargadas de las obras (TEC 4 y Geocontrol).
En las próximas horas se irán aclarando las cosas, es de esperar. Pero a medida que pasa el tiempo va tomando cuerpo la sospecha de que las modificaciones al plan inicial de la construcción de la estación del metro no estuvieron precedidas de los correspondientes informes geológicos, y que alguna instancia política decidió, por su cuenta y riesgo, dando por descontada la “buena disposición” de la geología a colaborar y someterse a los superiores designios de la indiscutible voluntad de los poderes públicos.
Acostumbrados, como están, los políticos que se autoproclaman de izquierdas a una actitud excesivamente sumisa y complaciente de sus teóricamente representados –debidamente controlados por los “líderes” sindicales y activistas de la peor puestos al servicio de los partidos-, no puede descartarse que pudieran haber pensado que la naturaleza iba a someterse con la misma mansedumbre.
La conclusión, así, sería obvia: aquí no han fallado ni técnicos ni políticos, sino la propia naturaleza, empecinada tercamente en regirse por sus propias leyes