El que firma este escrito vivió varios años en El Carmelo -que ahora los que manda se empeñan en llamar El Carmel-, el barrio barcelonés que durante estos últimos días ha centrado la atención de los medios de comunicación nacionales como consecuencia del incomprensible accidente provocado por las obras del metro que ¡por fin! los políticos han decidido que debe llegar a una zona secularmente dejada de la mano de Dios.
Todavía habitan en él algunos familiares y amigos y conocidos del cronista. Sus sencillas casas, sus estrechas y empinadas calles, el activo ajetreo mañanero de sus gentes camino del tajo, y, en fin, la atmósfera familiar, entrañable y solidaria, franca y generosa del espíritu de sus habitantes son parte esencial de la película de muchos de los que llegamos a la capital catalana en las décadas de los sesenta y setenta.
Los recuerdos de nuestras relaciones con el barrio se agolpan apretadamente en nuestra cabeza. Hay de todo, como en la viña del Señor. En mi caso ha quedado fijada la doble imagen -contradictoria, agridulce- del calor del hogar y de la imagen de lejanía, de casi marginalidad que siempre ha aparecido unida a El Carmelo.
Y es que El Carmelo ha sido toda la vida un barrio muy singular. Zona de refugio secular de las familias pudientes de la Barcelona de la revolución industrial, durante el siglo XIX, devino lugar de hacinamiento humano y escenario de especulación constructora sin escrúpulos en el período de aluvión inmigratoria de los años centrales de la centuria pasada.
Con mucha población y muy escasos servicios, el barrio se fue haciendo cada vez más antipático. ¡Cosas del desarrollismo franquista!, se nos dijo. Y, en efecto, fue durante la época de la Dictadura cuando El Carmelo alcanzó su caótico e irracional desarrollo.
Pero, ¿qué se ha hecho posteriormente? ¿Qué han hecho los políticos de la democracia en los casi treinta años de existencia? Y, especialmente, ¿qué han hecho los partidos de izquierda, que tan generosamente han sido tratados tradicionalmente por los electores del barrio -con cotas privilegiadas de hasta más del 60% de preferencias, en ocasiones- y de donde procedenten algunos de sus líderes? Me temo que las contestaciones, si son sinceras, no puedan ser muy convincentes.
Y ahora, esto. Un gran número de familias que ven como el esfuerzo y los sueños de años, todas las ilusiones y esperanzas sobre las que se iba a edificar el futuro se esfuman, sin saber cómo, de la noche a la mañana. El problema exige una respuesta rápida y terminante. Y la depuración de las correspondientes responsabilidades. Que cada palo aguante su vela.
Accidentes como el de El Carmelo, nunca más. Hoy todos somos vecinos de El Carmelo.