Como todo el mundo sabe, Babia es una comarca del N de la provincia de León (España) situada entre montañas, ríos, lagunas y pastizales que componen un cuadro que convierte el lugar en una especie de arcadia risueña y apacible.
Tanto es así que hace diez siglos, según una vieja tradición histórica, acabó convirtiéndose en el lugar donde, huyendo del tráfago de los asuntos de la corte, se refugiaban los reyes leoneses para disfrutar durante un tiempo de paz y sosiego.
Durante el periodo en que estaba en tan dorado retiro, el monarca no atendía ningún asunto relacionado con el gobierno de sus estados; estaba prohibido interrumpir al rey en su período de descanso y felicidad: el rey “estaba en Babia", es decir, ajeno a las preocupaciones de los negocios del reino.
Con el tiempo, la expresión fue adoptada por el pueblo para designar la situación de quien, arrobado por el disfrute de una situación placentera, se abstrae de las prosaicas preocupaciones del común de los mortales, para sumergirse en una especie de gozosa beatitud y abstracción.
De esto parece saber mucho el actual presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, que experimenta con frecuencia arrebatos de éxtasis babianos.
El último lo ha vivido en estos días: mientras su socio Maragall, arropado por banderas independentistas, ha celebrado en Macao el triunfo de la “Selección Nacional de Cataluña” de hockey, y ha expresado la impaciencia que le produce la espera de que llegue el momento de enfrentarse con España, el presidente del ejecutivo, con imperturbable “talante”, ha entrado jubiloso en silencioso trance y se ha trasladado a Babia.
¡Que nadie ose sacarle de su edénico retiro! En la ausencia, sus inteligentes edecanes se encargarán de los negocios del gobierno del reino.