El Consejo de Ministros del Gobierno de España ha acordado recientemente la elaboración en breve de un proyecto de ley para restablecer "la dignidad y el honor" del que fuera, durante la guerra civil española, presidente de la Generalidad de Cataluña, Luis Companys, fusilado por el régimen de Franco en 1940.
La decisión, recibida con entusiasmo y alborozo por los nacionalistas catalanes, ha dado lugar, sin embargo, como todo atento observador de la cosa pública sabe, a un no pequeño revuelo en los medios de comunicación, dada la controvertida personalidad del político en cuestión y su muy discutida actuación al frente del gobierno de Cataluña.
Pretender convertir en ejemplar referente heroico y espejo de virtudes "patrias" a Companys -el "president màrtir", de la terminología nacionalista, tan diligentemente asumida por profesores universitarios como Culla- por el hecho de haber sido fusilado -hecho repudiable siempre-, olvidando el resto de su vida política, jalonada de acciones conspiratorias y desleales contra la legalidad establecida, no parece cuando menos serio.
Porque la biografía política de Luis Companys es impresentable. Vinculado a movimientos terroristas de signo anarquista, en 1920, bajo la monarquía constitucional, fue detenido, junto con otros miembros de grupos violentos, y recluido en el castillo de Mahón. Liberado de la cárcel, regresó a prisión en 1930 por actividades subversivas. En 1931, anticipándose a los líderes republicanos, proclamó la república desde el ayuntamiento de Barcelona.
Y en octubre de 1934, tras el triunfo electoral de la derecha del año anterior, se sumó al alzamiento contra la república en lo que fue un verdadero golpe de estado contra el poder legalmente constituido.
Todo esto se está obviando, mientras asistimos, sorprendidos, a la invención de un nuevo "héroe", que en realidad fue un "golpista".